ROSA MARÍA ARTAL
Hemos contenido la respiración hasta que a las 11.30 del viernes 1 de junio, 180 votos a favor de Pedro Sánchez le convertían en presidente del gobierno de España.
Cómo habrá penetrado la corrupción en las entrañas del Estado que millones de personas temían ver surgir un “tamayazo” que desbaratase la elección del secretario general del PSOE. El propio Mariano Rajoy se encargó de dejar en evidencia a quienes de alguna forma le amparan. Acribillado su partido por la corrupción, le faltaba dar la nota final: el desprecio al Congreso de los Diputados, depositario de la soberanía popular con una espantada intolerable.
No cabe despedida más infame que agarrar la cartera, salir del hemiciclo sin que la presidenta hubiera suspendido hasta la tarde la sesión, y “recluirse” - como titulaba RTVE- en un restaurante cercano 8 horas, mientras caían hasta cuatro botellas de whisky. Con ministros entrando y saliendo, a un kilómetro de un Congreso que debatía su moción de censura.


























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