Algún día acabará la guerra en Ucrania. No sé cuándo, ya quisiera. Pero antes o después se finiquitará. Y será entonces cuando toque el balance de daños. Hace tan solo unas jornadas conocimos un vídeo en el que el viceministro de Defensa ruso elogiaba y entregaba medallas a un grupo de soldados en silla de ruedas, la mayor parte mutilados. Aunque posaban, con razón, serios. Mostraban una larga tristeza que tan solo es capaz de manifestar el rostro enjuto o alicaído que invoca el alma desgarrada, contrariados frente a semejante fatalidad. Y, probablemente, sin saber cómo comunicar (¿con qué palabras?) a los suyos, a sus madres, que les han destrozado por estar al servicio de unos intereses que ni entienden ni comparten. No hay justicia cuando las personas mueren. No hay condecoración que subsane la mella. Sus vidas ya no serán las mismas.
Las imágenes fueron ofrecidas por la televisión rusa. No fueron filtradas. Lo que llama la atención enseguida qué sentido del militarismo pervive hoy por hoy allá, en Moscú. A un gobierno europeo no se le ocurriría ni por asomo difundir acto semejante. Eso sí, lo que no cambia es la pompa que acompaña estos protocolos donde unos muchos (el pueblo) se arriesgan la existencia y unos pocos (los altos oficiales y mandamases políticos) juegan con ellos como meras fichas encima de la mesa. Un tablero que concita ambiciones y egos desatados anhelantes de ascensos.
Absurda es la guerra. Y absurdo es todo lo que le rodea, también lo que ensalza la belicosidad. Patrioterismos ufanos inundan el mundo. Y viendo a esa soldadesca, recuerdas la película ‘Senderos de gloria’ (1957) dirigida por Stanley Kubrick. Un largometraje que constituye toda una incansable denuncia antimilitarista, retratada en la Primera Guerra Mundial goza de una vigencia universal, sempiterna. ¿La habrá visto Vladímir Putin?
El tiempo discurre. Y claro, el conflicto menguará, concluirá en algún momento. Avanzarán los días, las semanas y los meses. Un año tras otro. Y estos soldados tendrán un tiempo casi infinito, mañanas y tardes, por no mentar las noches sin dormir, para pensar (es un decir) por qué han tenido que sufrir esto. Sin embargo, los gerifaltes permanecerán con sus lujosos itinerarios dándose palmaditas entre ellos, mascullando siguientes negocios o suculentas promociones para que luego otros soldados desfilen antes sus ojos y así glorificar sus pacatos egos miserables. Para entonces no habrá sensación de justicia alguna en los afectados. Quizá, y solo quizá, podrán consolarse en la peor suerte que de por sí han corrido otros: las víctimas de la invasión que, ya con la retirada parcial rusa, irrumpen unas imágenes crueles e inhumanas que nadie asume que todavía sucedan estas cosas en 2022. Si algo dejó el siglo XX fue un anhelo pacifista. Por eso los más jóvenes rechazan las matanzas, lo traen incorporado de serie. Y esos soldados rusos, y otros tantos, se vistieron con el uniforme no para esto. En su inocencia jamás creyeron que esto pasaría. Pero ha pasado. Y les ha tocado pagar por terceros mucho más poderosos. No hay forma de explicarlo. Tan solo sucedió. Una tragedia, una más. Sus sonrisas menoscabadas. Solo merecían una juventud para besar, para abrazar, para amar. Y se las han truncado. Malditos sean.






























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