Como marca la costumbre, en los días previos al día de Canarias se animan las tertulias con el sempiterno debate sobre la canariedad. Me pregunto si este ansia de discernir en qué consiste el hecho de ser canario no lleva implícito la necesidad de reafirmar esa identidad que, sentimos, se nos escapa constantemente. Tal vez sea todo más fácil, y nuestra idiosincrasia esté en continuo movimiento, variando, multiplicándose y reconstruyéndose como el mar que nos rodea cada día.
Bien es cierto que hay circunstancias inamovibles, que nos identifican como pueblo, dejando de lado los tópicos típicos y el folclore patrio. Pues bien conocido es que nada marca más nuestras señas de identidad que la precariedad económica y social, que padecemos desde hace lustros, junto con la pobreza estructural, la altas cuotas de desempleo, las amplias listas de esperas en sanidad, la explotación laboral o la baja formación educativa.
El hecho diferencial del ser canario se vive en negativo, ya sea por la distancia de la metrópoli que nos condiciona negativamente (por doble partida si se vive en una isla periférica), ya sea por el abandono histórico al que han sido postergadas las voces de las islas. Todo estos condicionantes marcan nuestra idiosincrasia y nos ha llevado a vivir anclados en un sentimiento de orfandad del que no hemos sabido o podido alejarnos.
Sin embargo, nadie pone en duda que hay tantos tipos de canarios y canarias como arena en la playa. Canario es el presidente del gobierno de Canarias, Clavijo Fajardo, que encuentra la solución para los problemas de las islas implantando una ley del suelo que permite seguir explotando y expoliando el terreno con fines turísticos. El fin, que enriquece a unos y no redunda en otros, justifica los medios.
Sin embargo, hay otro tipo de insular, casi invisible, al que le atañe doblemente la pobreza y el desempleo, sobre la que apenas se habla si no es porque apareció muerta a manos de su pareja hombre, estamos hablando, claro está, de la mujer canaria.
Un ejemplo de ello es la palmera Toski, que lleva ya más de treinta días en huelga de hambre en protesta por el expolio que se va a hacer a la montaña de Tindaya en Fuerteventura. Toski ha hecho de la montaña su identidad y su emblema, y está dispuesta a defenderla con su propia vida pues sabe que la montaña sagrada es patrimonio histórico de todos los canarios, no de unos ricos empresarios.
En estos días en que Canarias parece estar en el mapa político y somos objeto de deseo del gobierno central, que necesita de su voto para aprobar unos pírricos presupuestos del estado, hemos dejado de ser una entelequia para convertirnos en esas islas necesarias.
Pero que no nos nublen los cantos de sirenas, ni la subvención a los transportes aéreos y de barco, incluso la necesaria reforma electoral que nos dan como limosnas. Mientras no atendamos y entendamos a gente como Toski y su defensa del territorio, no tendremos ni idea de lo que es Canarias.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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