El pasado fin de semana nuestro políticos se fueron de feria. No hubo alcalde, ni presidente de cabildo, ni concejal de turismo, ni consejero, ni delegados oficiales y cabildicios que no estuvieran en Madrid en la mayor feria del turismo. Un año más, Canarias, muestra uno de los mejores y más ricos pabellones para enseñar a toda España las delicias y exhuberancias de unas “islas afortunadas” que viven del turismo.
Y es que a los políticos les encanta señalar, entre bambalinas y oropeles, las beldades de las islas, y presumir como paletos de la cantidad de turistas que somos capaces de soportar.
Eché de menos en los medios una voz que se alzara contra los desmanes que se han hecho y se harán en honor de este dios de barro; y eché de más la cantidad de personajes y personajillos de nuestra política local y nacional, elocuentes y fatuos, corriendo ansiosos de chupar cámara y micro. Hasta el mayor empresario de parques de atracciones de las islas, el alemán Kiessling, se ufanaba de lo felices que serían los peces, de memoria corta, en el acuario gigantesco que construirá en breve en el puerto de las Palmas.
Fitur, la feria del turismo, en donde se derrochan cientos de miles de euros en gastos de representación, autobombo y exhibicionismo pedigüeño y paleto, fue otro año más la cumbre donde nuestros políticos, entre copas y veras, se reunieron para disfrutar (la vida es breve) de los beneficios del turismo como si los artífices del invento fueran ellos. No había freno para la alegría de políticos y representantes, en la fiesta del papel cuché y las imágenes de cartón piedra.
Canarias, la gallina de los huevos de oro para empresarios y bandoleros, se pavoneaba este fin de semana luciendo sus mayores galas turísticas. No era lugar para hablar de la pobreza, ni del índice de paro ni de la incultura que nos acecha, sino el espacio idóneo donde limar asperezas bajo cuerda y pedir más hoteles y camas.
A los canarios de a pie sólo nos queda rezar para que un día no se nos congele la sonrisa, y sepamos aprender y anticiparnos al porvenir, y no nos ocurra como a nuestros vecinos del norte de África, que han visto mermar drásticamente el número de turistas por los desequilibrios ocasionados por el terrorismo yihadista.
Ojalá algún día nuestros políticos comprendan la verdadera importancia de no vivir sujetos al exterior y a una industria tan caprichosa y variable como el turismo.
El empresario alemán, al que lo mismo le da plantar un parque acuático sobre yacimientos aborígenes, cuyos restos serán probablemente expuestos en una urna como los peces del acuario (triste metáfora de nuestro pueblo), le faltó sólo decir que los canarios, tal como los peces, también tenemos poca memoria y olvidamos un día quiénes somos y de dónde venimos.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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