A nadie interesa, son sólo mujeres, prácticamente niñas encerradas en pisos y obligadas a prostituirse. Hace unos días desmantelaron un piso en Lanzarote en el que estaban secuestradas dos adolescentes procedentes de un Centro de Menores. No hace mucho estalló en Gran Canaria el caso “7 lovas” donde las víctimas eran igualmente niñas, procedentes de Centros de Menores.
En esta ocasión en el caso se destapó que había implicados políticos y grandes empresarios conocidos por todos dentro de los prostituidores o puteros. Aún esperamos el resultado del juicio. No son casos aislados, son redes mafiosas que se aprovechan de la desprotección familiar, de la laxitud de las normas en estos centros, de la inexperiencia de estas jóvenes. Saben dónde encontrar su mercancía: en el lado más débil y desprotegido de la sociedad; en mujeres jóvenes, vulnerables, pobres, a las que manipulan y socavan voluntades por medio de las drogas.
No es casual lo sucedido en Lanzarote, sino que se establece un patrón de actuación por estos desaprensivos que se aprovechan de la nula supervisión que debería ejercer el Gobierno y sus instituciones en estas menores puesto que están bajo su tutela.
¿Qué nos está sucediendo como sociedad para que permanezcamos impávidos ante este tipo de hechos?
La prostitución, que junto con las armas y las drogas, es la actividad que más capital mueve en el mundo y que en nuestro país permite subir el PIB en un 4,5%, lo que implica poder maquillar las cuentas públicas del gobierno (El País, junio de 2014) es así consentida por nuestros gobernantes, mientras se confirma, de este modo, la mayor desigualdad que hay entre sexos hoy en día.
Entre la falacia de la elección libre de la prostitución -nadie es libre si no tiene las condiciones económicas o de formación para elegir- y el mirar hacia otro lado, seguimos justificando una de las formas más crueles y brutales de la violencia machista.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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