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Domingo, 25 de Enero de 2026

Actualizada Domingo, 25 de Enero de 2026 a las 02:11:02 horas

Rafael Álvarez Gil Rafael Álvarez Gil

Operación bipartidista

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

direojed Viernes, 01 de Abril de 2022 Tiempo de lectura:

La Casa Real fue perspicaz en 2014 al proceder a la abdicación de Juan Carlos I. Los comicios europeos de mayo evidenciaron, a todas luces, que el bipartidismo se deshacía. Que el PP y el PSOE, en cuanto a formaciones dinásticas y sistémicas, no serían por siempre los dos actores principales que se alternarían pacíficamente en el poder y que, por ende, concentraban un gran volumen de votos. Enseguida se puso en marcha aquella operación en aras de Felipe VI. La prensa cortesana quiso vender que era una segunda Transición cuando, en realidad, era todo lo contrario: usar el salvavidas ante una urgencia de crisis interna de la institución monárquica cada vez más aguda. Los hechos posteriores a son de la huida de Juan Carlos I a Abu Dabi, el duelo judicial en Londres con Corinna Larsen pendiente de su desenlace, el posible uso del CNI para destinar sus esfuerzos a las relaciones del rey emérito con sus amantes, el fraude fiscal… todo ello ha confirmado lo que se intuía y que entonces, en 2014, Felipe VI conocía o, cuando menos, entreveía. Es más, recordemos que el actual monarca aprovechó el comienzo del confinamiento domiciliario al calor de la pandemia para publicitar la información sobre su padre y los paraísos fiscales. Todo pensado, todo meditado.

 

Ahora en Madrid olfatean que el horizonte político se enreda. Que el PSOE y el PP, cada uno por su lado, no son nada si no cuentan con Unidas Podemos y los nacionalismos periféricos los primeros o bien con el neofascismo españolista los segundos. Así, con la ultraderecha pisándole los talones al PP, no hay neoturnismo viable entre socialistas y populares. Es en este contexto en el que se entiende mejor, por ejemplo, las enormes resistencias del aparato en Ferraz para cerrar el acuerdo con Unidas Podemos que pudo haberse suscrito tras las elecciones generales de diciembre de 2015 o después de los comicios de abril de 2019. No fue el caso. Y hubo, por unas u otras razones, todas al alimón de la lógica bipartidista, que repetir la cita con las urnas.

 

El aterrizaje en Madrid de Alberto Núñez Feijóo hay que encajarlo en este contexto. Por supuesto, en primera instancia obedece a la guerra interna desatada en el PP entre Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso, queda por dirimir la cuestión de los contratos que atañen al hermano de la presidente madrileña, pero a la vez es un movimiento de fichas en el tablero que pretende tener un comodín a mano por si la tendencia electoral se complica para los intereses del sistema del 78. Dicho de otra forma, al capitalismo clientelar que pulula en la capital y que bebe de los réditos políticos que arroja la democracia borbónica, le conviene (solo hasta cierto punto) que irrumpa Vox como mecanismo para aplacar el descontento de las clases populares o, casi mejor, canalizarlas debidamente sin que pongan en jaque el engranaje del sistema. Pero una cosa es que Vox concurra y otra bien diferente que le haga el ‘sorpasso’ al PP; opción que algunas estimaciones electorales ya apuntan.

 

Así pues, si llegado el momento poselectoral los poderes fácticos, temerosos del arco parlamentario resultante de la voluntad popular manifestada en las urnas, aconsejan experimentar una gran coalición a la alemana (expresa o tácita) entre el PSOE y el PP, lo promoverán sin duda. Y aquí entra el rol de Feijóo. Va de suyo que solo permitiría ganar tiempo pero no por ello desparecerán los problemas estructurales que atenazan al orden del 78.

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