Es evidente la crítica coyuntura en la que se encuentra nuestro País ante la cual habrá que adoptar una postura que permita salir de ella con fortaleza, con más unión y con mejor preparación para encarar con esperanza el futuro. Para lograrlo, no sólo se requiere de la capacidad política de tomar decisiones acertadas, sino también de un carácter y espíritu adecuado.
Se debe tener la voluntad, determinación y confianza necesarias para no caer en el desánimo ante los problemas tan complejos que están por resolver. Unos problemas propios de una democracia avanzada integrada en el corazón de Europa y, además, abierta al mundo y con dificultades que también son padecidas por nuestros socios y vecinos.
Graves pueden parecer algunos de esos problemas, pero nuestro País tiene una sociedad aglutinada en torno a los valores democráticos que ha impedido hasta ahora movimientos xenófobos y tiene también unos ciudadanos que pueden sentirse orgullosos respecto a los avances logrados en materia de derechos individuales y libertades personales a pesar de que ciertos grupos políticos piensan que hay que tirar todo abajo para construir una sociedad a la medida de sus intereses.
Tenemos, así mismo, una cultura, lengua y forma de vida abierta que atrae a millones de personas y nos proyecta a nivel mundial; así como un amplísimo consenso de que hay que contar con un Estado que redistribuya riqueza y oportunidades y garantice la universalidad de los sistemas sanitarios, educativos y de pensiones. Esta es una excelente base desde la que trabajar para el futuro. Un futuro que actualmente está condicionado por el hito de llevar casi un año sin Gobierno, lo que supone el aplazamiento, y agravamiento de todos los problemas que debemos resolver y cuyas soluciones no pueden esperar más.
A lo largo de estos días sin Gobierno se ha ocupado el tiempo en conversaciones altamente emocionales y a veces violentas que han impedido cualquier tipo de discusión racional. Convendría tenerse en cuenta que la situación que estamos sufriendo no es tanto una consecuencia del desbordamiento de las pasiones en el calor del debate, sino de una estrategia deliberada que pretende impedir que tengamos la conversación que necesitamos y, además, intimidar y atemorizar a los que opinan de forma distinta.
A los ciudadanos se les ha privado del debate que necesitan porque se ha estado haciendo una división entre patriotas y traidores e intentando hacer ver la maldad del contrario. Convendría al respecto recordar que España no es un régimen sostenido por unos pocos en detrimento de los derechos de otros muchos, sino una democracia representativa dotada de un Estado social y de derecho y de un marco de libertades y derechos tan amplio como homologado con los más avanzados países del mundo en el que ni hay ciudadanos de segunda categoría ni privación de derechos a ninguna minoría ni identidad.
Presentar a una nación en decadencia que tiene que ser rescatada por algún salvador es la estrategia típica del populismo, de derechas o de izquierdas, y que siempre acaba desencadenando graves consecuencias. Por ello, hay que reivindicar la reconstrucción de un espacio común donde se intercambien y negocien razones, ideas y soluciones que nos ayuden a encontrar la salida de esta crisis. Esas soluciones existen pero hay que aplicar el carácter y el espíritu adecuados.
Segismundo Uriarte Domínguez es maestro y técnico de Radiodifusión.


























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