Querido y ‘admirado’ papá: Te quiero rendir un pequeño homenaje a ti, que has sido ese ‘cabeza de familia’, como antaño se decía, que has vivido 89 años en este mundo y que la vida te ha tratado con bastante benevolencia.
Desde este mi pequeño rincón, ‘desde mi atalaya’ que era la cabecera de tus escritos, te quiero dedicar unas sencillas palabras de agradecimiento por todo lo que hemos ‘compartido’ en esta vida, desde aquel inicio en Sidi Ifni, donde nací hace ya 59 años, cuando mamá me trajo a este mundo, en tierras lejanas, pues de Madrid distaba mucho este ‘Ifni’ en el cual tuviste que participar en esa ‘contienda’ ya que eras militar, y Practicante para más inri, hasta que tuviste que volver a ‘emigrar’ de nuevo, pero esta vez al Sáhara, porque los chiquillos iban naciendo sin cesar, hasta sumar la cifra de ‘siete’ en la que tu pistola se quedó sin ‘munición’…
Tu vida comienza en los ‘madriles’, aunque naciste en Aísa (Huesca) al ser mi abuelo, tu padre, Guardia Civil y estar supeditado, al igual que tú, a desplazamientos según se les encomendaba alguna misión especial o de ‘destino’.
En el Madrid de aquellos años, rondaba el año 1954, cuando contrajiste matrimonio con mamá, doña Mercedes Monís Catalina, y llegó 1960 y ya tenías cuatro hijos, tres varones y una niña (los tres nacidos en Madrid, menos yo), pero no quedó ahí la cosa porque llegando a El Aaiún, capital del Sáhara Occidental, seguiste con la ilusión de nuestra madre que sentía pasión por los niños y llegaron otros tres con los que la ‘cuenta’ ya estaba saldada.
Por eso te viste obligado a ‘emigrar’ y abandonar Madrid ‘definitivamente’ para instalarte en un Sáhara en el que todo era ‘desierto’, arena y más arena. Pero allí comenzaste a fraguar una vida ‘nómada’ como aquel que dice y, sin ‘turbante’ pero con muchas ganas, tú y muchos como tú, con la colaboración de los musulmanes saharauis, se fue construyendo una ciudad: El Aaiún, en la que, poco a poco, de tener que festejar las primeras Navidades encima de las maletas porque no teníamos ni sillas, hasta poder hacerlo con una mesa y con alguna tableta de turrón, transcurrieron algunos años, en los cuales fuimos creciendo y como todos los niños tuvimos que ir al colegio que se construyó en ‘barracones’ (especie de nave con techo de forma semicircular) y allí, con las inclemencias del tiempo, estudiábamos las materias que nos impartían unos maestros que trataban de enseñarnos lo mejor posible en las condiciones que lo hacían.
Tú, papá, te instalaste, cómodamente, o al menos así les parecía a todos cuantos te conocían, en el Hospital Provincial del Sáhara Occidental, como Practicante militar, aunque del ‘uniforme’ te olvidaste por completo (nunca te gustó) y con tu bata blanca y la ‘galleta’ que era como se llamaba lo que se prendía de la misma a la altura del bolsillo con tu ‘graduación’, deambulabas por esas dependencias hospitalarias (dicho con el mayor orgullo, ya que carecían de bastante material necesario para llevar a cabo alguna que otra ‘cirugía’…). Pero te desenvolvías a las mil maravillas y tu vida se desarrollaba en torno a ese tu ‘querido hospital’.
Entre tanto El Aaiún iba tomando ‘forma’ y ya teníamos una iglesia, un ayuntamiento, un cine, y algún que otro ‘lujo’ con el que no contábamos ni esperábamos que pudiéramos hacerlo con tanta celeridad. Nuestra querida ‘Plaza de África’ iba creciendo día a día, me refiero a su flora ya que se plantaron ciertas plantas y alguna palmera para ir dando vida a ese espacio para nosotros, los niños y también los ‘guayetes’ (niños saharauis que ostentaban los mismos derechos) en el que poder jugar y entretenernos después de haber realizado los deberes, aunque por aquel entonces las clases eran con horario partido y tanto íbamos por la mañana, y rematábamos la jornada con dos horas de tarde, pero aún así nos sobraba un rato para ir a nuestra Plaza de África a divertirnos. También teníamos los ‘arcos’ de los laterales de la iglesia y un ‘pasadizo’ en el que jugábamos nuestros partidos de fútbol, en los que las paredes hacían de ‘parapeto’ para nuestros regates…
Y mi querido padre, entre tanto, se iba labrando su porvenir: fue Concejal de Cultura en el Ayuntamiento junto con el alcalde saharaui y los demás componentes del consistorio. También se hizo socio del Casinillo en el que por su gestión y ambición en este tipo de asociaciones, le nombraron ‘vocal’ y junto al Presidente del mismo, realizaron una serie de actos sociales que agradaban a todos los socios del mismo. Un año fue el encargado de la presentación de la Reina de las Fiestas y lo hizo con su particular y ‘especial’ cualidad: la de recitar una poesía a todas las candidatas al certamen. Era una de sus pasiones, la de escribir.
Durante nuestra estancia en El Aaiún, colaboró y participó muy de lleno en la elaboración de un semanario: el “Semanario Sáhara” (que se imprimía en la imprenta de Antonio López, pero como allí todos nos conocíamos, era el lugar idóneo y participaban en su elaboración muchos de los empleados de la imprenta, aunque el coste de dicho semanario corría a cargo de dicha empresa) en el que escribía de todo lo que le encargaran: entrevistó a Tico Medina (insigne periodista que aún vive), tuvo el honor de hacerlo con el ministro por aquel entonces de Información y Turismo, don Manuel Fraga Iribarne, y también tuvo la ocasión de charlar con el ‘entrañable’ Alfredo Amestoy, de dicha entrevista salió muy orgulloso de haber podido conocer a un ‘grande’ del periodismo.
Este semanario tuvo una larga vida aunque tuvo que dejar de editarse por motivos obvios ya que los saharauis, y hablo del año 1973 (si mi memoria no me falla) cuando comenzaron a ‘sublevarse’ (dicho de un modo ‘amistoso’) pues ya tenían sus pretensiones y el haber salido a estudiar a la Península y conocer el mundo occidental, les abrió los ojos y querían ser un pueblo ‘libre e independiente’…
Pero no me lo perdonaría mi padre si no digo que a pesar de no ser él periodista, sí escribía y mucho: de hecho tenemos unas cuantas novelas escritas por mi padre a las que no se ha podido dar ‘salida’ pero que su ilusión se vio cumplida en uno de sus últimos cumpleaños, cuando el que esto escribe con la colaboración de mi gran amigo Ricardo (ya en Las Palmas y hablo tal vez de 2010, de memoria, pero ya había comenzado este siglo XXI), en una noche, le imprimió uno de sus libros, quizá el más ‘carismático’: “Carta abierta a un saharaui” (200 folios) y le ‘fabricó’ una portada con tres fotografías espectaculares del Sáhara que a mí me ‘impactó’. Lo guardó como ‘oro en paño’, y no era para menos. ¡Gracias, Ricardo!
Al margen de esa “Carta abierta…”, también tiene escritas: “Los niños de la Guerra Civil”, “La agonía”, “El billete de mil pesetas” y alguna otra que mi retina ha olvidado… Se presentó a varios premios de novela pero tan solo en uno se le propuso para que fuera editada. No obstante, él siguió haciendo con su pluma el gusto de mi mamá, su mujer que recibía cada año dos o tres poesías: por el Día de los Enamorados, por su santo, y por su cumpleaños, fechas que tuvo que ir reduciendo a medida que mi padre iba cumpliendo años pues su cabeza estaba en su sitio pero sus manos, ya tenían los dolores propios de la edad y con gran esfuerzo conseguía ofrecer ese regalo tan especial a mi querida madre.
Pero los años no pasaron tan deprisa como acabo de transcribir. Se construyó una piscina municipal, que hizo las delicias de todos, españoles y saharauis, pues en verano era nuestro ‘alivio’ debido a las altas temperaturas que se soportaban en la ciudad en los meses de junio, julio y agosto, y la que los fines de semana se convertía en ‘discoteca’ y se hacían ‘bailes’ por las tardes a los que acudían los jóvenes de aquella época. Todo un acierto para la población del Sáhara.
Otro de los edificios que tuvo su repercusión a nivel internacional fue el Parador de Turismo (en Burón, como rezaba el pie de foto de un periódico de la islas, a lo que mi padre hizo el consiguiente comentario ‘jocoso’) Nacional de El Aaiún (en el Sáhara Occidental), una obra de arte que fue ensalzada por propios y extraños. Un edificación totalmente llena de encanto y cuya ‘decoración’ era lo que más resaltaba: al más puro estilo arquitectónico ‘mozárabe’.
Mientras tanto mi padre seguía su deambular por las calles de El Aaiún y llegó incluso a ser presidente de la Federación de Balonmano, ya que se lo rifaban porque por aquel entonces todas las asociaciones u organizaciones que surgían buscaban a alguien que les diera la ‘popularidad’ que buscaban, un empuje para que el balonmano se conociera un poco más en el mundo del deporte. Y lo intentó pero poco había que hacer en aquella tierra con tan pocos habitantes…
De todas formas, mi padre se rodeó de los más ‘entusiastas’ de aquella época y entre ese grupo de amigos lograron organizar y que se llevaran a cabo las Fiestas de El Aaiún, los llamados ‘Juegos Florales’ en los que se realizaban concursos, festivales y demás… En uno de esos concursos participó uno de mis hermanos, el quinto, disfrazado de ‘baturro’ (de aragonés, de ‘maño’) y se alzó con el premio para sorpresa de mis padres pero es que fue uno de Zaragoza, amigo de mi padre, el que nos proporciono la vestimenta y eso influyó mucho porque iba ‘ataviado’ como un auténtico ‘mañico’…
Todo transcurría con normalidad hasta que llegó lo ‘inesperado’ y que ya conocemos a través de la Historia. Y no me extenderé ya que mi padre nos ‘empaquetó’, a la familia, se sobreentiende, en junio de 1975, junio, rumbo a Las Palmas y él junto con mi hermano el mayor permanecieron hasta noviembre de 1976. Y, a partir de ahí ‘recaló’ en el acuartelamiento del Regimiento Mixto de Ingenieros, en donde yo también formé parte de ese ‘destino’ pues me presenté voluntario para realizar la consabida ‘mili’ y mi padre era el Teniente Practicante que llegaba a las 8’30 y a las 10’30 ya había realizado su cometido que era la de pasar ‘consulta’ en el botiquín del Regimiento en compañía del capitán Médico y luego el consabido ‘cafecito’ y para casa. Yo me permití el lujo, con la consabida autorización del capitán de mi compañía de entrar y salir con mi ‘papá’ (¡menudo ‘enchufe’). Un sargento se mosqueó pero no le quedó más remedio que ‘tragar’ y lo cuento con mi pesar. Y cuando mejor estaba yo, el Teniente Coronel se entera de mi presencia en dicho acuartelamiento y le dice a mi padre: “Cuando su hijo regrese del permiso militar, que se vaya para su casa…” Y ahí acabó mi ‘mili’, cuando mejor lo estaba pasando.
Pero prosigamos porque la carta va dirigida a mi padre y una vez ‘asentado’ en Las Palmas, con su ‘cuartel’ y demás, a las diez y media se daba un salto al antiguo Hospital Militar sito en la subida a Tafira, junto al barranco de Guiniguada. Allí realizaba las funciones de analista y hacía que su pasión se viera ‘satisfecha’ con esa colaboración totalmente gratuita ya que también en el Hospital de El Aaiún realizaba esas funciones con toda dedicación.
Y fueron pasando los años hasta que pidió la ‘jubilación anticipada’, es decir, dentro de la disciplina militar, pasó a engrosar la ‘Reserva Activa’. Y a pesar de perder algo de dinero en esa ‘decisión’ le vino al pelo pues dedicó más tiempo a escribir sus novelas y a pasarlas ‘a limpio’ (como antiguamente se decía) para probar suerte con alguna editorial que quisiera hacerse cargo de alguno de sus extensos libros ‘no editados’… Y otra de sus actividades que realizaba a diario era cumplimentar una agenda que, año tras año, alguno de nosotros, de sus hijos, le regalábamos para que siguiera escribiendo sus vivencias en este mundo y en su extensa y ‘prospera’ vida.
Siempre presumió de “trabajar poco y ganar mucho” y, a fe que lo consiguió. Salvo el último eslabón que fue su jubilación anticipada en la que perdió unos ‘durillos’ (todavía en España ‘rodaba’ nuestra querida y entrañable ‘peseta’) pero nada que le influyera negativamente. Incluso llegó a ‘conseguir’ una plaza en el Seguro, como antaño se decía. En La Isleta, calle Palmital, centro de salud ‘chiquito’ pero sabrosón a la hora de recibir los emolumentos. Una hora diaria y se ‘embolsaba’ sus buenos emolumentos. Qué culpa tuvo él de que sus ‘capacidades’ fueran bien consideradas y accediera a puestos de trabajo idóneos con su preparación, tanto en lo militar que fue donde menos destacó como en lo referente a salud que ahí sí que hizo ‘su agosto’. Y el final de su carrera fue retirarse como Comandante de Sanidad.
Y le llegó la hora de ‘descansar’, bueno es un decir, de prescindir de aquellas dos o tres cosillas que realizaba a lo largo del día y que le servían de ‘entretenimiento’ a la par que hacía amistades entre ‘jeringa y jeringa’, del que yo aprendí a poner inyecciones y, por supuesto, el otro hobby que tenía mi padre más que alentador que era el escribir como si fuese la propia ‘máquina’ fabricada para esos menesteres. Sus dedos, al igual que el que esto escribe, se ‘deslizaban’ por aquellos ‘armatostes’ con una suavidad que ahora los ordenadores han sido para él algo con los que no ha ‘congeniado’, puesto que donde estuviera su ‘Olimpia’ (le regalamos una ‘eléctrica’ pero no se hallaba) o la ‘pluma’ Parker o Montblanc, que se quitaran las modernidades de en medio, con las que no se llevaba muy bien.
Entre tanto, fueron pasando los años y ya los ‘achaques’ fueron haciendo mella en su cuerpo, no de una forma profunda, pero sí pequeñas cosas como que la rodilla le dolía y poco más. Pero la vida sigue su curso y la de mi padre fue ‘agravándose’ con los dolores propios de la edad. Ya sobrepasaba los 80 años y aunque seguía haciendo una vida normal, cada día que pasaba se quejaba más y más. Gracias a que siempre tuvo a su lado a una persona muy ‘especial’: mi madre, su ‘mujer’ (su esposa) quien se había ‘desvivido’ por él durante más de 62 años en los que su convivencia no tiene nada que envidiar. Fueron el uno para el otro y aunque mi mamá también atravesaba por momentos no muy boyantes, se ‘apoyaban’ el uno en el otro.
Un pasaje que se me había olvidado, era que, desde su llegada a Las Palmas, y una vez asentados y viviendo de manera confortable, hacían sus escapadas a la Península, en concreto a Madrid ya que allí mi padre tenía la casa de sus padres que se la habían dejado en herencia. Pasaban los meses de menos frío en los ‘madriles’ y luego los otros seis restantes a caballo entre Las Palmas y Fuerteventura, donde tenían alguno de sus hijos viviendo y trabajando allí. Pero una vez que pasaron los años, fueron distanciando esos viajes porque les costaba trabajo y ‘esfuerzo’ ya que la rodilla de mi padre cada vez iba ‘in crescendo’… el subir una escalera le costaba ‘un mundo’.
Llega el mes de mayo de 2016, el día 14, el tercero de los hijos, que mi padre logró ‘recomendar’ para que ejerciera de celador en el Hospital Militar Juan Carlos I , sito en Real del Castillo, 152, después de algunos años trabajando allí, tuvo la desgracia de fallecer ya que llevaba tiempo arrastrando unos graves desajustes que le afectaban al hígado, trigémino y para ‘remate’ le localizaron un ‘coágulo’ en el cerebro que fue lo que le provocó un ‘derrame cerebral’ y una muerte fulminante (bendito sea Dios). Fue un golpe muy duro para todos, incluido mi padre que de ‘boca para afuera’ siempre bromeaba, pero esto le afectó y de qué manera (a mi parco entender).
Al poco tiempo, 29 de mayo mi padre ingresa en la clínica Santa Catalina afectado por un problema en los pulmones: enfisema y fibrosis. Permanece ingresado hasta el 6 de septiembre, con lo que ello supone de ‘desgaste’ y ‘agotamiento’. Damos saltos de alegría pero como la vida tiene sus reveses, a los 15 días vuelve a ser ingresado por una afección pulmonar severa y ya no tendría más ‘vida propia’: el 4 de noviembre, después de una lucha denodada, aguantando todo lo que le hicieron por ‘alargarle’ algo la vida, él mismo decidió (con una valentía fuera de lo común) y así se lo hizo llegar al médico (pues ya estaba más que ‘desahuciado’) que le ‘quitaran’ toda la medicación que le mantenía ‘atado’ a la vida y tan solo con el oxígeno pasó sus tres últimos días hasta ese ‘fatídico’ día, un viernes por la noche alrededor de las 23’30 que recibo la noticia de uno de mis hermanos y nos presentamos en la clínica para darle el último adiós, de cuerpo presente… ¡Le besé y le ‘lloré’! Abracé a mis hermanos y nos fuimos, mi mujer y yo, a ver a mi mamá a su casa. Estaba ‘destrozada’, ‘gimoteando’ y sin articular casi palabra: ¡papito, papito, papito…! Abracé a mi madre con todas mis fuerzas y le traté de ‘consolar’. Lógicamente, ¡era inútil…!
No he querido ‘hurgar’ ni ‘ahondar’ en la herida acerca de la salud de mi padre, ya que creo que con esos ‘apuntes’ hay suficiente para conocer el terrible ‘desenlace’ que tuvo, al que tendremos ‘siempre’ presente, a pesar de que el ‘buen Dios’ haya decidido llevárselo a la par que él lo ‘solicitó’. Entre ambos ha existido esa ‘empatía’ que tan difícil es que se dé entre los seres humanos que somos más egoístas para estos y otros ‘asuntos’. La conexión entre mi querido padre y ‘Padre Dios’ ha sido excelente y nos ha tranquilizado a la familia de una manera extraordinaria, puesto que Dios se ha ‘preocupado’ de que mi padre sufriera lo menos posible y su ‘agonía’ (como lleva por título una de sus novelas) fuese la mínima.
La que ahora tendrá que sufrir y padecer lo suyo es mi mamá. Pues no solo tiene que superar el ‘duelo’ de su hijo que perdió hace tan solo 5 meses, sino que se le ha juntado el de su marido, con el que ha compartido 62 años de su vida. Duro golpe el que tendrá que superar mi querida madre pues son muchos años junto a mi padre al que estaba entregada en ‘cuerpo y alma’. Los últimos días en la clínica la cara de mi madre lo decía todo: estaba sintiendo que se le iba su más preciado tesoro, su marido, con el que ‘convivió’.
Y hasta aquí la ‘Carta a mi padre: José Burón Alonso que vivió con toda la ‘libertad’ que él se buscó e hizo de su vida un canto a sobrellevar la ‘cruz’ que todo buen cristiano tiene a bien ‘arrastrar’ de una manera ‘noble’ y sin ‘sobresaltos’, todo gracias, por cierto a Mercedes Monís Catalina, la mujer, mi madre, que supo ‘compartir’ junto a él, toda una vida llena de ‘complicaciones’ pero que ‘entre dos’ se hace más ‘llevadera’.
Me he permitido la licencia de adjuntar con mi artículo, en esta ocasión es un homenaje con una dedicatoria muy particular a mi padre, de una fotografía en la que les muestro a los dos seres humanos que me ¡dieron la vida!
Hasta siempre, querido padre, y gracias por ‘provocar’ que tu hijo se sintiera en la obligación de dedicarte un artículo como, supongo, que tú hubieras hecho con alguno de los amigos que tuviste en vida, que me consta que algún homenaje tuve que ‘pasarte a limpio’ como, recuerdo, el de José Luis Dibildos (productor y director de cine) con el que compartiste estudios y que le ‘glosaste’ poéticamente un adiós muy ‘entrañable’…
Mi querido padre, ‘mi Comandante’, desde esta, por última vez: ‘desde mi atalaya’, te deseo que Dios comparta contigo tu pasión más íntima: la lectura y, sobre todo, le pido que te permita ‘escribir’ todo lo que desde el cielo ‘vislumbres’ de tu familia. Un beso.
Francisco Javier Burón Monís es ciudadano de Telde.


























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