Las elecciones andaluzas significarán el inicio de un nuevo ciclo electoral que nos llevará a encarar los comicios generales y los locales y autonómicos, con independencia del orden cronológico. Las encuestas, por lo general, dibujan dos escenarios andaluces: 1. Un PP en ascenso que casi se basta por sí solo para gobernar. 2. Un PP atado poselectoralmente a Vox. Uno y otro escenario es lo que, al parecer, se está ventilando en estos días. Pero la izquierda, demoscópicamente, estaría estancada o en retroceso. Lo que si se olfatea es la desmovilización de la izquierda sociológica. Por un lado, un resultado normal cuando precisamente las grandes cadenas de televisión han blanqueado, mañana, tarde y noche, a la ultraderecha. Este factor no lo tuvo a su favor, en su momento, Unidas Podemos; basta con recordar las resistencias enormes a la coalición con el PSOE que los poderes mediáticos instalados en Madrid rechazaron de plano. Superar todo esto supuso perder años, los mismos que van desde las elecciones generales de diciembre de 2015 (que certificaron el derrumbe del bipartidismo imperfecto) a las de noviembre de 2019. Todo un tiempo perdido, varios cursos, que encima tuvieron en medio el ‘procés’.
La estimación de escaños última realizada por ‘Key Data’ para el diario ‘Público’ certifica ese retroceso de la izquierda que perdería, entre las dos principales formaciones, 23 diputados. En concreto, arroja el siguiente tablero: PSOE, 105; PP, 103; Vox, 69; Unidas Podemos, 27; ERC, 13; Junts, 8; PNV, 6; EH Bildu, 5… A estas alturas, que el ascenso de la extrema derecha sea tan rápido e intenso hace pensar que podría superar lo que fue Ciudadanos. Que estemos ante algo más que el fenómeno de Albert Rivera en cuanto al espacio ocupado en escaños y votos, ya desaparecido.
Este empate técnico entre socialistas y populares, con los primeros bajando y los segundo subiendo, ¿cómo se resuelve? Es aquí donde aparece en lontananza la fórmula de una gran coalición a la alemana o una especie de abstención del PSOE en aras de evitar la entrada de Vox en La Moncloa. La abstención del PP a favor del PSOE, nunca se ha dado. Al revés, sí. Y originó un cisma en el PSOE a son de la pugna entre Pedro Sánchez y Susana Díaz. Sería rocambolesco que ahora el mismo Sánchez del “no es no” tuviese que abstenerse para que Alberto Núñez Feijóo fuese presidente del Gobierno. Lo que negó a Mariano Rajoy se abriría paso en breve al ritmo demoscópico que vamos.
Con todo, la antesala de la cita con las urnas en Andalucía debería despejar el camino. Proyectarán lo que sobreviene, el futuro de los principales partidos. Por el momento, lo único que se atisba es que la ultraderecha está al alza, aún no ha tocado techo y la izquierda no reacciona. Normal, su electorado está desencantado pues las diferencias entre el PSOE y Unidas Podemos en cuanto a la gobernabilidad y dirección de Estado no ha sido la misma. Y eso genera frustración social. Cuando echó a andar el actual Ejecutivo de coalición de izquierdas, el primero desde la Segunda República, se veía cómo los militantes de Unidas Podemos defendían el pacto con enorme orgullo, razones tenían para ello, les había costado mucho, pero contrastaba totalmente con la apatía con la que el PSOE suscribió el acuerdo. Uno pactaba con ganas y el otro porque no le quedaba otra. Así de sencillo. Y esto, antes o después, no solo se nota sino también se paga electoralmente.


























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