Llevamos demasiado tiempo enfrascados en un ambiente tedioso y anodino, expectantes por saber si nuestros representantes públicos se deciden de una vez por todas a formar gobierno, después de las ya lejanas elecciones del pasado 20 de diciembre, o si desgraciadamente tendremos que acudir de nuevo a las urnas para expresar nuestra voluntad política.
Por más que uno siempre haya preconizado la necesidad de un mayor pronunciamiento colectivo en los asuntos que nos incumben (más votaciones, más iniciativas populares, más referéndums, más decisiones en común), la repetición en este caso de los comicios generales sería, sin duda, un fracaso del sistema democrático que poseemos, ante la incapacidad manifiesta de los partidos por saber y querer leer adecuadamente los resultados obtenidos.
La premisa fundamental de aquella noche electoral fue la de encarar unas negociaciones que acabaran con un acuerdo de gobernabilidad, un pacto histórico entre varias agrupaciones, que permitiera afrontar una legislatura fundamental para el desarrollo del país, después de la tormenta financiera, económica y social que nos ha atizado, cuando ya habíamos tocado fondo y necesitábamos empezar a resurgir del marasmo. Sin embargo, a día de hoy estamos convencidos de que esas mismas fuerzas políticas han sido incapaces de afrontar el paso por el laberinto que se les planteaba, ancladas en pequeñeces y dilaciones, con una denotada visión cortoplacista y de bajos vuelos. Era y es el momento de una política valiente, inaudita por estos lares, y por eso mismo tan interesante y motivadora, pero a todas luces habíamos albergado demasiadas esperanzas en unos actores que no están siendo consecuentes con la urgencia de las circunstancias.
Así, Mariano Rajoy, al frente del partido legítimamente ganador de las votaciones, continua enrocándose en su habitual inoperancia, con ese estilo peculiar de afrontar las dificultades, en paralelo, sin ir de frente, dejando que las cosas se vayan resolviendo por sí solas. El esperpento de su declinación ante el encargo ofrecido por Felipe VI puso en evidencia su falta de capacidad para encontrar puntos de entendimiento con los contrincantes, en una clara señal de soledad y arrogancia desnortada. Aún le cuesta comprender que representa las viejas actitudes, la imagen benevolente ante la corrupción de su partido, el liderazgo sin carisma, la falta de empatía. Tal vez no hubiera mayor muestra de patriotismo ?ese que tanto defiende de boquilla? que cediendo su puesto a otros candidatos más actuales, que representen un conservadurismo más moderno, más limpio, menos caduco. ¿No hay nadie en el Partido Popular que piense que están perdiendo una maravillosa oportunidad para gobernar?
Por su parte, el PSOE, como fiel exponente de la crisis que padece la socialdemocracia europea, sin un ideario definido capaz de opositar a las tendencias neoliberales que defienden al mercado, está bailando en el delgado alambre del centro político, siguiendo la ambigüedad de aliarse con los que hasta ayer eran la nueva derecha, y que son insuficientes para lograr las mayorías parlamentarias necesarias. Por encima de las bases y de los afiliados, la presión ejercida por los barones regionales, con Susana Díaz a la cabeza de todas las planchas alternativas a Pedro Sánchez, está dejando sin sentido la denominación socialista del partido, puesto que en ningún momento se están promoviendo verdaderas medidas hacia la izquierda, salvo algunas de cariz cosmético.
No basta con liderar supuestamente un bloque heterogéneo contrario al PP, en una amalgama de siglas e ideologías, porque en la propia definición de dicho bloque ?ir a la contra de? ya va implícita su débil naturaleza, propensa a múltiples resquebrajamientos. Se requiere valor para ejecutar en la práctica lo que se defiende en la teoría, y los socialistas españoles se han jactado toda la vida de ser de izquierdas, una izquierda que actualmente, si quiera o no, representa Podemos. Por tanto, parece plausible que hasta que no se rompa la animadversión hacia Pablo Iglesias y los suyos, asimilándolos casi con un pseudo-demonio, el PSOE no dejará de quemarse en su propia hoguera de vanidades.
Sin embargo, tampoco puede decirse que el partido morado esté fraguando un nuevo panorama político, acuciado por un doble déficit, tanto externo como interno. De cara a la ciudadanía, su propuesta de coalición gubernamental puso sobre la mesa varias reivindicaciones muy poco acordes con los requerimientos de emergencia social actuales, más preocupados por ocupar determinados cargos y carteras, que por vislumbrar políticas concretas en beneficio de los más desfavorecidos. Es cierto que para realizar dichas políticas se necesita un lugar institucional desde el que desarrollarlas, pero las primeras opciones no podían pasar por el Ministerio del Interior, o por el de Defensa, o en la Televisión Pública. Seguramente se hayan puesto demasiado en solfa las líneas rojas, las obligaciones y las cortapisas, las prohibiciones, las palabras altisonantes.
Por otra parte, también a nivel organizacional Podemos ha manifestado una bisoñez no exenta de rigidez, por cuanto que la mano de su máximo protagonista, Pablo Iglesias, se ha dejado sentir sin las suficientes garantías éticas, como demuestra la reciente destitución de Sergio Pascual, afín a Íñigo Errejón, abriéndose desde entonces una polémica que ha debilitado a la entidad de cara a los electores. Porque justamente el 15M que pretenden encarnar defendió el fin de los viejos procedimientos, en beneficio de un asamblearismo integrador, donde las decisiones se tomaran de abajo arriba, y no al revés. Ahora mismo resulta complicado distinguir entre viejos y nuevos partidos políticos, y en ello Podemos tiene su parte alícuota.
El papel de Ciudadanos, partido emergente pero con diez años de existencia, no deja de ser también problemático. Siendo la cuarta fuerza dentro del Congreso, lo que ya es de por sí meritorio, pretende forzar el ritmo de los acontecimientos, obligando a su nuevo socio de escena, el PSOE, a aceptar gran parte de su programa político, unido a una cruenta intransigencia hacia todo lo que huela a Podemos, resistiéndose siquiera a sentarse con estos para dialogar cualquier asunto. Al igual que los demás intervinientes en la cosa pública, está jugando un papel ambivalente de medias verdades, dejando entrever quizá su predilección hacia una confluencia con el Partido Popular, y yendo más allá de lo que significan en realidad sus cuarenta escaños. Lo valiente en su caso sería el aceptar su posición exacta en el espectro parlamentario, ni más ni menos, abandonando ese aire de indispensabilidad, de ?tour de force?
En última instancia, las encuestas reflejan que Izquierda Unida está recogiendo adeptos descontentos con esta situación de precariedad, provenientes mayoritariamente de los círculos de Podemos. Ello, empero, no puede hacernos olvidar el anquilosamiento que vive IU, con unas maneras y estructuras alejadas de la gente del siglo XXI, si descontamos la presencia casi juvenil de Alberto Garzón, que tiene que afrontar aún la modernización del partido. No basta con recibir a los enfadados o a los indecisos, sino que debiera buscar mecanismos de acercamiento y nuevas propuestas para el mejoramiento de los problemas que asolan al país, sin demagogias ni frases estereotipadas.
La probabilidad de unas próximas elecciones cada vez es más alta. Tenemos apenas un mes para comprobar si algunos de los políticos elegidos el 20 de diciembre pueden resarcirse de sus fantasmas y sacar adelante un pacto de gobierno. La cuestión a veces es más fácil de lo que parece: llevar a cabo una política valiente antes que la desidia cobarde de la pasividad. Tenemos los políticos que nos merecemos. Si finalmente presenciamos el fracaso, perentoriamente debamos mirarnos en el espejo de nuestra propia responsabilidad colectiva.
José Iván Rodríguez es licenciado en Geografía e Historia y ciudadano de Telde.


























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