Cuando está bien, cuando ordena su medicación, es un tipo agudo, reivindicativo y cariñoso. Te cuenta con precisión no solo su vida normalizada sino su extraviada conducta si se desordena, si olvida la medicación o si se rebela contra ella. Es alto, delgado, pelo negro y tiene 42 años. Hace tiempo que quiere contar en la radio lo que sabe de su diagnosticada esquizofrenia; dos o tres veces le he dado largas porque temo que eso le altere, le perjudique.
Me escribe sobre lo que conoce y experimenta con su enfermedad e incluso apunta lo que le gustaría decir el día que esté frente a un micrófono. Sé de sus malos días es decir, cuando no lava la loza, no pasa la aspiradora, pone la música alta y se levanta tarde. Su madre, que le riñe, sabe la ilusión radiofónica de su hijo y de ello hemos hablado. Tiene dos hijos pero a quien llamaremos José es su preocupación.
Su batalla diaria está en la mesilla de noche, la medicación. “Si fuera disciplinado con el tratamiento podría llevar una vida en paz; esa es nuestra lucha, la mía y la de las familias que vivimos lo mismo”. Un día me enfadé porque hablaba del suicidio y me asusté. Me impresionaba su ensoñación de la muerte y tras la reprimenda optó por comunicar poco. Hace tres meses volví a saber de él. Me escribió una carta sobre “las burbujas de mi cabeza”; me dijo que había conocido a una chica.
Tenía miedo de perderla y quería que la conociera. Una tarde merendamos los tres. Estaba ilusionado. No quería que conociera su diagnóstico y se mostró hablador, centrado. Lo felicité. Supe que desde que la conoce lleva la medicación en el bolsillo pequeño del vaquero y se la toma. Su paz depende solamente de él y lo sabe.
Qué difícil es la vida para José.
Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.


























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