Hoy se van a retratar los políticos de este país en alta definición. La foto sobra. Hace mucho tiempo que los ciudadanos, hasta los menos informados, saben del pie que cojean los que, en este país, se llaman políticos.
Saben que unos entienden la política como una profesión que, ejercida con astucia, proporciona buenos sueldos, y que si a la astucia se une un poco de suerte, puede otorgar, también, poder.
¿Hay políticos en este país que conciban la política en su sentido clásico como el arte de garantizar la convivencia y utilizar los recursos del estado para el bien común? Los hay, pero son una minoría. Y no hay que ser cínicos para llegar a esta conclusión. Basta vivir en el anonimato y con las dificultades del pobre o medio pobre para darse cuenta de que a la mayoría de los políticos, la supervivencia y el bienestar de los de a pie les importan un rábano.
Hoy se votan en el Congreso los objetivos de estabilidad presupuestaria y de deuda pública y el límite de gasto del Presupuesto del Estado para 2019. Eso que se llama “techo de gasto” significa que el gobierno dispondría de un 4,4% más, o sea, 6.000 millones de euros, destinado, casi todo, a las comunidades autónomas y a la Seguridad Social. Eso, si la mayoría de los diputados lo aprueban. ¿Y cómo no van a aprobar que se disponga de un dinero que alivie la vida de los ciudadanos sometidos, durante años, a la austeridad, que en plata significa vivir con el agua al cuello y pataleando para mantenerse a flote? Pues bien, no se va a aprobar, porque la mayoría de los diputados van a votar que no o se van a abstener.
Ese voto, por supuesto, los va a dejar a todos, más que en cueros, radiografiados.
La radiografía del PP y Ciudadanos no hace ninguna falta. Los políticos conservadores, liberales, defensores del orden ordenado a defender la libertad de los que más tienen, están más vistos por fuera y por dentro que un reality. Rivera y los suyos están en pleno ataque de ansiedad por haber pasado del primer lugar en las encuestas a una total irrelevancia. Hace años que votan con el PP para asegurarse asiento en el centro derecha.
Hoy votarán con el PP porque ya no saben qué hacer ni en qué lugar asegurarse asiento. En cuanto al PP, decir que va a votar contra la propuesta del PSOE equivale a descubrir que el caballo blanco de Napoleón era blanco. Con el alma estrujada por el rencor contra quienes les quitaron el poder absoluto y por el dolor de su fractura interna y por el miedo a que la justicia impute a su recién elegido presidente por falso y aprovechado, al diputado del PP no le queda más desahogo que dar coces al PSOE por donde pueda pillarle. Hoy Casado saldrá del Congreso enseñando los dientes con la sonrisa que se le quedó fija durante su campaña para presidir el partido, y estirará los labios para vocalizar correctamente las diatribas contra Sánchez y su gobierno que lleva aprendidas por repetición.
¿Y Unidos Podemos? Dicen que se van a abstener y razones tienen. A ver, si un niño malcriado pide una moto con motor y le ofrecen una a pedales, ¿qué va a hacer? Cruzarse de brazos, hacer pucheros y decir que no quiere a la sucedánea. Pues resulta que Unidos Podemos pedía un incremento del 15%, imposible de asumir por el déficit. Sánchez consiguió que Bruselas le permitiera un 4% más.
Pero Iglesias quiere moto con motor aunque la familia no se lo pueda permitir. Así que nada. Si no hay quince, prefieren cero. ¿Cómo lo van a justificar? Atacando a Sánchez por no atreverse a romper con la Unión Europea y con quien haga falta. ¿Para elevar el techo de gasto un 15%? Esa sería la explicación más sencilla, pero la política, cuando depende de la psicología de los políticos, es muy complicada. Si Sánchez ofreciera subir el gasto un 20%, Iglesias pediría un 30 y si Sánchez se lo diera, sufriría un surmenage. Porque no se trata de la economía, estúpidos. Se trata de ganar elecciones para seguir gobernando el cotarro. ¿Y cómo le van a arrancar votos por la izquierda al PSOE si le dejan aumentar los presupuestos de las comunidades autónomas con la mejora evidente del bienestar social?
También votarán que no los diputados del PDCat y de Esquerra Republicana. Lo que también resulta aburridamente previsible. Esos no saben ni donde están. Políticos en una república que no existe y que saben que nunca existirá fuera del mundo de sus sueños, ejercen en el Congreso del Reino de España porque es donde les dejan hablar y donde les pagan. ¿Y qué van a hacer allí, de qué van a hablar como no sea para oponerse al gobierno, a cualquier gobierno del estado opresor que les niega la independencia y les encarcela por pedirla? ¿Pero cómo? ¿No la piden cada vez que suben a la tribuna y luego vuelven a su casa tan ricamente? No se trata de responder a las preguntas que suscitan los independentistas catalanes con una lógica monda y lironda. En la república imaginaria de Cataluña rige una especie de lógica difusa compensatoria enfocada, no a buscar razones, sino a demostrar, como sea, que los líderes independentistas tienen razón.
Así, resulta que al votar que no, renuncian a cuatrocientos y pico de millones que a los catalanes les irían más que bien para la sanidad, la educación y otras cosillas abandonadas desde que empezó la lucha patria. Pero, como todo patriota catalán sabe muy bien, en la guerra incruenta, pacífica, por la independencia que no puede llegar, cualquier cosa que no tenga que ver con la independencia imposible carece de toda relevancia. ¿Para qué quieren los catalanes una sanidad y una educación y otras cosas de un país desarrollado si resulta que no tienen país? Es perfectamente lógico que si no hay independencia no hay país y si no hay país, no hay por qué mejorar lo que hay hasta que no haya país. ¿Y si lo que hay se va al garete por falta de gobierno y de recursos? Pregunta absurda donde las haya. Lo que se iría al garete no sería la República de Cataluña porque no existe, sería una comunidad autonómica del estado español, y eso, para el crazón de un patriotam está muy bien.
En fin, que los pobres y medio pobres tendrán que pasar como puedan sin los 6.000 millones que les habrían podido aliviar el tránsito por este valle de lágrimas. ¿A quién le importa? Al que se fue a pedirlos a Bruselas, evidentemente, pero, además, a los pobres y medio pobres que tendrán que sufrir las consecuencias. ¿Seguro? No tan seguro. Todos los medios del país dedican más espacio a los anuncios de rebajas y de viajes que a la política. Los publicistas saben que en nuestro siglo rige la divisa “ande yo caliente y a los demás que les den”. No hay modo más eficaz de distraer al personal en verano que ofrecer vacaciones a pagar en cómodos plazos mensuales. Luego vendrán los expertos en propaganda electoral a hipnotizar a los votantes. Así, de un modo tan sencillo, una ciudadanía solidaria, como la americana o la italiana, por ejemplo, puede acabar votando por bravucones infrahumanos sin darse cuenta.
Entonces, ¿a quién, coño, le importan los demás? Al que tiene inteligencia suficiente para comprender que todos necesitamos importarle a alguien; que quien pasa de todos corre el peligro de que todo pasen de él. Entonces, ¿es que la mayoría de nuestros políticos son estúpidos? Pues parece que sí, y que los que les votan, también.
María Mir-Rocafort es analista sociopolítica y columnista.


























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