Hace unos días que el pragmatismo apareció en escena, cínico, brutal, y empezó a pegarnos bofetadas, de esas que un padre bruto, pero bueno en el fondo, pegaba en otra época a los hijos para prepararles a resistir la brutalidad del mundo. Apareció disfrazado de nombres sonoros, de los que no se pueden ignorar. Y empezó a hablar con voces tan investidas de superioridad, que en este país no hay mortal que pueda fingir no escucharlas.
Primero fueron las voces de ex ministros de otra época. Resonaron, pero con el eco de los cementerios tras el ocaso. Son voces que ya no tienen nada que ver con los afanes cotidianos de quienes sobreviven en sus barrios, lejos de Europa, muy lejos de esos salones de conferencias que salen en los telediarios, llenos de viejos bien vestidos a quienes ya nada sienta bien, ni las sonrisas ni las risas estentóreas que les deforman la cara más aún que su decrepitud. Tras ellas, la voz del Gran Anciano, del artífice que convirtió la España de los extremos en medio laica, medio moderna, medio americana, medio europea –no pudo pasar del medio porque el pragmatismo se lo impidió. Convencido de su autoridad suprema por haber superado las fronteras de España, siempre casi africana y algo palurda, para ocupar un sitio vip entre la élite internacional, Felipe González habló como último recurso para infundir pragmatismo en el obtuso y terco cerebro de los españoles; y su voz conmocionó, sobre todo a quienes le tenían por salvador de la patria por la izquierda.
El 7 de julio del año en curso, Felipe González escribió un artículo en El País que el diario resumió con las siguientes frases: “El Partido Socialista debe aceptar el diálogo que le ofrece el candidato del PP, aun dejando claro que no tiene intención de integrarse en una coalición. Y las fuerzas políticas que no pueden formar Gobierno no deben obstaculizar su constitución”.
El resto del artículo sobra de principio a fin porque, sorprendentemente, no contiene ni una palabra ni una reflexión que los analistas de prensa escrita, de radio y televisión no hubieran repetido ad nauseam desde el 27 de junio; ni una palabra ni una reflexión que no se le hubiera ocurrido ya a un español pensante, que aunque parezca mentira, haberlos, los hay. Ya cerca del final, González sugiere que por fin va a revelar algún secreto de su mente. Dice: “Los ciudadanos podrán entender que, a estas alturas de mi vida, se haya reafirmado en mi pensamiento…” El pulso del lector se acelera esperando la revelación. Pero González sigue: “la prioridad de los intereses generales de España y sus ciudadanos sobre cualquier otra. Y es precisamente esto lo que me lleva a pensar que el Partido Socialista ni puede ni debe entrar en coalición con el PP”.
¿Pero es que se le había ocurrido a algún dirigente socialista la posibilidad de tal coalición? ¿Era necesario que Felipe González nos atrajera con el engaño de permitirnos echar un vistazo al hermético contenido de su mente, para acabar revelándonos, como cualquier charlatán de feria, que un plato es un plato? Es decir, que el artículo es de una presunción que irrita y una mediocridad que abruma. Tras un primer párrafo que da vergüenza ajena por recurrir a la resobadísima metáfora de “crónica de una muerte anunciada” que, en un día aciago de hace muchos años, un plumífero le pilló a García Márquez queriendo dar más empaque a la sencilla frase de “como se esperaba”, Felipe González utiliza su nombre para dar lustre a una serie de reflexiones cuya repetición en bucle por todos los comentaristas ya había convertido en lo más común de los lugares comunes. ¿Qué tenía, pues, ese artículo de particular para que de él se hicieran eco todos los medios de este país y algunos del extranjero? Obviamente, la firma y el estar escrito en primera persona por alguien convencido de gozar en España, y hasta en Europa, del mismo predicamento que la reina de Inglaterra en Inglaterra; convicción que no se aleja mucho de la realidad.
Como si todos los medios de comunicación hubieran estado preparados para lanzar a los siete vientos, con amplificadores a tope, las palabras de González, todos los comentaristas empezaron a comentarlas momentos antes de su publicación. Algunos sonaban como la sirena que anuncia un bombardeo; otros como amanuenses de un comunicado histórico. En un momento de emergencia nacional, ante la imperiosa necesidad de desatascar el sumidero por el que discurren las aguas residuales de la política española, antes de que sus efluvios y el tufo a podrido nos enfermen a todos, Felipe González iba a enviarnos, desde el Valhalla en el que habita en compañía de los héroes de las finanzas y de los políticos amigos de los héroes de las finanzas, un mensaje rotundo con las instrucciones precisas para que Pedro Sánchez y el PSOE supieran lo que tenían que hacer.
La envergadura de la operación propagandística, empezando por crear expectación, hacía sospechar que la intervención de González se había acordado en un gabinete de crisis. Su futilidad nos recordaría poco después a aquel gabinete de crisis inolvidablemente histórico en el que el presidente Aznar y cinco ministros decidieron que el ejército asaltara a los seis soldados que ocupaban el islote de Perejil. Porque a pesar de todos los esfuerzos de la propaganda por anunciar la declaración de González con fanfarria y concluirla con los rotundos acordes wagnerianos que anuncian el fin de la batalla del fin del mundo, su efecto no tardó en ser el mismo que había producido el ampuloso informe de Trillo sobre la épica gesta que devolviera Perejil al dominio de España. A pesar de todos los esfuerzos de los medios y contra todo pronóstico, las palabras de González cayeron, junto al discurso de Trillo, en el infamante foso del ridículo.
No merecían mejor destino. Primero, por la dejadez en el redactado del artículo que hace sospechar la intervención de algún escribidor interpuesto. Segundo, por la soberbia de González de creer que su fama y autoridad aún tendrían el mismo peso veinte años después de haber desaparecido de la política cotidiana. Tercero, por ignorar que el vapuleo sufrido por el PSOE desde el desencadenamiento de la crisis y, particularmente y más bestia, por Sánchez desde su elección como candidato a la presidencia del gobierno, en vez de debilitar al partido y a su secretario general, les habían curtido, endurecido, fortalecido; madurado al punto de empujarles a tomar sus propias decisiones y hacerse responsables de ellas sin depender de consejos paternales. Pedro Sánchez, en nombre del PSOE, dio las gracias a Felipe González por sus consejos y le recordó que la decisión oficial de la Ejecutiva socialista era votar que no a la investidura de Rajoy.
Puede que González se quedara, tras la respuesta, con el mismo estupor que demudó los semblantes de sus incondicionales tras enterarse de su apoyo a un nuevo gobierno del Partido Popular. ¿Qué le ha pasado al PSOE que ya no me escucha? se pregunta González. ¿Qué le ha pasado a Felipe? se pregunta el socialista de toda la vida cayendo en cuenta de que su ídolo es un simple mortal.
A Felipe le pasó que, en cuanto se vio en la Moncloa, comprendió el significado del posibilismo y se desprendió de todo vestigio de integrismo ideológico para aplicarse a la tarea de modernizar una sociedad deshecha por cuarenta años de dictadura de los privilegiados, dotándola de un bienestar legislado por un estado garante de la cohesión social. Y la modernizó.
A Felipe le pasó que cuando dos histéricos obsesionados por su ambición empezaron a hacerle blanco de sus ataques para deribarle a toda costa, prefirió alejarse de una España cuya atmósfera volvían a contaminar los aires rancios de la derecha inflexible y de la izquierda intransigente, la España que querían Aznar y Anguita. Y se dedicó a viajar para consolidar en el extranjero la imagen de la España moderna que había superado la transición.
A Felipe le pasó que, consciente de que el capitalismo no se podía derrotar en un mundo entregado al dogma de que sin capital no hay bienestar, dedicó sus últimos esfuerzos como gobernante a paliar los efectos inhumanos del neoliberalismo hasta donde fuera posible. Pero tuvo que recortar, que liberalizar, tuvo que plegarse para evitar que la marea negra ahogara cuanto se había conseguido hasta entonces, consiguiendo con ello la más rotunda y universal incomprensión.
Y puede que, a partir de entonces, harto de las miserias de una política empeñada en devolver España a su condición de miserable, decidiera dedicar el resto de su vida a ejercer el derecho a vivir como le diera la gana.
¿Cómo se le ocurrió entonces meterse de repente en la gallera para comprometer a su partido lanzandole por vía pública un consejo contrario al parecer de su ejecutiva y de la mayoría de sus militantes, simpatizantes y votantes? Tal vez porque alguien muy significativo le pidió que interviniera a ver si Rajoy salía de sus vacaciones en funciones de una puñetera vez y se ponía a cumplir los compromisos contraídos con Bruselas. Tal vez porque le pareció que una sociedad que aceptaba sin apenas protestas que unos estúpidos populistas, muy sonrientes y cariñosos ellos, resumieran la ingente tarea de sus cuatro legislaturas con el asunto de los GAL y su cal viva, no merecía mucho esfuerzo. ¿A quién, viéndose vilipendiado y difamado en las redes sociales y en cierta prensa, no le entran ganas de encogerse de hombros y pronunciar un olímpico “que les den”?
Sólo Felipe sabe lo que le ha pasado a Felipe y con la conciencia de Felipe lo tendrá que resolver. Lo más razonable en estos momentos es que todos los seres pensantes de este país se pregunten qué nos ha pasado a nosotros, para averiguar si aún podemos retroceder a aquellos tiempos en que cada día era un paso hacia el progreso, hacia la mayor confianza en nosotros mismos, hacia un nuevo motivo de orgullo suministrado por nuestros esfuerzos.
Mientras tanto, empieza a ser noticia la firmeza de Pedro Sánchez y su ejecutiva. El PSOE demuestra su renovación y se gana el respeto de quienes le observan con objetividad sin dejarse manipular por la prensa. Mientras tanto, aún podemos albergar esperanzas.
María Mir-Rocafort es columnista y escritora.

























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