Los vecinos llevaban años escuchando voces en tono exageradamente alto, agresivas. En la casa de la que salía el constante griterío entraban y salían tres hombres de unos 50 años que visitaban a una mujer de unos 90. Nadie recuerda haberla escuchado hablar jamás pero sabían que vivía allí porque alguna que otra vez la señora saludaba con la mano, de balcón a balcón.
Es más: habían vecinos que interpretaban el tono de las voces de los tres hombres, sus hijos, como una falta de respeto y lo escuchaban todo con preocupación. Se dirigían a la anciana a puro grito. Por ejemplo, gritos para tomar la medicación, gritos para salir de paseo, gritos para contarle un acontecimiento familiar, gritos para saber qué le apetecía comer, gritos para ver tv. Gritos para todos. Como entenderán la vecindad conocía la vida de la casa al detalle de tal forma que cuando sonaba algún ruido extraño las vecinas se asomaban a las ventanas para comprobar que no había pasado nada, que eso formaba parte de su manera de vivir. Se levantaban temprano, seis o siete de la mañana, y comenzaba el griterío. La vecindad se protegía cerrando las ventanas porque las insinuaciones de respeto a la convivencia no la entendieron nunca aquellos brutos. Tenían la suerte de que en el edificio de cuatro pisos en que habitaban eran los únicos inquilinos de manera que la escandalera diaria era para los vecinos de la calle, nada más.
De vez en cuando la mujer bajaba las escaleras y menuda y ágil se iba a estirar las piernas. No saludaba a nadie. Siempre la acompañaba un hijo que se encargaba de dirigir sus pasos a voz en grito. Cruza mamá, no cruces mamá, párate mamá etc., Dice la vecindad que en Navidad se ponía en el balcón y desde allí miraba los fuegos que despiden el año. Los veía. Un día un vecino del edificio colindante quiso desterrar de su consciencia la posibilidad de que en esa casa de griteríos estuvieran maltratando a una mujer y abordó a uno de los hijos. Primero le recriminó la imposibilidad de vivir en medio de aquel vocerío y luego, directamente, quiso saber si la anciana podía vivir en ese estado de crispación.
Sorpresa. “Mire, desde que éramos jovencitos mamá está sorda, no se entera de nada. Quisimos ponerle un audífono pero tenía miedo. Por eso gritamos, pero es feliz, de verdad”.
Ella, claro. Los vecinos están hasta la coronilla.
Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.


























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.122