Ante toda la cúpula histórica y la mayoría de la élite con cargos del PSOE actual, Susana Díaz se proclamó el domingo candidata a Secretaria General del PSOE de siempre. “No voy a imitar el modelo de otro” dijo, frase que algunos medios interpretaron como rechazo al populismo de Podemos, aunque otras cosas que dijo contradicen la interpretación.
El discurso de Susana Díaz fue, de principio a fin, de un populismo descarado, sin mesura; empezando por el recuerdo indefectible de su filiación –casta de fontaneros, familia humilde, muy humilde, y obrera, muy obrera-, pasando por la letanía habitual de figuras retóricas lanzadas como dardos a las glándulas, y rematando sus frases más encendidas al estilo del más puro Pablo Iglesias de Podemos: “Quiero que seamos felices y que haya ilusión”, por ejemplo.
Los discursos populistas plantean serias dificultades al hermeneuta. En el batiburrillo de frases concebidas para excitar las emociones, cuesta encontrar una conexión que permita un análisis racional; una lógica que indique lo que el orador quiere decir. Cuando Susana Díaz se comprometió el domingo a no pedir el voto “desde la nostalgia y el rencor”, ¿a qué nostalgia, a qué rencor se refería? ¿Nostalgia de los ex presidentes que, en las últimas etapas de sus gobiernos, mancharon su historia con medidas del más puro neoliberalismo? ¿O nostalgia de un Secretario General que se comprometió en campaña a no permitir el gobierno neoliberal del PP, y cumplió? ¿Rencor de los militantes por el escándalo del 1 de octubre y la subsiguiente abstención para permitir el gobierno del PSOE? ¿O rencor contra el Secretario General defenestrado por no querer rendirse y por seguir luchando por un PSOE socialista?
El domingo, la élite del pasado y la actual, el aparato del PSOE, cayó sobre militantes y votantes como una losa. Lo mismo de siempre, lo mismo que hace indistinguibles a un partido tradicional de derechas de un partido tradicional de izquierdas; partidos que, al margen de su proclamada ideología, son, por encima de todo, un voluminoso aparato de cargos que imponen y observan unas normas rígidas, concebidas para conservar sus empleos, sus sueldos y, sobretodo, su poder.
Los partidos políticos han funcionado, y hasta hoy funcionan, como las religiones institucionalizadas. Hay una jerarquía que toma las decisiones y una masa de obreros, de fieles que solo cuentan para pedirles que trabajen por el partido, que aporten sus cuotas, que hagan proselitismo y que le voten cuando toca votar.
Enfrascados en un trabajo cotidiano que consiste, sobre todo, en no perder el cargo o en seguir trepando para acceder a un cargo superior, los miembros de la jerarquía de un partido, llámese de derechas o de izquierdas, tienen muy poco tiempo para ocuparse en dar respuesta a las necesidades de los ciudadanos. Lo importante, dice la jerarquía, es ganar elecciones para poder aplicar los programas, implantar las medidas que han prometido en campaña. Pero una vez llegados al poder, las medidas quedan sujetas al imperio de lo posible; y lo que es posible o no, lo deciden, en parte, las circunstancias económicas, pero, sobre todo, los intereses del partido, es decir, del aparato.
Y ha ocurrido lo que la miopía de los jerarcas no les permitió prever. El ciudadano se hartó. Se hartó de los discursos emotivos, de las promesas falsas, de los engaños; se hartó del politiqueo, de los tejemanejes; se hartó de los partidos de siempre. El hartazgo fue tal, que unos cuantos millones votaron en España por un candidato que prometía el oro y el moro sin decir de dónde los iba a sacar, solo porque tronaba contra los partidos tradicionales de los que se marcaba diferente en el peinado, en la ropa, en el discurso. El hartazgo fue tal, que los americanos votaron por un hombre, evidentísimamente desequilibrado, solo porque decía barbaridades y proponía cosas que ni demócratas ni republicanos se atrevían a decir o a proponer. El hartazgo sigue siendo tal, que ciudadanos aparentemente sensatos de toda Europa dicen estar dispuestos a votar por candidatos de la ultraderecha que parecen salidos del mismo manicomio que el presidente americano.
Cuando el domingo Susana Díaz se proclamó cien por cien PSOE, demostró que, de la miopía, había pasado a la ceguera total. ¿De dónde va a sacar los votos un partido que en la presentación de su candidata favorita exhibe, estallando de orgullo, a dos ex presidentes a quienes, en otros tiempos, se debieron medidas de profundo calado social, y que acabaron por pasarse a lo más diestro con una reforma industrial que dejó al país sin otra alternativa que el ladrillo convirtiéndolo en nido de especuladores; con una reforma laboral que condenó a los asalariados a sobrevivir como pudieran cargando con la angustia de la precariedad?
¿De dónde va a sacar los votos un partido en el que sus cargos más importantes se lanzaron a la yugular de un candidato que pretendía sacar a los jerarcas de su ciudad santa, abriendo todas las puertas para que entrara la masa? ¿Cómo van a pedir ahora a la masa que les vote cuando, estallando de orgullo, la candidata favorita congrega en su presentación a los jerarcas más importantes? ¿Quién va a votar por un partido que el domingo no ofreció otra cosa que más de lo mismo multiplicado por cien? ¿Quién va a votar por una candidata que a voz en cuello soltaba palabras bonitas para maquillar el cadáver de la esperanza? Porque si algo dejó claro ese ciento por ciento PSOE es que nadie puede esperar un cambio, una renovación. Lo que hay es lo que hubo y no puede haber nada más que lo que hay, y hay que conformarse y resignarse con el descubrimiento de Benavente: “Es la vida la losa de los sueños”. Es el PSOE de siempre un partido sensato, responsable, con sentido común, como el PP.
El domingo, en otra parte de España, aquel Secretario General que creían muerto políticamente los que le habían apuñalado en octubre, habló de otro PSOE; un PSOE que ha existido siempre desde su fundación, compuesto por socialistas excluidos de cargos, de sueldos, de poder. No había entre el público grandes personajes del pasado ni muchos cargos altos, medianos o pequeños de ahora mismo –muchos tienen mucho que perder. Había personas que estaban allí buscando un poco de oxígeno que les mantuviera encendido el cabito de vela de ilusión que aún les queda.
Pedro Sánchez les dijo que había otro PSOE, el de las personas, el de las personas que no se resignan a ser en su partido cuota o voto; el de las personas que exigen el respeto que merece un ser humano, no solo en las campañas electorales, sino en el momento crucial de cumplir una promesa. Pedro Sánchez les habló del pasado, de las aspiraciones que crearon el partido socialista hace más de un siglo. Y les habló del futuro, un futuro en el que las personas puedan llevar las riendas de quienes les gobiernan. Y prometió, prometió medidas concretas para conseguir que el PSOE volviera a sus orígenes socialistas con un programa concebido en interés de los obreros, de los asalariados, de los desfavorecidos. Y quienes le escucharon, le creyeron. Porque Pedro Sánchez, bien aseado, peinado, vestido, nada histriónico, resulta ser, en la España de hoy, el único personaje absolutamente revolucionario que existe en el panorama político. Porque cumplió su promesa electoral y para cumplirla, sacrificó su carrera política. En nuestra anémica democracia no se había visto nunca nada igual.
¿Quién le va a votar a un PSOE o al otro? Seguramente quien comprenda que siempre ha habido dos y que predicar la unión de los dos esconde, en realidad, el deseo de que el monstruo del aparato se meriende a los débiles, como siempre: Que se vote al uno o al otro dependerá de los intereses o de la conciencia de cada cual; de su aceptación de las cosas como son o de su capacidad de soñar.
María Mir-Rocafort es analista socio-político.


























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