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Blanco sobre negro

Dojeda Lunes, 26 de Septiembre de 2016 Tiempo de lectura:

La pasada semana los medios de comunicación publicaban la noticia de la muerte de un niño negro en Ohio por disparos de un policía blanco. El menor de 13 años, llevaba encima una pistola de balines que son muy populares a falta de acceder a un arma de fuego en un país que tiene como norma la tenencia de armas, ya sea un AK o un lanzamisiles.
 
No es nada extraordinario- y esto es lo inmoral e indigno- que muera un negro a manos de policías blancos, que según todos los indicios y las investigaciones sobre la muerte de ciudadanos negros, son estos los que caen víctimas de disparos en una proporción mayor que de blancos.
 
La comunidad afroamericana de Estados Unidos nunca ha sido respetada, ni cuidada, ni atendida como se merece todo nativo o ciudadano de Norteamérica. Nativos porque algunos llegaron aherrojados a las costas del continente antes que muchos de los que se dicen nativos, sin contar por supuesto a los indios que malviven en reservas, custodiando con muchas dificultades sus tradiciones y su manera de relacionarse con la naturaleza. Los africanos, pueblos enteros, llegaron para emplearlos como bestias de carga, como objetos sexuales o como espaldas para aguantar las frustraciones de los hacendados blancos que utilizaban –y utilizan- el látigo para recrearse entre sus pares.
 
Aun se está lejos de los sucesos de los años sesenta, cuando los Ángeles ardió con miles de negros en las calles y las prédicas de los defensores de los derechos civiles -¿humanos?- de los negros. Pero hace un par de años, 2014, marcó un punto de no retorno con los sucesos de Ferguson, en Missuri, cuando otro joven fue tiroteado y muerto estando desarmado. Desde ese momento han muerto otros muchos por las mismas causas: porque sí.
 
Millones de seres humanos fueron arrancados de su tierra con una violencia tan terrible que muchos no llegaron a ver las costas de su nueva prisión. Desde que se tiene noticia de las razzias en el continente africano hace más de mil años, musulmanes por el Índico, cristianos por el Atlántico, fueron aniquilando pueblos, en algunos casos a cientos de kilómetros de las costas, de las que huían los perseguidos buscando las selvas profundas o los altos mas escabrosos.
 
La palabra genocidio, en la segunda mitad del siglo XX, fue repetida hasta la saciedad en todos los documentos oficiales que aludían a las guerras de exterminio que se desataron en Europa hasta la década de los noventa y en África alcanzaron los primeros años del siglo XXI. Algunos de los que planificaron y participaron de estos exterminios fueron juzgados y condenados por tribunales internacionales, pero el odio sigue latente.
 
No ha habido pueblos, etnias, tribus, naciones, que hayan sufrido más y por más tiempo el abuso del poder blanco que los negros. Y seguimos en una especie de somnolencia intelectual con respecto a este gran problema humano. ¿O es qué acaso estas muertes negras por los siglos de los siglos no son universalizables? La comunidad internacional debería implicarse de una manera más activa en estos asuntos, porque así lo han hecho con otros problemas y en otras regiones, con la injerencia en sus cuestiones políticas. Como seres humanos nos corresponde responsabilizarnos aunque sea mínimo nuestro esfuerzo.
 
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.
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