Tanto el PSOE como CC están, más o menos con igual peso, divididos internamente por dos sectores. A una parte del PSOE le gustaría pactar con CC (tanto lo quiso en 2019 como lo querrá en 2023) y otra no quiere ver (a la ATI profunda) ni en pintura, priorizando un acuerdo con Nueva Canarias y las izquierdas y, por ende, una reedición del Pacto de las Flores que por los datos demoscópicos que se va conociendo entre bambalinas sería hoy por hoy posible. Por su parte, un ámbito de CC pugna hasta sus últimas consecuencias por finiquitar a Nueva Canarias y otro le gustaría (pensemos en Asamblea Majorera) retornar a las glorias de antaño de concordia o reunificación con la izquierda canaria.
Este es el tablero de las dos organizaciones políticas que más respaldos obtuvieron en la cita con las urnas en 2019: el PSOE 25 escaños y CC 20 actas; eso sí, en una Cámara conformada por primera vez, desde la entrada en vigor del nuevo Estatuto de Autonomía, por 70 diputados, diez más que lo reglado desde 1983. Es más, 2019 supone un punto de inflexión en el itinerario del sistema de partidos: Ángel Víctor Torres le arrebató a CC el epicentro que esta atesoró desde 1993. Todavía en Tenerife muchos se preguntan cómo ocurrió semejante hecho mientras en la actualidad, a la intemperie, sin cobijo institucional, aguardan a que las promesas del ‘clavijismo’ de un fácil retorno al poder en 2023 se cumpla. Con todo, esas expectativas que venden internamente en CC no son realistas. De hecho, hasta dentro del ‘clavijismo’ comienzan (ahora sí) a asomar dudas; las mismas que han negado una y otra vez desde que fueron desalojados del Ejecutivo.
Sin embargo, este equilibrio político no se comprende sin una clave que subyace a son de posibles entendimientos entre el PSOE y CC. Razón: de darse conlleva un desgaste para los socialistas. ¿Cuál? La pérdida del Cabildo de Gran Canaria y el ayuntamiento capitalino. Esto es, a CC le sale rentable pactar con el PSOE en la esfera autonómica mientras encima preservan el Cabildo de Tenerife y, a saber, si se cumplen las alianzas en cascada, numerosos municipios tinerfeños. Por el contrario, en Gran Canaria el desenlace es totalmente opuesto: una unión entre los socialistas y CC le supondría a los primeros perder las dos instituciones más importantes de Gran Canaria. Si Nueva Canarias no entra en el próximo Gabinete, estará libre (y lo hará) de llegar a pactos con el PP. Y toda la pelea interna que vive el PSOE insular, los de Augusto Hidalgo, por un lado, y los de Sebastián Franquis, por el otro, carecería de sentido porque ya no habría botín futuro que repartirse.
De todas formas, no es inaudito. Este episodio ya aconteció entre 1991 y 1993. El PSOE estrena Gobierno con las AIC y Carmelo Artiles es sometido a una moción de censura en la Casa Palacio de Bravo Murillo. Si ICAN hubiera entrado en el Gobierno autonómico, se hubiese respetado todo en cascada. El cabildo quedó con la siguiente representación: PSOE, 12; CDS, 6; PP, 6 e ICAN, 5. Artiles en privado no pudo prometer tenerles como socio (justo tras una rueda de prensa) a Pedro Lezcano, Francisco Castellano, Gonzalo Angulo, Fernando González y Antonio Morales. A ICAN no le quedó otra opción. Y enseguida estos se reunieron con José Carlos Mauricio en un hotel de la capital grancanaria. Artiles quedó políticamente sentenciado.
En definitiva, las tentaciones mutuas de los dos sectores respectivos que anidan en el PSOE y CC de llegar a lugares comunes soporta una tremenda desigualdad en sus potenciales repercusiones. Para CC es un escenario satisfactorio. En cambio, al PSOE le pasa factura; especialmente en Gran Canaria. De ahí que no se entendiese en 2019 cómo perpetró una campaña electoral de tierra quemada contra Morales. ¿Con quién pensaba pactar entonces el socialismo?, ¿con el PP? No se puede remover una pieza del puzle político sin que se destartalen otras en el archipiélago.
































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