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Hasta siempre Margot

Cojeda19 Domingo, 11 de Junio de 2017 Tiempo de lectura:

Margarita está linda la mar,

y el viento,

lleva esencia sutil de azahar;

yo siento

en el alma una alondra cantar;

tu acento:

Margarita, te voy a contar

un cuento...

 

Te fuiste en silencio. En este preciso instante, te puedo recordar con apenas un hilo de voz, porque a veces la vida te juega estas malas pasadas. Las más recientes imágenes, los últimos momentos y las más cercanas conversaciones, dejan una indeleble huella en la retina y en los oídos de la memoria, que ofuscan las mentes... Pero sé, que con el paso del tiempo, esas sensaciones que por diferentes han quedado grabadas, darán paso a la verdadera Margot, a la que siempre fuiste en realidad. Y así podré recordarte hasta el fin de mis días. Ya he tenido esta sensación en otras ocasiones. Cuando en el 97 perdimos a mis dos abuelas Adela y Rosario, o cuando en el 2007 dejó de estar en este Mundo mi abuelo Juanito "el salinero"...

 

En este 2017, has cumplido la temida profecía que parece marcar nuestras vidas. Y hemos tenido que decir otro adiós definitivo, marcando las lápidas de nuestra historia con el mismo dígito al final de la fecha. Haré una vez más el esfuerzo, y trataré de verlo no como una maldición, sino como una nueva oportunidad de hacer familia. Y es que al final creo que lo he llegado a comprender Margot, porque el siete no es un número azaroso, sino justo la cifra que resume la historia de los Ramírez Trujillo, y que tan ligada estuvo a la tuya propia. Se trata justo del resultado de la unión de mis dos abuelos, y que de alguna manera te trajo a ti un poquito de alegría con cada nacimiento, haciendo que cada parto fuera de algún modo el que tú no quisiste tener. Y de esos frutos justamente te llegó la compañía, el cuidado y los mimos que hicieron que estos últimos años tuyos, cuando ya no podías calzarte los tacones de aguja que tanto te gustaban, cuando ya no te valías para irte a jugar unos cartones y tal vez ganarte un bingo que luego repartirías, cuando ya decidiste que no querías volver a teñir tu cabello de un rubio más intenso aún del que te dotara la naturaleza, hayan podido estar repletos de buenos momentos y de los gestos de cariño que son los que realmente importan, y que seguro formaron parte de la película del último aliento, trayéndote paz en el momento de la marcha.

 

Me he despertado en esta madrugada con la necesidad de escribirte y llorar, cosa que no me sale en público desde aquel año, cuando tuve que soltar las manos de ambas madres de mis padres por última vez. Me he puesto delante de la hoja en blanco para dejar constancia de cuánto significó tu existencia en la vida de los que tanto quiero y en la mía propia, y para de alguna manera expresar lo que tal vez a otros les cueste más.

 

Mis recuerdos de ti son de siempre. Tu voz tan característica, tus amplios gestos, tus miradas enfatizando con pasión lo que decías, que a su vez era lo que sentías, porque eras mujer sin dobleces, me han acompañado desde que tengo memoria. Tu gusto por lo estético no te hizo perder contenido, ni ocultarte tras esos modos refinados que evitan decir la verdad, tu verdad. Así, fuiste siempre de hablar sin complejos de tus cariños, y he de decir aquí que los herederos de tu hermana Adela, a la que tanto quisiste, tuvimos la enorme suerte de contarnos entre ellos. Y es que mucho antes que lo dijeran otras en la tele, tú por los tuyos habrías "matado". Y de eso me siento orgulloso. Yo tuve fortuna, y fui de los elegidos. Me lo hiciste saber en cada momento compartido durante toda mi vida, pero además, cuando a pesar de tu edad, de la historia que te tocó vivir o quizás fuera esa misma la razón, me lo pusiste fácil. Aceptaste mi condición sin dudarlo y con naturalidad, abriendo tus brazos a mi pareja sin contemplaciones. Hoy, cuando tan miserablemente algunos y algunas, con aires de grandeza y hasta cierta titulitis hacen burla de lo que no entienden, y se atreven a manifestar su animadversión, alimentando así la violencia que otros sin tanta sesera ejercen contra la homosexualidad, más me admira tu actitud. Una actitud además ignata, sin necesidad de ser meditada, porque te nacía de las entrañas. Querer sin contemplaciones lo que quisiera la gente a la que a su vez tú amabas, ésa era tu receta. Sólo el corazón movía tus pasos, para lo bueno y lo malo. Sin más.

 

De haber sido bailaora, porque "artista" ya lo eras, también de ti habrían dicho que eras un torbellino de colores. Y es que, tú Margot no dejabas a nadie indiferente. Fuiste, junto con mi abuela Rosario, de las que mamé el gusto por los Carnavales, porque aguja en mano también tú disfrazaste mi infancia con lentejuelas y terciopelos. Fuiste de las que aprendí que la cuestión no es sólo vestirse bien para resultar atractivo, sino saber quererse a uno mismo y decirse al espejo lo bien que se está. Gran lección. Pero además, debo de reconocer que tu afán por proteger a los tuyos y esa falta de pudor para gritar al mundo lo "estupendos" que somos, a mí me alegraba el alma. Gracias por tanta vitamina para la autoestima, Margot.

 

Cuando en estos últimos días se acercaban vecinos y vecinas tuyas a mostrar sus condolencias, todos coincidían en una misma cosa. "Supo vivir", decían. Y es cierto que así lo pienso yo también, pero debo honrar tu memoria recordando que esa certeza te pudo costar cara. Debió ser complicado en una sociedad que no entendía por aquellos años de independencia, ni de libertad de elección para nadie y menos para una mujer. No debió ser sencillo "saber vivir" no dejando atrás a los que la vida puso a tu cargo, cuidando a tus hermanos Dorita y Nino, con los que viviste hasta no hace tanto. Tampoco debió ser fácil hacer entender que podías amar a un hombre durante tantas décadas y no necesitar en absoluto pasar por vicaría para demostrarlo. Y con esa convicción, estuviste junto a tu Miguel hasta el mismo día de su muerte. Margot, eterna novia, eterna tía, eterna hermana, eterna hija... Fuiste la culpable de que mi madre nos acunara tantas noches de nuestra niñez al son de las rimas de Rubén Darío. Sólo ya por eso, te debemos tanto... Pero tú y nosotros sabemos que hay mucho más, y eso sí quedará como a ti te habría gustado, entre nosotros. Que no nos confunda ni tu temperamento, ni tu porte escandalosamente elegante, ni tu rubia melena, ni el intenso olor de tu perfume, porque también tú supiste del gran valor del silencio y de las miradas cómplices.

 

Ahora, dónde estés, dinos...

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:

tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,

guarda, niña, un gentil pensamiento

al que un día te quiso contar

un cuento.

 

A Margarita Debayle, Rubén Darío.

 

Juan Marcos Pérez Ramírez es ingeniero de Telecomunicaciones y ciudadano de Telde.

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