TELDEACTUALIDAD
Telde.- El pecado de la pereza centró el comentario semanal que en su espacio de opinión Con la Pluma del Faycán hace el concejal socialista Gregorio Viera en el programa radiofónico El mostrador de Ezequiel López, que se emite de lunes a viernes en la red de emisoras de Radio Faycán de 17.00 a 19.30 horas, TA reproduce su artículo.
Con la Pluma del Faycán
(09 de junio de 2016)
Buenas tardes a todas y todos. Gracias por compartir una tarde más un comentario con otra visión, otros ojos, otra pluma. Hoy, Los siete pecados políticos - La Pereza.

El último pecado político y no por ello menos importante es la pereza política. El conformismo político tiene un precio muy alto y se paga con la misma moneda con la que suele pagarse la pereza: la inexistencia humana. La negligencia, tedio o descuido en las cosas a las que estamos obligados. Cuando la ley deja de mantener el equilibrio entre las diferentes personas de la sociedad, la pereza de unos, ayudada de la fuerza, de la astucia, de la seducción, llega a apropiarse el fruto del trabajo de otros.
La pereza política y las pasiones de los hombres hacen desconocer la justicia que, fundada en el sentimiento que tenemos de la propiedad de los otros, nos impide aprovecharnos de nuestras fuerzas para privarlos de las ventajas que la naturaleza o los avances sociales nos proporcionan.
La política puede quedar atrapada entre la pereza y el cinismo. Pereza para no buscar nuevas soluciones a los problemas y cinismo para idolatrar el letal «no hay alternativa» como respuesta indolente a los retos urgentes que hay que resolver. Debemos protegernos contra la indolencia de la pereza política. No podemos renunciar a pensar en nuestros propios argumentos y convicciones -y en los contrarios- como el mejor antídoto contra la irrelevancia de una política secuestrada. Como escribe Antoni Gutiérrez-Rubí: “Luchemos contra la pereza y la indolencia políticas. Renunciar a explorar nuevos caminos nos aleja de nuevas soluciones. La desafección ciudadana respecto a buena parte de la política y nuestra arquitectura institucional no radica, solo y simplemente, en un juicio severo a los errores (gestión) o los excesos (corrupción), por ejemplo. La crítica más contundente está en la percepción de renuncia a dirigir”.
Estamos asistiendo a la renuncia, a dirigir dejando pasar el tiempo a ver si algo cambia aunque no se haga nada para que cambie. La inacción política conduce a esta sensación de abandono, al automatismo ideológico que nos está conduciendo a una espiral de desestructuración social, de desapego y desafección difícil de conjugar en una sociedad más polarizada donde la clase política, haciendo alarde de una pereza descomunal, nos conduce a la melancolía y sobre todo a no participar en los procesos electorales, mientras pretenden conectar con el alma de los indiferentes, de los desentendidos, de los que están dispuestos a aceptar la corrupción, la mentira y la desigualdad.
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