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Lo de Araujo

Cojeda19 Lunes, 23 de Enero de 2017 Tiempo de lectura:

Hace unos meses casualmente compartí un rato con los padres de Araujo, el jugador de la UD Las Palmas. Ellos no sabían que aquella mujer casi muda que estaba presente en una operación inmobiliaria era periodista. Y madre.

 

Pero ese sábado no lo era, ese día la amiga de unos amigos tenía una vivienda en venta y ellos, los padres de Araujo, se interesaron por la propiedad. Prometo no contar lo que no debo pero vi en los papis jóvenes del chico a una mujer, su madre, que no podía negar que era la mamá de Araujo. Guapa, delicada, de rasgos orientales y preocupada.

 

La opción era alquilar o comprar y sin duda para los propietarios que el inquilino fuera una estrella del fútbol era un aval. Poco a poco, cuando la operación se torció, la mamá de Araujo -cómo me gustaría que el chico leyera estas líneas- desplegó orgullosa los encantos de su niño e hizo hincapié en su juventud, en su ingenuidad, en la persecución que estaba sufriendo por parte de la prensa. "Es un niño", dijo. Finalmente la operación fracasó, la casa se vendió a otro comprador y todo quedó en eso, en un encuentro casual en el que se evidenció por parte de ellos una seria preocupación por el chico. Estos días, cuando se ha sabido que de nuevo se ha visto envuelto en un lío relacionado con el consumo de alcohol, recordé aquel sábado. Y recordé también a estrellas del fútbol canario que comenzaron a dar pasos errados y acabaron en la cuneta.

 

Estos chicos que lo tienen todo, mimos, halagos y dinero, carecen de lo fundamental para quienes aspiran a convertirse en la gran figura del fútbol que sus dotes le permitan, responsabilidad. La fama se ha llevado por delante a muchos grandes y Araujo, que ya es un jugador poco rentable para el equipo canario, está en la parrilla de salida.

 

El exceso de todo le ha impedido pensar que se juega el futuro. El fútbol es un negocio despiadado; quien paga exige como lo hace el aficionado que te eleva a los altares pero no perdona una. Y aquí ya van tres. En su contra no se le ha visto un solo gesto de arrepentimiento. No se sostiene hablar de malas compañías o de prensa malvada. No. La cabeza hay que usarla para algo más que para peinarse.

 

Pero aun así, sí fuera hijo mío pediría otra oportunidad para él. Una más.

 

Marisol Ayala es periodista.

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