Resulta irritante oír decir a los dirigentes del capitalismo occidental y a sus voceros mediáticos, que el fanatismo islámico no es culpa de ellos, que es hasta intrínseco de la religión musulmana o fruto de un supuesto retraso cultural.
El fanatismo religioso en esos países es consecuencia de la miseria, el hambre, las guerras y los conflictos que, encadenados durante décadas, han tenido como origen la depredación de los recursos que el capitalismo y neocolonialismo han perpetrado en amplias zonas geográficas del planeta.
Quien no tiene qué comer, qué leer, de qué vivir, ni cómo huir de la muerte, mira al cielo como su último recurso, sigue a un loco como desesperada escapatoria o se refugia en sueños prefabricados para consolarse ante su pesadilla presente. Cuando todos esos países pedían ayuda para su desarrollo, Occidente lo convertía en explotación descarada de sus recursos; si pedían oportunidades y bases para un comercio justo, les vendían armas a sus etnias para debilitarlos; si querían construir sus propias democracias, les torpedeaban sus alas con dictadores tan marionetas como sanguinarios. Décadas de sólo invertir en ellos frustración y muerte, generaron el campo abonado para que el terror les pareciera una opción y el regreso al pasado medieval una evasión.
Un día el odio se desbordó y los más desesperados se convirtieron en presas fáciles para el fascismo islamista, que a su vez encontraron amparo y financiación en los traficantes de armas, algunos jeques adinerados, pero sobre todo en Estados occidentales amorales al servicio de multinacionales sin escrúpulos. La consecuencia, que viene a ser el salto cualitativo con el que los dirigentes occidentales no contaron, lo constituye la explosión de una guerra que es ya total, que no necesita de ejércitos, que es sin fronteras, sin vuelta atrás, sin vencedores ni vencidos, porque la segura muerte en combate no es concebida como una disuasión, sino como enajenante puerta para una vida mejor.
Occidente pudo optar por la cooperación pero prefirió la opresión, humillación e inanición de esos pueblos. Pudo optar por el respeto, la fraternidad, por asumir la diversidad y el alimento de una visión justa del bienestar, pero prefirió la prepotencia, usarlos como escenario de sus guerras bipolares, abandonarlos en manos de psicópatas que entendían los derechos humanos como mercancía para negociar prebendas.
Hoy llevan la guerra a cualquier calle de Europa o Norteamérica después de que durante décadas inundara de sangre las suyas, sus casas fueran bombardeadas, sus barrios arrasados, sus niños por miles convertidos en huérfanos, náufragos o refugiados. Estos lodos después de tantos años de fangos empuercados por políticas occidentales torpes, avariciosas, insensibles y brutalmente injustas, son el todos contra todos de hoy. Cruzados y Talibanes, Trump y Putin, buenos y malos, galgos o podencos y el mundo mientras asistiendo a su enésima tentativa de autodestruirse, en nombre de causas que no tienen nada que ver con hacer de la Tierra un cielo donde poder vivir y demostrar que por algo nos llamamos humanidad.
El capitalismo salvaje es tan talibán, tan terrorismo, tan fanático en la consecución de sus objetivos como el que dirige sus oraciones desde las mezquitas del integrismo medieval. El capitalismo salvaje aliena fieles desde los medios de comunicación que bien paga, promete a sus desposeídos el mismo cielo de falsa segura felicidad que aquellos otros que se inmolan creyendo que muchas vírgenes amorosas les esperan. El capitalismo es talibán porque también nos intenta imponer a todos y todas un burka que nos impida ver la realidad que nos rodea y que otra humanidad es posible más allá de la mano invisible de su Dios, el dinero.
José Carlos Martín Puig es sociólogo.

























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