Dicen que mal de muchos, consuelo de tontos. Pero habiéndose puesto en evidencia objetivamente y sin discusión posible la generalizada idiotificación del país, ya no queda otra que recurrir al consuelo universal para no morirnos de asco, de vergüenza.
La parte más poderosa de la élite socialista trabajó sin descanso durante dos años para ir eliminando a un Secretario General elegido por la militancia. Se había presentado al Congreso con un proyecto socialdemócrata, y en la Europa del siglo XXI, la socialdemocracia es la herejía a erradicar.
Los llamados barones se pusieron a ello ahogando las campañas electorales de Pedro Sánchez con comentarios escandalosos contra su propio candidato que conseguían los mejores tiempos y las mejores páginas en todos los medios. Estaba tan bien organizada la propaganda para convencer a los votantes de que el PSOE era un partido inestable, sin proyecto, que los emergentes consiguieron arrebatarle millones de votos.
A lo que la élite del aparato del PSOE reaccionó con alborozo. Pedro Sánchez consiguió consecutivamente los peores resultados de la historia del PSOE, repetían los barones como discos rallados con el entusiasmo de forofos celebrando una copa. Y llegaron las elecciones gallegas y con ellas, más de lo mismo usando de altavoz a un alcalde del PSOE de toda la vida con largo palmarés de mayoría absolutas; y más de lo mismo en Euskadi, repitiendo a todo decibelio que de autodeterminación, nada, y de federalismo tampoco porque no se sabe lo que es, y tampoco de diálogo porque no hay nada de qué hablar. En fin, que los pesos pesados del PSOE, orientados por las vacas sagradas, hicieron al PP y a Podemos unas campañas tan eficaces que si Pedro Sánchez no se derrumbó con todo su equipo, fue gracias a una militancia que entendió su proyecto y se esforzó por difundirlo. Pedro Sánchez no obtuvo los peores resultados; los obtuvieron quienes hicieron campaña contra él, incluyendo, por supuesto a los de la élite socialista. Los votos que logró Pedro Sánchez, y fueron millones, sí los logró él a pesar de todos.
El miércoles 28 de septiembre diecisiete pesos pesados dieron un golpe en la Comisión Ejecutiva para cargarse a Sánchez por las malas, ya que por las buenas era imposible. El sábado 1 de octubre remataron su trabajo logrando la defenestración de Sánchez en el Comité Federal. ¿A qué tanta prisa? Tenía prisa Rajoy por seguir con la política de recortes y la reestructuración del país que impone la Unión Europea. ¿Qué es eso? Hacer de España un bastión del neoliberalismo donde empresarios y financieros se sientan tan a gusto invirtiendo como en Tailandia o en Bangladesh, por ejemplo. La firmeza de Pedro Sánchez con su NO es NO le estaba haciendo ganar puntos entre el electorado a pesar de la propaganda en contra de propios y extraños. Había que detenerle antes de que consiguiera inocular la esperanza socialdemócrata entre los votantes. Entonces, ¿los pesos pesados del PSOE dieron el golpe por complacer a Rajoy y beneficiar al PP? Calumnia infame e irresponsable, dicen. El PSOE no se ha derechizado, protestan. No hay buenos ni malos, sentencian.
Nos quieren vender como sea que los barones del PSOE echaron a Sánchez por sentido de la responsabilidad, por el bien de España y de sus ciudadanos. Vale. ¿Y por esos propósitos tan elevados se pasaron dos años tratando de hundir a su propio partido hasta que, hartos de esperar a que Sánchez se largara por extenuación, montaron un espectáculo para que no le cupiera duda a nadie de que el PSOE está dividido, descabezado y ya no sirve para otra cosa que para colaborar con el PP y con los amos de las grandes finanzas que mandan al PP? Hasta el más idiotizado de los idiotas de este país se ha dado perfecta cuenta de la jugada.
Ya nos pueden decir misa; la mayoría dirá amén porque ya no sabe qué decir, pero ya no se cree ni el Padrenuestro. Claro que a las grandes fortunas y grandes políticos de este país les importa un bledo que les crean o no. Una vez se me ocurrió defender las bondades de la ética ante un multimillonario de dudosa reputación. Me contestó con loable sinceridad que quienes decían de él que era un hijo de puta tenían toda la razón, pero que el hecho indiscutible era que él estaba forrado, mientras que sus detractores no tenían dónde caerse muertos.
O sea, que el pragmatismo ha logrado imponerse como doctrina, ideología, norma única de comportamiento, barriendo abstracciones como la ética, la moral, la justicia y todo el etcétera de principios, valores e ideales que no se comen.
¿Cómo consiguieron los políticos que la sociedad española llegara a tal grado de degeneración? Empezando hace cinco años por una paulatina demolición de todas las instituciones. El PP utilizó su mayoría absoluta para demostrar a los españoles que no podían confiar en ninguno de los poderes del país, ni oficiales ni fácticos. En noviembre de 2014 escribí un artículo advirtiéndolo. Dejo aquí el enlace por si a alguien le interesa recordar el origen de la descomposición moral de los españoles que, gracias a la colaboración de los golpistas del PSOE, ahora está a punto de consumarse. Objetivo demolición. El artículo, por cierto, no tuvo demasiado éxito. Los que más éxito tienen son los que en el título prometen satisfacer el morbo con la versión política de un programa del corazón. Los españoles siguen premiando el entretenimiento y castigando a todo lo que les suene a bodrio. Ya que todos tienen que morirse, más vale morir contentos, se debe decir esa mayoría que ha permitido con su desinterés que en los últimos cinco años los políticos, con el mazo en la mano, nos arrastraran por los pelos a las cavernas franquistas.
Pues bien, ya casi estamos llegando. El PP hizo un trabajo impecable de demolición y las vacas sagradas del PSOE, con sus vidas muy bien financiadas por el Gran Capital, acabaron por amputar el miembro del partido afectado por la socialdemocracia para evitar que la gangrena se pudiera extender. De democracia aún queda algo, aunque más estético que otra cosa. Nos harán creer que legislan en nuestro nombre porque les votamos. Nos dejarán volver a votar, pero no sin antes someternos a la pedagogía de la propaganda hasta asegurarse de que estamos lo suficientemente idiotizados como para votar lo que quieran los más poderosos. Siempre quedarán rebeldes, revolucionarios que no acepten que los disuelvan en la masa. A esos les queda votar por un partido al que ya no le da ni vergüenza reconocerse como populista, o manifestarse en las redes, o salir a la calle en grupos organizados para exigir los derechos de las personas sin interferencias de ningún partido.
En fin, socialistas, no lloréis por un secretario general defenestrado, ni siquiera por el partido de vuestros amores. Llorad por vuestro país, por vuestros hijos y por los nietos que ni siquiera sabrán cómo era la España de ilusión y de esperanza de progreso en la que habitaban seres humanos dispuestos a esforzarse para vivir mejor. Llorad por lo que hicisteis y por lo que dejasteis de hacer para que España volviera a la época en la que los derechos y las libertades solo importaban a quienes no los tenían; la época en que la injusticia sublevó a personas como Pablo Iglesias Posse empujándole a luchar por la justicia social. Llorad por vosotros mismos, por todos nosotros.
María Mir-Rocafort es analista sociopolítico y columnista.


























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