GREGORIO VIERA
Hace mucho tiempo que le conocí, vital, dicharachero, extrovertido, comprometido, hablador y a su lado, lleno también de proyectos, ilusiones, expectante por lo que iba sucediendo en su país, al que sería su compañero de vida, a esa vida, que hoy por hoy no vale mucho allá de donde proceden.
Venezuela su país, Caracas sus vidas, que no tenían, no tienen hoy, mucho menos hoy. Este reencuentro de las dos orillas me hace revivir algunos momentos compartidos, donde la política, los compromisos sociales, la lucha por la supervivencia de muchos niños y niñas, ancianas y ancianos, eran y son su fortaleza, porque esa lucha que ellos llevan va mucho más allá de las fronteras de su tierra.
Cuando conoces sus historias y sus miedos te das cuenta que no importa la tierra, el momento, las circunstancias. Todo se repite, da igual el paraje. Comprobamos en nuestras carnes que las personas excluidas lo son de igual manera en un sitio que en otro, salvo en sus guerras, esas guerras internas que reprimen y condenan a la población a más exclusión, al llanto y el lamento por la pérdida, esa pérdida de la dignidad que es lo único que les queda. En ese reencuentro de las dos orillas afloran sentimientos de impotencia ante el cúmulo de despropósitos que significa la pérdida de derechos, esos derechos humanos que tenemos que exigir a quienes nos gobiernan, porque no entienden que esos derechos no han de pedirlos, son inherentes al ser humano y así lo proclama la ONU. Sin embargo, lo sabemos, lo saben y no se hace nada.
Los relatos que se suceden lo hacen en primera persona, no hay censura previa, por ningún lado. Se leen mensajes instantáneos que remiten sus amistades, poniéndoles al día, poniéndonos al día de lo que sucede, de lo que ven en muchos días a través de las ventanas, con miedo, con preocupación, con sobresalto, porque saben que en la calle están sus hijos e hijas y que la situación no se controla, que la escasa comida que consiguen está a precios desorbitados, que el hambre, como refieren, galopa por sus calles sin signos de mitigarse. Por el contrario, cada día más gente busca entre la basura algo que les alimente.
Todo ese trabajo que hicieron allí, que hacen desde la distancia y que de seguro harán nuevamente, les conduce irremediablemente al cierre de esos lugares amigables, hogares para muchas personas de la calle, lugares que les dan cobijo, calor, donde se sienten nuevamente integrantes de una sociedad, que no les tira a la calle para seguir deambulando sin futuro cierto. Si no se pone remedio a toda esta barbarie nos tememos lo peor, una sociedad rota en dos mitades que tardará en curar sus heridas, fruto de la sinrazón de quienes están llamados a dar seguridad. Clamamos para que la comunidad internacional actúe, no les deje en su soledad, hay que volver a reencontrar las dos orillas.
Ellos, Ale y Ray, seguirán su lucha, pero no es de ellos solos, nos atañe y nos afecta, no en vano llamamos a Venezuela la octava isla. Sin embargo, que lejos estamos ahora, donde nadie se atreve a intermediar, a gritar, a exigir el respeto a los derechos humanos y que devuelvan a la calle a quienes les han quitado la libertad por pensar de manera distinta, a decir basta ya y que se instaure la cordura antes de que llegue a más y no haya retorno, porque no hay peor odio que el del animal herido. Tienen que volver a reencontrarse las dos orillas...
Con la pluma del Faycán.
Gregorio Viera es concejal del PSOE del Ayuntamiento de Telde en la oposición.






























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