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La condena

direojed Viernes, 08 de Diciembre de 2017 Tiempo de lectura:

“Nada de lo humano me es ajeno”, parece que dijo Publio Terencio. Sin embargo, y después de darle muchas vueltas a la frase, no consigo ponerme de acuerdo con ella, pues hay aspectos en el ser humano que se me escapan a la comprensión, sobre todo un hecho que, por más que lo intente, no alcanzo a comprender. Me refiero al abuso sexual a menores.

 

A menudo, y por desgracia, es cada vez más frecuente ver en las noticias locales juicios y condenas por este tipo de delitos. Hace unos días apareció en Telde, donde vivo, una nueva noticia de este calibre: un hombre de 33 años abusó sexualmente de una menor de 9. Los hechos habían comenzado en 2012 y se extendieron hasta el 2016, cuando la menor se atrevió a confesarlo finalmente en el instituto.

 

¿Qué es lo que lleva a un ser humano a cometer esta aberración ? ¿Cómo puede encontrar nadie el deseo sexual en un niño o una niña? ¿Qué degradación, qué perversión puede haber en una persona para llevar a cometer este acto tan monstruoso?

 

Los abusos, al parecer, eran conocidos y cometidos con la connivencia de la familia, que los permitía, porque este señor, Eduardo Ortega González, (que se sepan y difundan ya el nombre de los violadores) aportaba el dinero a la depauperada economía doméstica.

 

No son casos aislados. El hecho de que Canarias sea la segunda comunidad autónoma, después de Baleares, en estos delitos, retrata a nuestro pesar el tipo de sociedad en la que estamos inmersos: primitiva, brutal, violenta, desconocedora de los valores básicos del respeto y dignidad hacia la persona.

 

No puedo dejar de ponerme en la piel de la víctima, en el terror que habrá vivido, en el desconcierto y el abandono sufrido por parte de su familia. No puedo más que sentir un desprecio absoluto por esta sociedad embrutecida, despiadada contra los indefensos, consentidora de semejante latrocino.

 

Pienso en los niños, en los adolescentes que pueden estar viviendo esta situación en silencio dentro de la familia ( el 90% de los casos de abusos sexuales ocurren dentro del seno familiar), en toda esa inocencia pervertida, en esas vidas ya marcadas y destruidas para siempre.

 

Me pregunto si en algún momento el violador, que saldrá en quince años de la cárcel, habrá mostrado algún signo de arrepentimiento, más allá del obligado para que le reduzcan la condena.

 

Porque él saldrá un día de prisión y habrá pagado y cumplido su condena. Sin embargo, la condena de la niña, las secuelas de por vida, nada ni nadie las restituirá.

 

La adolescente, con sólo doce años, que reside ahora en un centro de acogida de la isla, ha manifestado en el juicio que perdona a su familia. De nuevo, la víctima ha demostrado toda la valentía y dignidad que le ha faltado a la familia.

 

Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

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