Las declaraciones del obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, a cuenta de la homosexualidad es una prueba más de lo alejada y recluida sobre sí misma (en cuanto a burocratizada obsolescencia) que está la Iglesia católica.
Basta ya de rebuscar parapetos argumentales a modo de antesalas de pretexto desde el alto clero a son de la homosexualidad. Por no mentar la conexión argumental, todo un disparate, que hizo el obispo en relación al pecado mortal con el que lo ha cometido estando ebrio. La sexualidad cada uno la vive como estime pertinente, respetando siempre la libertad de los demás en su interacción. No hay categorías sexuales de Primera y Segunda División. No cabe ninguna condescendencia (aunque sea aderezada con pretendida vocación cristiana) sobre la sexualidad de los demás. Cada uno la vive, su sexualidad y los afectos, como le venga en gana desde el respeto mutuo. Eso no te hace ni mejor ni peor persona, ni mejor ni peor cristiano.
Los templos cada vez están más vacíos. Sin feligreses. La edad media de los que asisten de forma habitual supera tranquilamente la mediana edad. ¿Por qué no hace autocrítica la Iglesia católica? ¿Cómo es que tras tantos siglos de poder, no digamos en España amén del nacionalcatolicismo patrocinado por el franquismo, hayan perdido tanto protagonismo y ‘auctoritas’ sobre la sociedad a la que se debe desde que estamos en democracia? ¿No les hace reflexionar a Bernardo Álvarez y a los demás? Las realidades sociales en torno a la Iglesia católica de un tiempo a esta parte se responden por sí mismas. Y el llamamiento a la renovación que hace el papa Francisco encuentra múltiples resistencias internas, cuando no oposición directa.
Por otro lado, es evidente que el consumo de la pornografía (otro tema al que Bernardo Álvarez alude) no solo denigra a las personas sino que somete a la mujer a la cosificación. No responde a la realidad sexual. Y a la pornografía no solo acceden los menores, que también, y es un mal, sino los adultos. La pornografía es material cotidiano de hombres aparentemente hechos y derechos que, en puridad, por dentro se desmoronan en su valía y claudican raudos a la sociedad de consumo. No practican luego sexo sino frivolidad corporal. No profesan después amor sino el interés emanado de un ego afanado por desfogarse al instante. No respetan a sus parejas sino que, en el fondo, las observan como meros mecanismos de instrumentalización para las tareas domésticas y el operar anodino en la alcoba de una sexualidad viciada y distorsionada en la que la dignidad brilla por su ausencia.
Las afirmaciones de Bernardo Álvarez sobre la homosexualidad son un completo desatino. La humildad y el testimonio de verdad son mucho más rentables para la implementación del credo evangélico que pontificar sobre la homosexualidad como un supuesto mal menor que tocase tolerar porque no queda otra… El obispo se ha equivocado de plano. El problema reside en que una parte considerable de la estructura de poder de la Iglesia católica piensa igual, con o sin papa Francisco. Y la soledad que carcome poco a poco a la comunidad cristiana invoca una renovación interna que no llega. Que, a estas alturas, aún estemos exhortando el recuerdo del Concilio Vaticano II es un síntoma del escaso margen de maniobra en Roma, como si aquello fuese un hecho insólito que no pudiese repetirse de forma reverdecida y en consonancia con la actualidad. Mal diagnóstico.

























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