Ufano, bravucón, creyéndose el centro mismo del universo; zafio, convencido de que con dinero todo lo puede, hace lo que quiere, se salta las leyes internacionales y los derechos humanos, puede poner muros en las fronteras, vetos a los refugiados y, lo que es peor, nadie lo para.
Este es nuestro Trump, esa caricatura de presidente, símbolo de los tiempos superficiales y vacuos en que vivimos, al que mis alumnos llamarían “el puto amo”. Nos puede parecer un ser reprochable, un machista, un xenófobo, un racista, un ser carente de valores éticos y morales esenciales, pero lo que nadie puede objetar a este tonto fatuo es que, ahora mismo, rige nuestros destinos.
En la tierra como en el cielo, así sucede en el aula, espejo de nuestra sociedad, el que incumple las normas cada día, el que molesta, el que interrumpe la clase e impide el derecho al estudio del resto del alumnado; el que saca de quicio al profesor impotente y sin recursos para neutralizarlo: es el “ puto amo”.
Estos niños “Trump” son los héroes de nuestros hijos, porque, despierta “pueblo que estás en la colina”, los valores se han invertido: cuanto más “malote” y más imbecilidad es capaz de aparentar, más éxito tendrá ante el resto; mientras que si eres estudioso serás para todos el “ friki”, el raro, a quien nadie se quiere parecer, el que querrá estudiar y no podrá porque su familia no podrá pagarlo.
Que alguien me explique cómo neutralizar a estos pequeños déspotas, con qué argumentos se les invalida, con qué razones se negocia cuando observan y aprenden que sus mañas le vuelven no sólo carismático sino popular ante el resto. Con estos mimbres nos estamos quedando sin argumentos, sin maestros y educadores para convencerlos de que el civismo, el respeto a los demás y el derecho al estudio forma parte de una sociedad más justa, y sin ellos sólo estaremos creando ídolos de barro, “putos amos”.
Si la clase -pueblo no se levanta en peso y reclama su derecho a no ser avasallado, su derecho a una educación que los libere de fanatismos y demagogias, estaremos realmente perdidos. Habrá que recordarles a estos que, para que haya amos, tiene que haber esclavos. Precisamente lo que los totalitarismos fascistas desean: un pueblo ignorante y fácil de engañar cuyo gobernante sea “el puto amo”.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

























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