Siete. Siete muertos. Como siete islas. Siete islas teñidas de muerte. Pero no veo ninguna asta, ninguna bandera, ningún grito alzado. Siete muertos, por ahora, las víctimas del derrumbe del edificio en la localidad turística de los Cristianos, en Tenerife. El edificio construido en los años setenta pero del que no hay expediente de urbanismo hasta el dos mil, es un ejemplo más de cómo se ha fabricado en Canarias de forma temeraria y desproporcionada con la justificación de la industria turística.
No son pocos los hoteles e inmuebles que existen en estas condiciones en las zonas turísticas de Canarias donde acampan viejos inmuebles nacidos al albur del boom turístico, sobreexplotados y sin las mínimas garantías de habitabilidad, para recibir y acoger al turista o residente.
El aprovechamiento hasta límites legales del suelo en Canarias para el desarrollo turístico no es más que otro dislate de los que asistimos a diarios, así sabemos de la lucha entre grandes empresarios (como el Santana Cazorla y el alemán Kiessling, dueño de Palmitos Park en Tenerife por apropiarse del Veril en Gran Canaria) o comprobar cómo la concejalía de urbanismo es la más codiciada en los ayuntamientos o simplemente analizar cómo los mayores casos de corrupción en las islas tienen que ver con cuestiones relativas al suelo.
Los canarios llevamos años viendo impertérritos la construcción de hoteles ilegales (como “el Volcán” en Playa Blanca, Lanzarote donde veranea el ex ministro Soria, propiedad de Martinon, otro empresario aparecido en los papeles de Panamá) o vemos desparecer montañas bajos los apartamentos turísticos esparcidos en ellas como celdas de un panal, urbanizaciones a orillas de la playa, suelo protegido y espacios naturales abandonados para luego ser debidamente urbanizados, y largo etcétera.
La urbanización constante en las islas ha sido la gallina de los huevos de oro que políticos y empresarios han exprimido hasta los límites de la cordura en nuestro territorio. La codicia avalada por la industria del turismo, que no redunda en absoluto en los propios canarios, si no observen la miseria y el paro que nos abruman es habitual aquí.
Esto es Canarias. Este funesto derrumbamiento no ha sido sino la desgraciada constatación de lo que lleva sucediendo aquí desde hace mucho tiempo: la expoliación del terreno a los isleños con fines turísticos, la construcción delirante, caótica y sin ley.
Ahora le toca a Tindaya, quieren derribar la montaña sagrada de Fuerteventura, que guarda aún la huella aborigen con su yacimiento rupestre integrado, quieren vaciarla y hacer un cubículo en su interior con fines turísticos y con el visto bueno de las autoridades. Pero no con el del pueblo, no con su consentimiento, la montaña ya es en sí misma un monumento natural sin necesidad de ser tocado. Las voces comienzan a alzarse cada vez más fuerte, Tindaya no se toca, nuestra identidad tampoco.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

























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