Los profetas de la moral, los que se otorgan la patente de la ética, andan lanzando diatribas contra nuestra condena abismal. Arderemos en las llamas del infierno, que dios nos perdone, porque no somos dignos de entrar en el reino de los cielos.
La derecha rancia del PP, la extrema derecha de VOX y su camarilla han vuelto a sacar la bandera de la vida encontrando de nuevo un argumento más para arremeter contra el sentido común y la libertad del ser humano.
A estos manteadores de pacotilla, a estos creyentes según les convenga, a estos detractores de toda libertad, que aborrecen de las mujeres prostituidas pero usan del comercio de su cuerpo, que defienden la vida pero niegan el derecho al aborto, que hablan de la razón pero creen en el más allá, han encontrado otro cauce para soltar su bilis contra la muerte digna o la eutanasia.
Todos deberíamos poder tener una vida digna de ser vivida, sin embargo, cuando no es así por enfermedad o cualquier otra circunstancia, la existencia se convierte en un infierno, y en ese caso deberíamos ser libres de elegir al menos nuestra propia muerte. Sólo las personas que hemos vivido de cerca la muerte de un ser querido y las circunstancias que conllevan el alargamiento de la agonía y el sufrimiento, sabemos de qué hablamos.
Viví este proceso de despedida de un ser querido, mi madre, en la ceremonia del adiós que supuso mi libro “Piel de cebolla”. En ella se refleja la terrible situación en que se encuentran estos enfermos terminales, sin posibilidad de elegir su destino. La agónica situación en que viven enfermos o ancianos desahuciados se podría haber evitar si esta ley se aprueba finalmente.
Mi madre, en sus últimos días, y sacando fuerzas de donde no las tenía, se rebelaba contra su situación y nos decía que por qué tenía que seguir viviendo cuando ya no quería hacerlo, cuando la vida para ella había perdido el sentido y el dolor se volvía insoportable.
Mi madre no tuvo la oportunidad de elegir su vida, tampoco su muerte. En la fase terminal de su enfermedad, se le aplicó el proceso de sedación paliativa para aliviarle el sufrimiento, de tal forma que, su nivel de conciencia disminuyó hasta el óbito final.
Este proceso de despedida, desgarradamente lento y triste, fue muy duro para todos. Sentir como un ser querido va perdiendo irremediablemente la conciencia y las funciones propias del ser humano es muy doloroso, no sólo para el enfermo que lo padece sino para todos los familiares que la acompañaron en ese proceso de deterioro paulatino y de muerte final. Pensar que tras la aprobación de la ley de la eutanasia puede existir otra forma digna de abandonar este mundo, al menos a mí, me llena de esperanza.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura y escritora.

























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.69