He cometido un grave pecado contra mí misma. He comido con los auriculares de mi radio enchufados a mis orejas oyendo todo lo referente al congreso del Partido Popular.
Estoy pensando si me conviene tomar un complejo proteico estomacal para liberar ácido gástrico permitiéndome llevar a cabo una digestión saludable o si me tiro en la cama como un fardo anhelando la siesta que me lleve por el mundo de los sueños lejos de este país.
A eso del mediodía, antes de la votación, los locutores de dos emisoras ofrecieron un resumen de los compromisos del actual presidente del PP, Pablo Casado. Se comprometía a prohibir el aborto, la eutanasia; a devolver la maravillosa ley de educación de Wert para seguir primando la educación concertada, y si con aulas separadas por sexo, también; a reforzar el código penal para agravar las penas por diversos delitos; a bajar impuestos a sociedades, etc., a aquellos, en fin, del club de los ricos, de lo cual se deduce que subirá el impuesto de los pobres y los medios pobres porque si no, las cuentas no cuadran; a ponerse más duro con los independentistas para salvar la unidad de España y ensalzar balcones con banderas patrias, qué más quisieran los independentistas para seguir clamando por la compasión del mundo.
En ese momento entraba yo en la farmacia con mi receta kilométrica y sentí que necesitaría un medicamento más para quitarme la taquicardia. Ahora, reviviendo esto mientras escribo, me ha dado hipo. Lo que me recuerda que el Papa, Su santidad Pío XII, se murió de hipo.
Dicen las crónicas oficiales que murió de insuficiencia cardíaca porque suena mejor, pero fue de hipo. El hecho me sorprendió mucho a mis diez tiernos años de edad, y desde entonces, lo he recordado con miedo cada vez que me da hipo. Dijo uno cuyo nombre no recuerdo que España se ha vuelto Italia, pero sin italianos. Corrijo. Muchos españoles tienen ganas de volverse italianos porque si no, no se explica cómo ocho millones votaron al Partido Popular. Es que Italia tira mucho, por los monumentos, la canciones y ahora por los payasos y monstruos que han elegido para gobernar el país. Sólo les ganan los americanos, como siempre.
Y bien, ganó Pablo Casado, y es ahora presidente del partido más votado, expulsado a la oposición por populistas, separatistas y amigos de ETA, dice el interfecto. Durante los larguísimos días de esta semana, los blabladores de las tertulias se han cuidado mucho de no recordar al personal que este señor tiene las de todas, todas de ser imputado por el Supremo por haber falsificado notas, trabajos y títulos para montarse un currículum de caerse para atrás.
Pero la realidad existe a prueba de fantasías y deseos. Es muy probable que la imputación llegue con el otoño y que el flamante presidente del PP se vea en el mismo trago que Mariano Rajoy cuando la sentencia de la Gürtel le costó el gobierno. ¿Qué pasará entonces? Lo digo yo porque los blabladores son muy cobardes y no se atreven. Durante unos días, Casado culpará de sus fraudes a la universidad. Viendo que no cuela, culpará a la izquierda. Viendo que no cuela, hará un mitin o varios diciendo que no se va, que se queda. Y entonces saldrá otro documento u otro video que le hará dimitir. Esto no lo sé yo por clarividente. Lo sabe cualquiera que se ponga a analizar. ¿Y después? Puede que le sustituya Saenz de Santamaría o cualquier otro, qué más da.
Pase lo que pase, tenemos diversión garantizada. A partir de mañana mismo, Pablo Casado y Albert Rivera van a luchar a dentelladas figuradas por comunicar quien es más carca, más retrógrado, más franquista, más de derechas, vaya. Se avecinan las municipales y europeas, y ambos se dejarán la piel, como se dice, por atraer a los votantes más carcas, mas retrógrados y más franquistas.
¿Y los racionales si los hay? Sí, los hay. Los racionales conservaremos la esperanza de que entre los españoles haya muchos más que piensan, muchos más dispuestos a votar por la libertad y la solidaridad que ofrece la llamada izquierda. Suponemos que Casado y Rivera se lanzarán como fieras sobre Pedro Sánchez si les queda tiempo entre match y match propio. Pero creemos, queremos creer que la mayoría no se dejará engañar y manipular por los pintas.
La esperanza obra milagros. Mira por donde, me he acordado de Pedro Sánchez y sus ministros y se me han pasado la taquicardia y el hipo.
María Mir-Rocafort es analista sociopolítico y columnista.

























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