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El amor de una vida

direojed Lunes, 18 de Junio de 2018 Tiempo de lectura:

Dice la RAE que normal es aquello que por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. Si nos preguntamos quién fija esas normas, damos con una definición más corta y precisa. Las normas las fija la sociedad. El poder de fijarlas depende del número de individuos que se adhiera a una determinada norma. Una norma adquiere valor obligatorio cuando la decreta una mayoría. Luego se considera  normal a  lo estadísticamente mayoritario.

 

Por su definición se observa que el término normal carece  de carga ética. En tiempos del imperio romano era considerado normal asistir a las luchas de gladiadores o a ver cómo unos leones hambrientos se zampaban a  los miembros de la secta de los cristianos. Normal sería también salir de los estadios comentando cómo el gladiador tal o el cristiano cual había intentado defenderse ofreciendo espectáculo o si la tarde había sido aburrida porque ni los unos ni los otros tenían ganas de luchar, como ocurre en el fútbol, por ejemplo.

 

Fue normal durante siglos la asistencia multitudinaria a ejecuciones públicas, siendo las más concurridas, por vestuario, boato y  espectacularidad, los autos de fe que montaba la Iglesia quemando a herejes y brujas. Cabe suponer que esos espectáculos brindaban a las familias días de comentarios para entretener el ocio; entretenimiento que en esa época resultaba normal.

 

Lo mismo debía ocurrir en  tiempos de la Revolución Francesa con los guillotinamientos en las plazas públicas o, hasta las postrimerías del siglo XIX, en España, con la variante del garrote vil.  El físico, los gestos y palabras de los reos a los que se les había privado de sus cabezas o se les había partido el cuello, seguramente proporcionaban largas horas de conversación al calor del hogar.

 

Hoy se proporciona el mismo tipo de diversión pero con medios más sofisticados. Lo normal es que la gente siga disfrutando de luchas a muerte, descuartizamientos, ejecuciones y etcéteras por el estilo en las pantallas de sus televisores, tablets y móviles; los más refinados, en libros.

 

Lo que convierte en normal que guionistas y escritores expriman su imaginación para ofrecer al personal escenas de sufrimiento, sangre y muerte que satisfagan las dosis de adrenalina que necesitan los cerebros de los normales para funcionar con normalidad. Es de lo más normal que la gente utilice sus facultades mentales para asegurarse el éxito, siendo lo normal que el éxito se mida por la cantidad de dinero que se gana.  Y nada gana más dinero que cualquier cosa que agite las glándulas del personal.

 

Normal fue en tiempos de Hitler que los alemanes se adhirieran  en mente y cuerpo a la doctrina nazi, como normal fue en España ser franquista en tiempos de Franco y cumplir con las normas de la Iglesia, reinante durante la época del nacional-catolicismo. Hoy, en política, lo normal es dejarse llevar por las encuestas para librarse de riesgos, apostando por el caballo que la mayoría da como ganador. ¿Pero cómo consigue un partido que las encuestas sean favorables a sus candidatos?

 

Los más desconfiados sospechan que las empresas demoscópicas que las elaboran las cocinan a gusto de quienes les pagan por ellas. Pero lo objetivamente comprobable es que la propaganda, elaborada por grandes equipos de expertos en manipulación y movilización de masas, manipula y moviliza hasta convencer a la mayoría de que el partido tal con su candidato cual es el que la mayoría prefiere. Y manda la mayoría en toda actividad, incluyendo el acto de votar. Es lo normal.

 

Fue así como en España se volvió normal aceptar la corrupción de los gobernantes, desde alcaldes de pueblo al presidente del gobierno pasando por todas las instituciones intermedias. Políticos de mucho peso, es decir, de mucho cargo, repitieron una y otra vez que defraudar a Hacienda es lo normal en este país.

 

La afirmación caló. Los millones de ciudadanos que a la hora de la declaración de la renta buscaban desesperadamente la forma de escatimar al fisco lo que pudieran, fuera legal o no, de pronto se vieron amparados por las autoridades que daban a la defraudación categoría de normal. Defraudar era normal y quienes basaban en la normalidad el sentido de sus vidas, votaron en masa al partido que justificaba sus inclinaciones más insolidarias, librando de cualquier peso a sus conciencias. La excusa y panacea para todo es vestir a cualquier acto de normal.

 

La ética y la moral fuerzan a la razón del individuo a analizar si algo está bien o está mal y obligan a la voluntad a elegir entre actuar en consecuencia con lo uno o con lo otro. Un engorro. Encima resulta que también hay que cargar con la responsabilidad por la elección y que si uno decide irse al lado de las ovejas negras, va a tener que soportar la reprobación de su conciencia. No es de extrañar que la mayoría de los seres humanos decida prescindir de tan oneroso proceso orientando su conducta por la vía moralmente neutra de la normalidad.

 

A nadie se le puede reprochar que dirija su vida por el camino más concurrido. El hombre es un ser sociable, grupal, ya lo descubrieron los griegos. La masa acompaña, arropa. Para rebelarse contra la tiranía de lo normal hay que tener el temple de los héroes y estar dispuesto a soportar el exilio de la marginación. ¿Vale la pena el sacrificio? Según como se mire.

 

Todos los días como en el mismo restaurante y casi siempre como sola porque en esos momentos me apetece tomar notas sobre lo que veo, lo que oigo y lo que pienso. Por lo que veo y oigo, se ha convertido en normal que cada comensal, en pareja o en grupo, se aísle de sus compañeros de mesa concentrando su atención en su teléfono móvil. A nadie parece importarle que el otro o los otros desprecien su compañía. No está mal visto. Es normal.

 

A veces, en alguna mesa, unas señoras mayores parecen enfrascadas en una competencia para ver quién tiene la enfermedad más grave y el tratamiento más complicado; la que tiene anécdota hospitalaria se lleva la palma, la que no en primera persona, pero puede echar mano de la hospitalización de un pariente, se gana el segundo lugar.

 

¿Suena deprimente? No a las contertulias; es normal. Las y los más jóvenes que no sucumben a las exigencias de sus móviles, se ponen a mirar alrededor con cara de solitarios, ¿es que no tienen nada que decirse? Y si no tienen nada que decirse, ¿por qué al menos no se miran? Hace unos días le preguntaba a un joven si ya no se enamoran, considerando al enamoramiento como esa locura que te arrastra a los ojos, el cuerpo y hasta a los pies de otra persona encendiendo tu vida con la luz y el fuego de otra vida humana.

 

El joven me miró como si yo viniera de otro mundo o como si, por la edad, la mayoría de mis neuronas hubiera perdido los axones. Hoy el enamoramiento no se lleva, parece; hoy se lleva otra cosa, como la necesidad de compartir piso, por ejemplo, porque no hay sueldo que alcance para pagar un alquiler en la capital, y casi todos viven o aspiran a vivir en una gran urbe.

 

Pues bien, enamorarse hasta las cachas, como decíamos hace años, no es normal. O tal vez nunca lo fue. Hay que aparearse, fecundar y parir por mandato de la naturaleza para que no se extinga la especie. Y hay que unir dos sueldos porque con uno solo ya no se puede vivir respondiendo a los anuncios que lanzan todos los medios. No tener dinero suficiente para comprar lo que compra todo el mundo, no es normal.

 

Queda en el aire la pregunta que surgió hace unos párrafos. Negarse a vivir confundido en la masa obedeciendo a la tiranía de lo normal, ¿es un sacrificio? No lo fue y no lo es para ciertas minorías. Algunos se apuntan a grupos pequeños que encuentran sentido a su vida guiándose por principios éticos, es decir, por valores humanos. El grupo les arropa y no se sienten solos. Algunos, inspirados por los mismos valores, trabajan por que la mayoría acepte ideas políticas minoritarias  fundadas en la esperanza de un gobierno comprometido, por encima de todo, con procurar el bien común. Esos encuentran compañía en su partido. Algunos, muy pocos, no cuentan con el apoyo de ningún grupo. Luchan en solitario por aquello que creen sin esperar que la sociedad les recompense de nninguna manera. Podría decirse que estos últimos son los seres heroicos que lo sacrifican todo por su libertad, pero tampoco sería del todo cierto.

 

El amor lleva inserto el respeto. Es del todo imposible amar sin respetar.  Y de este axioma se deduce que no puede amarse a sí mismo quien no se respete. ¿Se puede respetar a sí mismo quien somete su razón y su voluntad a las razones y la voluntad de la mayoría; quien renuncia a su propia libertad para no verse excluido de la gran masa normal; quien transita por su vida siguiendo el camino que le dictan otros?

 

Quien se plantea estas preguntas sin miedo y con absoluta sinceridad puede encontrarse de pronto con la aventura extraordinaria de descubrir quién y cómo ha de ser el amor de su vida. Y a nadie puede caberle la menor duda de que la mayor recompensa a la que puede aspirar un hombre, macho o hembra según el primer capítulo del Genesis, es a ser y sentirse amado.

 

María Mir-Rocafort es analista sociopolítico y columnista.

 

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