El grado de infantilismo de nuestra sociedad está llegando a límites exorbitantes. En estos tiempos líquidos se nos ha dado por confundir el sano ejercicio de la libertad con el de la irresponsabilidad.
Nadie hay más irresponsable que una persona que se cree con todos los derechos y ninguna obligación. Si un conductor atropella a un peatón -pongamos por caso-, por estar haciendo uso de su móvil, ha cometido no sólo una infracción sino un delito, pues nada lo justifica y, por tanto, debe ser juzgado. El conductor ha cometido un acto de irresponsabilidad porque sabe que el uso del móvil en la conducción entraña graves riesgos. La sanción o la responsabilidad civil es la consecuencia penal de este hecho.
Esta reflexión viene a cuento acerca de la última catástrofe ocurrida en la isla de Gran Canaria. Dos fuegos en menos de cuarenta y ocho horas. El primero, de gran magnitud, perpetrado por una persona irresponsable; y el segundo, supuestamente, por un pirómano. Las justificaciones y comentarios al primero, con frases del tipo “le podía pasar a cualquiera”, nos llevan a evaluar el grado de tolerancia que estamos adquiriendo ante hechos de esta magnitud. Perdónenme si no soy tan benévola.
Más que comprender a ese hombre que sabía que, con casi cuarenta grados, utilizar una radial en pleno campo era un peligro tremendo, me sitúo en el lado de toda esa gente, de todos nosotros quienes no solo hemos perdido parte del pulmón de la isla sino además animales de compañía, viviendas, tierras de labranza, etc.
Otra cosa es la responsabilidad pertinente del cabildo por el hecho de no limpiar los campos de pinochas que arden como teas, o de acabar con las cabras que comen la hierba seca de los campos. Podríamos añadir que presenta ahora un alto grado de cinismo pidiendo voluntariado para repoblar la zona, cuando hay tanta gente desempleada. Pero eso es harina de otro costal.
Mi intención no era otra que hablar de la responsabilidad individual, de la madurez y el civismo necesarios para vivir en sociedad. Comportarnos como críos caprichosos que nos creemos con derecho a todo, y estar exentos de culpas por el simple hecho de existir, solo da prueba del nivel de educación de nuestra sociedad.
Así como cuando un niño se acerca a un fuego no hay más remedio que retirarle la mano para que no se queme y luego reprenderle para que no lo haga más, de tal forma deberemos endurecer las penas contra acciones de irresponsabilidad de este tipo que conlleven no sólo la destrucción de la naturaleza sino la muerte de miles animales inocentes.
No estaría de más recordar que los únicos irresponsables aquí son los niños, o en todo caso el rey, quien se salva de cualquier tropelía que pueda hacer a los animales o al erario público. Pero quien lea esto seguro que ni es un niño ni será nunca rey.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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