Históricamente hemos sido una nación hospitalaria, acogedora, abierta a las formas y culturas del exterior; esto nos ha conformado en lo que somos y nos ha situado en el lugar que estamos. Saber integrarse y adaptarse a los cambios es un claro síntoma de inteligencia; sin embargo, cuando la propia cultura está denostada o abandonada a su suerte, acoger o asimilar las culturas foráneas acontece siempre en detrimento de la propia.
Canarias siempre ha tenido una larga tradición de respeto hacia los antepasados; por esta razón el día de los difuntos se festejaba en Canarias de forma especial. En ese día los familiares se reunían en medio del fuego y comían castañas y frutos secos o las frutas de la época, y se bebía y se recordaba a los que ya no estaban. El día de los difuntos, o como lo llaman en Gran Canaria, el día de “los finaos” tal como nos lo cuentan nuestros mayores, no fue otra cosa que una ocasión más para reunirse en torno a la muerte y festejar con la familia y la comunidad el gozo de estar vivo.
El respeto debido a los difuntos y la ayuda prestada por el anís y el vino ponían el resto. Los más pequeños de la familia acudían a los vecinos preguntando si había santos en las casas y les pedían frutos secos o las viandas propias del lugar. Era una celebración alegre, a pesar del motivo, y así la recuerdan los mayores. No obstante, nada de esto queda ya; como es propio también de nuestra idiosincrasia, despreciamos lo nuestro y nos acogemos alegremente a lo ajeno.
Así, vemos como ahora lo que se festeja es el Halloween, esa fiesta grotesca donde no sólo los niños sino incluso los mayores se visten de disfraces más propios del carnaval y donde se comercializa con el miedo y la muerte.
Y en esto estamos. A pesar de esto, algunos docentes creemos en la necesidad de velar porque nuestras tradiciones se conserven, aún a costa de luchar contra la invasión bárbara y el consumismo que trae aparejado. Nos vemos en la necesidad de contarle a los estudiantes cómo se celebraba antes este día y el porqué todavía hoy sus padres y mayores acuden al cementerio a enramar las tumbas de nuestros difuntos. Este acto, recordarlos de alguna manera, limpiando y engalanando de flores el lugar donde reposan sus huesos, es una manera de mostrar el amor y el respeto que le hemos tenido en vida al difunto y que no desaparece con la muerte. Lo demás, el Halloween o el carnaval en que han querido convertir este día con el culto grotesco al miedo, es otra cosa. La muerte no ha de dar miedo, es un proceso natural al que todos llegamos, lo que realmente da miedo es la ignorancia y el atrevimiento de los vivos.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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