Bajo la estampa turística, la verdad insular. He aquí la realidad oscura y negra, la crónica violenta de esta isla. Esto es Canarias, no la de la postal ni la del anuncio.
Míralo, entre Telde y las Palmas: el polígono, bloques de edificios homogéneos de hormigón, pisos antiguos de protección social, construidos en los años setenta para acoger a los pobres entre los pobres.
El Valle de Jinámar, un gueto marginal, vivero de violencia, caldo de cultivo de la rabia donde viven los excluidos y los marginados. La semana pasada el Valle de Jinámar se dio a conocer en los medios nacionales porque en un acto vandálico prendieron fuego a veintiséis automóviles, y sin bomberos que les ampare en el municipio, que llegaron media hora después procedentes del sur.
Mira este valle de lágrimas, asómate a sus casas, detente en tu acelerado paso. En cada bloque hay una menor embarazada, un niño que abandonó el colegio, dos personas que no saben leer, diez personas enganchadas a la droga, veinte sin trabajo y treinta sin esperanza de encontrarlo, y la mitad de su población empobrecida.
La pobreza se hereda. La maquinaria social fabrica indigentes y excluidos, marginalidad y delincuencia. En su muros, un símbolo: la rabia, la respuesta de los desesperados, de los que ya no encuentran respuestas, de los que ya dejaron de preguntar.
La rabia, el azote de la pobreza que se convierte en delincuencia, porque no se espera nada, porque no hay salida. 
Entonces, la rabia enciende el fuego y quema todo lo que encuentra a su paso.
El fuego como destrucción y venganza de los marginados, de la pobreza, de las nulas expectativas de ascensión social. Se vuelca la rabia contra uno mismo, en el suicidio, o en forma de violencia.
Porque nada importa cuando nada tienes, ni nada esperas.
Mientras, en España se quitan y se ponen lacitos amarillos.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

























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