Hace unos pocos siglos cualquier mujer que se salía de la norma era tachada de bruja. Por aquel entonces, ser demasiado inteligente, tener ambición, encontrar remedio para la salud o simplemente revindicar ser libre, era un acto de herejía que debía castigarse, no fuese a contagiar a las demás. Incontables fueron las mujeres vilipendiadas, expulsas, quemadas, asesinadas por ser mujer, por querer hacer otra cosa distinta a lo que la religión o la tradición las destinaba. Eran las brujas, las diferentes, las malditas, mujeres con poder que debían ser eliminadas y asesinadas, víctimas de una persecución misógina.
Esta tradición ha pervivido durante siglos, fue en el siglo XV hasta el XVII cuando tuvo mayor alcance en toda la geografía española. Pero en nuestro subconsciente colectivo aún queda el sustrato, la consideración de que cuando una mujer sobresale es porque lo ha conseguido con malas artes, y por lo tanto es una bruja.
No hace mucho un diputado de Vox llamó bruja a una diputada por pedirle esta que dejaran de acosar a las mujeres que abortan. La extrema derecha nos quiere dóciles, calladas o muertas.
Sin embargo, mientras hay una España que bosteza hay otra que despierta. Esta vez ha sido el parlamento catalán quien ha dado luz verde para reparar la memoria histórica de las mujeres asesinada por brujas. La propuesta se aprobó con los votos favorables de todos los grupos parlamentarios, salvo Vox y el PP y la abstención de Cs. Esto supondrá sacar a la luz, incluir sus nombres en los callejeros o comenzar estudios sobre el tema. La idea fue impulsada por la revista “Sapiens” bajo la campaña “No eren bruixes eren dones” (no eran brujas, eran mujeres). Esta corriente de restitución ya había comenzado en otros países como Escocia, Noruega o Suiza.
En Canarias hemos tenido durante siglos nuestra caza de brujas, números testimonios históricos lo documentan, sobre todo después de la conquista, porque en la época prehispánica nuestras brujas eran las harimaguadas, mujeres respetadas y veneradas por su sabiduría, a quienes los menceyes o reyes pedían consejo.
Hoy en Telde, el pueblo de las brujas, como se le conoce coloquialmente, tiene uno de los mayores vestigios y enclaves de aquella época en la montaña Bermeja en Cuatro Puertas, lugar de residencia de las harimaguadas, un yacimiento arqueológico desgraciadamente olvidado por el Cabildo y Ayuntamiento.
Sería un acto que honraría al ayuntamiento de Telde el hecho de que se sumase a esta propuesta del Parlamento Catalán y fuese pionero en las islas en la restauración de la memoria histórica de estas mujeres, tendría mucho que ganar y nada que perder.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura y escritora.

























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