Tan sólo cuatro meses han pasado desde que comenzó 2017, y ya son 20 las mujeres que han sido asesinadas en lo que llevamos de año, 7 más que en las mismas fechas del año pasado, según fuentes del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.
El concepto violencia de género se comenzó a emplear de modo generalizado a partir de los 90 del pasado siglo, debido a la visibilización social de un problema histórico que hasta entonces se encontraba relegado a la esfera privada. En 1994 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaba la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer (Resolución de la Asamblea General 48/104, ONU, 1994), en su artículo 1, la define como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”.
Esta declaración ha supuesto el primer mecanismo internacional de Derechos Humanos que ha abordado explícitamente el problema.
Parece estar aceptado socialmente que la violencia de género es algo más propio y común de las generaciones pasadas. Es preciso señalar las tres únicas características comunes en los agresores, como señala Miguel Lorente (Ex Delegado del Gobierno para la Violencia de Género en el Ministerio de Igualdad): hombre, varón, de sexo masculino. Deduciendo así la inexistencia de un perfil definido y común en todos los maltratadores, que sin alterar su esencia, pueden adoptar diferentes formas y variables.
Ciertamente es llamativo que a pesar de que se ha ido consolidando la creencia de la inexistencia de un perfil de agresor como tal, en la práctica se suele definir la figura del maltratador-tipo. En cierto modo, podemos identificar a algunos de los responsables de haber ido perfilando esta figura: medios de comunicación, representantes políticos, guías de autoayuda e intervención terapéutica o la ciudadanía en sí, entre otros.
Asimismo, considero necesario prestar atención al vehículo de nuestro pensamiento, el lenguaje, su léxico, morfología y sintaxis que nos hace interpretar lo masculino como lo universal de manera natural. La utilización de un lenguaje sexista supone la expresión de valores e ideas que sobrevaloran lo masculino en detrimento de lo femenino, es decir, androcentrismo. Este fenómeno se basa en una concepción del mundo donde el eje principal es la figura del hombre, invisibilizando a las mujeres en todo su conjunto e imponiendo un “modelo masculino” como representación de lo humano.
Según la RAE, “lacra” se refiere en su primera acepción a la “secuela o señal de una enfermedad o achaque” y en la segunda al “vicio físico o moral que marca a quien lo tiene”. Cuando decimos que la violencia es una lacra estamos cayendo en una trampa. Como comentaba con anterioridad, a través del progreso es muy frecuente vincular la violencia de género a mentes tradicionales y conservadoras propias de épocas pasadas, dejando atrás el dominio patriarcal. Sería gratificante poder confirmar el fin del sistema patriarcal pero lamentablemente, los datos demuestran lo contrario. Este lunes ha sido hallada asesinada otra mujer a manos de su pareja. Con ella, son ya 890 el número de víctimas mortales de violencia machista según fuentes del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, cuyos primeros datos de registro corresponden al año 2003.
Cuando se habla de violencia, la primera imagen que se nos suele venir a la cabeza es la de la agresión física, pero existen otros tipos de violencia que se definen por su carácter implícito a pesar de poseer la misma capacidad de dominio sobre la víctima. Y es que no debemos olvidar la existencia de un machismo presente en nuestra sociedad y que puede manifestarse a través de: violencia física, psicológica, sexual, laboral, económica, institucional, política… Un aspecto común a todos estos tipos de violencia es el proceso de control, donde existe una posición de dominio por parte del hombre y otra de sumisión, respecto a la mujer.
La violencia de género es un fenómeno muy presente en nuestra sociedad, un asunto de Estado. Para su erradicación, hace falta plantar cara a un machismo muy afianzado y arraigado culturalmente desde orígenes inmemoriales.Porque el machismo está presente en todos los ámbitos de la vida, ¿es de recibo que en pleno siglo XXI existan barreras sexistas invisibles como el “techo de cristal” o el “suelo pegajoso” que dificultan la participación social de la mujer con total libertad?
Basta con detenernos a analizar la situación laboral de la mujer, ¿cómo puede ser posible una brecha salarial del 23,5%? Es vital la existencia de una voluntad política real que apuesta por el desarrollo de políticas, programas y acciones que combatan los efectos de la desigualdad. La violencia de género es un problema que afecta a toda la ciudadanía, es hora ya de que las distintas fuerzas políticas de este país acerquen posturas y aboguen por un pacto de Estado contra el machismo así como una educación donde los valores de la igualdad estén presentes y sean enseñados desde la primera etapa educativa. Recordemos que el machismo mata y la juventud de hoy es el futuro del mañana.
Jorge García Cuesta es politólogo.

























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