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Otra vez Zapatero

Cojeda1 Domingo, 04 de Septiembre de 2016 Tiempo de lectura:

Zapatero es un hombre honesto. Esto es indiscutible. Zapatero se presentó a las elecciones de 2004 creyendo que podría cumplir un programa electoral profundamente socialdemócrata que prometía reconocimiento y ampliación de  libertades y derechos y medidas sociales orientadas a conseguir una sociedad más igual, más solidaria. Lo cumplió desde el primero hasta el último día de la legislatura.

 

Esto se tiene que reconocer, y si la ignorancia y el fanatismo impiden hoy que se lo  agradezca   la mayoría, entre ella muchísimos que se beneficiaron con sus medidas, ya se lo reconocerá la historia, sin ninguna duda.

 

En 2008, Zapatero se encontró con una crisis mundial que superó en gravedad a la de 1929. No supo reaccionar. El pánico a ver a su país intervenido le llevó a suicidarse políticamente y a hundir a su partido. Jamás político alguno en España, y hasta me atrevo a decir en el mundo, si me apuran, había llegado a tal grado de sacrificio personal. Pocos comprendieron las motivaciones de tal sacrificio y pocos se lo perdonaron.  El PSOE aun está pagando las consecuencias de una gestión de la crisis que fue mala, aunque nadie le puede negar la buena intención.

 

Zapatero parece seguir sufriendo de un miedo patológico a los poderes fácticos, como si ese temor se le hubiera vuelto crónico. Como en su segunda legislatura, se ha atrincherado en la prudencia como si fuera el único  modo de seguir viviendo con su miedo a cuestas. Mientras Felipe González parece haber sucumbido al viejo recurso de que si no puedes vencerles, únete a ellos, Zapatero intenta seguir siendo fiel a sus principios, aunque el miedo se los difumina y a la prudencia le impide defenderlos.

 

Hoy, Zapatero le da una cierta ayuda a Maduro porque es de izquierdas, sin querer aceptar que su régimen es de populismo fascista, que ha destruido a Venezuela y que ha declarado una lucha sin cuartel contra la democracia. Hoy, Zapatero le da consejos no pedidos a Pedro Sánchez que, de ser aceptados, podrían hundir al PSOE aun más en la ignominia; consejos envueltos en una prudencia que no les vale como camuflaje ante unos políticos y una prensa dispuestos a magnificar  cualquier disidencia contra la postura de Sánchez.

 

Como ante el vertido de opiniones públicamente de Felipe González, uno no puede dejar de preguntarse qué empuja a Zapatero a hacer lo mismo a sabiendas de estar introduciendo una polémica que afecta negativamente al secretario general de su partido y a su partido mismo; una polémica que solo puede hacer daño al PSOE y beneficiar al Partido Popular. ¿Se encuentran ambos bajo la amenaza de los poderes fácticos y, cada cual de mejor o peor gana, hace lo que explícita o implícitamente le mandan? La respuesta solo permite una opinión, ya que a ciencia cierta es probable que no podamos descubrirla jamás.

 

En este momento, lo que importa es que Pedro Sánchez sigue defendiendo sus principios con una firmeza y un valor épicos,  sostenido por una militancia y unos votantes que han recuperado la dignidad y el orgullo.  Ante semejante tropa tras semejante capitán, la voz de antiguas glorias se pierde en la niebla gris de un pasado de película.

 

María Mir-Rocafort es articulista y escritora.

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