Siempre me ha costado más buscar el titular que escribir el artículo. Quizá porque pertenezco a una generación que tenía que ajustarse al diseño de una página en el periódico de papel que no te daba opciones de reducción del tamaño de las letras o del propio espacio.
El papel no se podía estirar y la publicidad era intocable. No siempre podías escribir lo que querías sino lo que cabía en el hueco que te habían asignado. Eso creo que me vino bien. Escribo, que es una forma de pensar, y luego ya busco el reclamo que mejor se ajuste a lo planteado. En un artículo o en un reportaje la suerte es importante a la hora de encontrar ese titular, pero en una novela, por ejemplo, es vital si queremos que se vea en el maremágnum de una mesa de novedades, y no digamos entre los millones de libros de las plataformas digitales.
Lo que hago, tanto para nombrar al archivo como cuando relleno el espacio provisional del título, es poner letras VVVVVVVV o HHHHHHHH, por ejemplo. No dicen nada, pero a veces me parece que dicen mucho más que lo que voy escuchando a muchos de nuestros gobernantes y a los que sueñan con el poder aun a costa de muertes y de desastres con consecuencias casi apocalípticas en lo inmediato. La sensación que tengo estos días es que a unos y a otros les importa una higa la tragedia de la Covid-19 y sus miles de muertos. Solo quieren confundir con el mensaje utilizando las medias verdades y ese lenguaje ambiguo que genera incertidumbre en los ciudadanos.
Lo vivido con lo de las salidas de los niños pasará a la historia como uno de los despropósitos más delirantes de comunicación que se recuerden: los que hablaban y se contradecían se sientan en la misma mesa y se entiende que se atienen a los mismos criterios cuando toman decisiones, pero no es eso lo que nos llegaba a los ciudadanos. Y los otros, los que están fuera esperando, tampoco ve uno que aporten sensatez: solo buscan como locos sentarse en los bancos del poder, no veo más interés ni más propuestas.
El mensaje no está ahora mismo para ambigüedades ni politiqueos. Los que estamos en nuestras casas no tenemos más remedio que confiar ciegamente en quienes se entiende que están informados y que actúan con criterios científicos y buscando salir cuanto antes de todo este caos. Cada contradicción de unos, y cada ataque feroz de los otros, solo conduce a un pesimismo peligroso y desconcertante.
Estos días, la verdad, me encantaría ser portugués, por lo menos hasta que esto pase, porque ellos sí están siendo un ejemplo, pared con pared con nosotros, de cómo actuar y de cómo deben proceder los que gobiernan y los que aspiran legítimamente a sucederles.
Y para los pragmáticos, si no les valen las palabras, ahí están las cifras lusitanas de una enfermedad que también está demostrando la mayor y menor competencia de los gobernantes (y de los opositores) de cada país por donde pasa. Pedimos dimisiones, responsabilidades, y es lógico, aunque lo lógico sería que nos pusiéramos de acuerdo de una vez en los mensajes y en las sensateces.
Si dimitimos todos no habrá nadie que nos salve.
Santiago Gil es periodista y escritor.


























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