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Rafael Álvarez Gil Rafael Álvarez Gil

La cesta de Navidad

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

direojed Jueves, 23 de Diciembre de 2021 Tiempo de lectura:

Hasta antes de la crisis de 2008 muchas empresas obsequiaban a su plantilla con una cesta navideña. Podía ser más o menos generosa, con jamón o sin él, con botella de vino de la tierra o un licor, a saber, pero la había.

 

Con los recortes de la austeridad desaparecieron en muchas oficinas y fábricas como los almuerzos que, en el mejor de los supuestos, empezaron a costearla los propios empleados a pachas. De aquel mundo laboral queda poca cosa. Pero la esencia de la cesta navideña era algo más que el detalle, era el recordatorio del lazo emocional (ficticio o no) dentro del centro de trabajo. No era tanto el valor de su contenido sino lo que expresaba. El padre o madre de familia llegaba a casa con algo que ofrecerle a los suyos, a su gente, a los que más se quiere. El gesto de recibirla y servir de enlace hasta alcanzar el domicilio tras cumplir con la jornada era la gesta de compartir con la pareja e hijos que eres valorado allá donde entregas tus esfuerzos diariamente. Dignificaba al trabajador.

 

La desigualdad social campa a sus anchas. Y aumenta. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres lo son cada vez más. Una distancia lacerante que acabará por perturbar al parlamentarismo y a los cimientos de la democracia. Azufre para la hoguera revolucionaria. Aunque esta sea digital y en las plazas públicas sin demandar violencias. Pero con tanta desigualdad, evidentemente, los poderosos juegan con fuego. La precariedad reina en la juventud y los de mediana edad se atrincheran en la empresa de turno sin moverse a la espera de que sea un ERE el que les obligue y, por tanto, cobrar la indemnización que les corresponde. Nadie se mueve y el miedo es creciente convirtiendo el día a día en un tejemaneje de pugnas y envidias entre la mano de obra, sea de mono azul o de cuello blanco.

 

La Navidad es la celebración de la vida. Y, por ende, el comienzo y el fin con su consecuente resurrección. Si algo tiene el cine espoleado durante el franquismo fue su alta dosis moralista, insistiendo en la dignidad del derrotado, el que no tiene de todo. La dignidad es el último reflejo de tener criterio. Y este se alcanza con la madurez. Y también, como arengaban aquellos largometrajes, por la conciencia de clase; aunque esta no fuera marxista sino de incienso y sacristía. Hay películas que, de repente, vemos en un momento pertinente de nuestras trayectorias vitales, y es cuando tenemos esa sensación al visionarlas de que el mensaje de la misma nos cala más hondo, penetra en las emociones de nuestras interioridades. A mí me ocurrió con ‘Un millón en la basura’ (1967).

 

La repusieron en esa reserva espiritual nocturna que La 2 tiene para los cinéfilos y que se extingue con el paso del tiempo. La obra retrata las andanzas y desventuras de los más humildes a la vez que el azar les pone en un dilema, entre la espada y la pared de tener que optar por hacer el bien (lo justo) o caer en las tentaciones que se tercien, en las mezquindades que esparcen los egoísmos. Y es cuando emerge en los personajes, en el común de los mortales, esa esencia que, en última instancia, denota nuestro paso por la vida.

 

Ese cúmulo de certezas rubricadas por nuestra conciencia que al caer la noche nos permite dormir en paz. Y que será el legado que atesoremos cuando sobrevenga ese inapelable instante en el que la muerte nos invoque a rendir cuentas. Cuando ya no hay poder ni dinero que resista la fugacidad existencial que nos reclama, la que nos empequeñece y nos achica, la que nos comprime en humildad como rezagada entrega al rendirnos a la voluntad de la vida.

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