Una bomba de relojería a punto de estallar, la tormenta perfecta es hoy la situación en Canarias. Y, sin embargo, era bastante previsible. La pandemia sólo ha agravado una situación que era insostenible. Pero el mal ya existía antes.
Hace sólo dos años, la prensa local anunciaba que en menos de 15 años la población turística duplicaría a la población actual de Canarias. Algunas personas sensatas ya nos echábamos las manos a la cabeza y decíamos que eso era insostenible, sobre todo, por las consecuencias de un monopolio frágil como el turismo, por la ausencia de diversificación en la economía y por los resultados de índole social y ético que producía esta situación: aculturación, economía de servicio, y población sometida y servicial como la que florece bajo estas condiciones.
Pero las voces disconformes fueron silenciadas por el brillo de los huevos de oro del turismo. Pero se murió, reventó la gallina y ahora Canarias lidera el ranking de la comunidad autónoma con mayor destrucción de empresas, con el mayor índice de desempleo, con las bolsas de la compra más cara a nivel nacional y una sociedad desarticulada y feroz.
A esto se une la crisis migratoria. El archipiélago, situado en la costa de África, se ha convertido en la nueva Lampedusa o Lesbos, y ha sido abandonada por el resto de comunidades, que al grito de sálvese quien pueda, elude su responsabilidad solidaria de compartir y acoger a los inmigrantes que vienen camino a Europa.
¿Dónde están las voces de solidaridad del resto de las Comunidades?
Canarias sufre a diario la llegada de cientos de migrantes que huyen de la miseria y la guerra. Una situación insostenible que ha desbordados todas las previsiones sociales, económicas, y de alojamiento. A Canarias llegaron el año pasado 23.023 inmigrantes un 756,8% más que el año anterior, 745 cayucos frente a los 129 de 2019. Hoy hemos sabido que, el producto interior bruto de las islas ha bajado al mismo nivel que existía en 1936 justo después de la guerra civil. Esta es la tormenta perfecta que ha hecho que la xenofobia y el racismo estalle en las calles.
Porque cuando el pobre no sabe a quién echarle la culpa siempre hay otro más pobre que recibe los daños. Ya nadie se escandaliza ante los relatos diarios de agresión, manifestación o bulos que corren en la red contra los inmigrantes.
Y nosotras, islas, históricamente solidarias, que aprendimos que, así como nuestros abuelos emigraron a Venezuela, Cuba o Argentina, hoy llegan aquí africanos en busca de una vida mejor, en el lógico ciclo de las migraciones, que nos dice que vivimos en un mundo interconectado donde los flujos migratorios serán continuos y constantes.
¿Nos veremos abocados a emigrar de nuevo en unos años? Pero, ¿A dónde?
Canarias no puede afrontar sola esta situación. España y Europa no pueden permanecer callados y de brazos cruzados ante la emergencia social en que vivimos.
Por eso cuando a alguien le digo que soy canaria y me responde ¿Canarias? ¡Qué paraíso! No sé bien si echarme a reír o llorar. Normalmente, suelo tirar por el camino de en medio, esbozar una media sonrisa amarga y pensar pobre ignorante.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura y escritora.

























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