Dedicado a las compañeras y campañeros, activistas y colaboradores, simpatizantes y socios del Colectivo Ecologista Turcón, en la celebración del cuarenta aniversario del Colectivo, agradeciéndoles y felicitándoles por su impagable labor y contribución en la defensa del medioambiente.
Siempre es importante conocer la identidad de la persona que defiende unas ideas, unos hechos, unas propuestas. Es esencial para contrastar datos y es importante porque de su valor testimonial, de su honestidad en el planteamiento y de su experiencia vital, gozará el texto que escribe, el mensaje que transmite, de mayor o menor credibilidad.
Mi caso es uno más de tantas personas comprometidas con su tiempo. Si algo he aportado es el esfuerzo y el trabajo por divulgar un pensamiento, una creencia: “el ser humano forma parte indeleble del ecosistema al que pertenece. Si daña su casa, que es la casa común de todos los seres vivos que la habitan, se daña a sí mismo”. No hay más.
Mi nombre es José Manuel Espiño Meilán. Me consta que, en mi entorno, el lugar y territorio donde vivo y puedo observar e interactuar, la antropización salvaje del mismo ha supuesto, sin lugar a dudas, una pérdida de biodiversidad. Hay menos mamíferos, menos aves, menos reptiles, menos anfibios, menos insectos. Tal hecho no necesita ratificación alguna por parte de la comunidad científica, constatar su veracidad está al alcance de cualquier persona que lo desee y que quiera prestar un poco de atención a aquello que le confirma su vista y su oído. Ahora, en este momento, me estoy refiriendo en exclusiva a los seres vivos del reino animal. Es así, se ven muchos menos ejemplares y el mundo sonoro de todos los ecosistemas se ha vuelto más pobre. Pero esta merma de la biomasa no es exclusiva del mundo animal, sino que va unida indefectiblemente a una importante pérdida de la cubierta vegetal. Ambas reducciones drásticas han llevado, de un modo irreversible, a una merma dramática del número de especies de ambos reinos, en resumen, a un preocupante empobrecimiento de su biodiversidad.
Este preámbulo es necesario para comprender el estado de los hechos que voy a relatar, en el municipio donde habito desde hace más de cuarenta años. Es posible que, en mayor o menor grado, la situación en aquella época en otros municipios isleños fuera similar, pero yo quiero dejar constancia de lo vivido en un territorio municipal, al cual, tras cuatro décadas de avances y mejoras, aún le queda muchísimo camino por recorrer.
A comienzos de los años ochenta del pasado siglo, el panorama medioambiental y arqueológico en Telde era el siguiente: las aguas fecales discurrían libremente por los barrancos de Jinámar, Hoya del Pozo y Ojos de Garza, las playas de su litoral se encontraban a expensas de los expoliadores de arena: playa de Jinámar, playa de La Condesa, los Arenales de Tufia y Ojos de Garza eran las zonas más afectadas-. Los yacimientos arqueológicos estaban prácticamente abandonados, en unos había presencia de ganado: Cuatro Puertas, montaña Las Huesas, las cuevas de Morro Calasio, barranco de Silva y El barranco del Draguillo... Eran las cuevas el redil donde pernoctaban las cabras y por lógica, sus excrementos alcanzaban, en algunas de ellas, varios centímetros de espesor, eran las cuevas los lugares elegidos por desaprensivos que no conocían su valor histórico y antropológico para realizar sus asaderos, pernoctar o dejar sus basuras en ellas. En otros, con nocturnidad y alevosía, las palas mecánicas arrasaban parte del yacimiento. Sucedía tal agresión en el enclave arqueológico de La Restinga y algo semejante sucedía en el poblado existente tras las salinas en la Puntas de la Mareta y en el yacimiento arqueológico de La Estrella en la Garita.
Las razones para estos desmanes eran variopintas, en unos casos las cuevas no tenían al parecer más valor que el servir de lugares donde guardar, ordeñar el ganado y disfrutarlas con asaderos, en otros tratar de buscar la forma de extraer la arena de costa que se escondía bajo sus estructuras habitacionales con el objetivo claro de su comercialización, y en otros tantos para, una vez desaparecidos los vestigios que imposibilitaban la dedicación del suelo ocupado por los yacimientos a otros usos, desarrollar planes urbanísticos en la zona sin impedimento alguno. Así, sin más.
En aquellos años, proliferaban en las playas y los riscos costeros verdaderos núcleos de viviendas nacidos al amparo de la falta de vigilancia y la connivencia soterrada de las autoridades del momento. Casas y chabolas con sus callejones estrechos y tuberías de aguas fecales enterradas bajo la arena y alejadas de las infraviviendas para aliviar los malos olores y su contaminante carga directamente sobre el océano. Sucedía esto en la misma orilla de las playas o sobre los riscos y barranquillos colindantes, sin planeamiento alguno más allá de la ocupación del espacio disponible que se había ido consolidando sobre sus arenas. Era el caso de Melenara, Tufia, Aguadulce, Ojos de Garza… Esta práctica de apropiación de suelo público, bajo la burda justificación de casas de pescadores o de veraneo, eran habituales y ahí está la hemeroteca para confirmarlo.
También en la década de los ochenta, la presencia de vertidos incontrolados procedentes de las limpiezas de depósitos que algunos barcos realizaban cerca de la costa, tenía consecuencias inmediatas: manchas de alquitrán -pichi-, plásticos, restos varios… con la consiguiente contaminación de riscos y playas, era más habitual de lo que pensamos. Actualmente nos parece imposible tal agresión, pero si no sucede o es muy rara, es por el férreo control de los barcos que recalan en nuestros puertos. Pero eso no era todo. Un paseo por el litoral nos revelaba una cantidad increíble de tuberías de desagüe, pertenecientes a urbanizaciones y zonas industriales que vertían directamente sobre los riscos, playas y barrancos sus aguas negras, grises, procedentes de saneamientos sin control, limpieza de azoteas y piscinas. Ejemplos son tantos como urbanizaciones costeras hay: La Estrella, La Garita, Los Melones, Playa del Hombre, Taliarte, Clavellinas, Salinetas, barranco de Silva, Ojos de Garza… En aquellos años abundaban los depósitos de basuras sin control alguno en los barrancos: Cernícalos, Silva, El Negro, barranco Real, El Calero, Jinámar, Ojos de Garza… Su presencia estaba en clara sintonía con la existencia de un basurero municipal situado en Morro Calasio, en el barranco de Silva, justo encima del yacimiento arqueológico del mismo nombre, al cual llegaban los camiones y vaciaban sin ningún tipo de control sus residuos domésticos, incumpliendo con tal proceder, las autoridades municipales del momento y las autoridades insulares al permitirlo, toda la normativa vigente.
Era lógico que, antes o después, surgieran personas y movimientos que clamaran contra este estado de hechos y cosas.
También es cierto que la lucha en aquellos momentos iniciales fue quijotesca -por lo ideal de sus propuestas, aunque surgieran de la más pura lógica-, y titánica -por la escasa disponibilidad de recursos y personal voluntario. No obstante, había mucha pasión y una ilusión a prueba de fuego.
Así fueron los inicios en Telde y así respondieron los pioneros de un movimiento, hoy fuertemente arraigado en la dinámica social canaria.
Se abrían infinidad de frentes, se iniciaban multitud de luchas, pero la voluntad era férrea y el espíritu incansable.
Es el momento de recordar algunos ejemplos de cómo abordamos -utilizando burdamente para ello reminiscencias quijotescas-, lanza en ristre y caballo al galope, algunas luchas contra los gigantes destructores del patrimonio común.
Se trataba de avanzar en el respeto al medio, a la casa de todos, y la educación y el conocimiento eran armas más eficaces que las denuncias y los enfrentamientos.
Pero era necesario, ante la gravedad de los hechos, llevar a cabo acciones simultáneas: educación y formación junto a denuncia, presencia continua en los medios de comunicación y actividades en la calle.
Se denunciaron los expolios arqueológicos, el abandono y la destrucción que se llevaban a cabo en La Restinga, en Las Huesas y Cuatro Puertas, en Cendro, El Bailadero, el barranco del Draguillo y el barranco de Silva, en las cuevas funerarias del barranquillo de las Monjas, en los restos de poblados al pie de la playa en La Garita, la destrucción del poblado de la Punta de la Mareta, el sepultamiento con basuras del yacimiento de Morro Calasio…
Y se denunció la extracción ilegal de arena en las playas, a pesar de las muchas amenazas y de las múltiples carreras que tuvimos que dar algunos huyendo de los infractores cuando los defensores del patrimonio natural tomábamos fotografías de los camiones para identificarlos por el modelo y color, pues carecían de matrículas y se encontraban en la desembocadura de la playa, en el cauce del barranco o en sus cercanías, con la intención de entregar las imágenes a la policía y favorecer de tal modo su identificación, exigiendo premura en la actuación y la retirada de esos vehículos de las playas. Eran acciones que se llevaban a cabo y que no obtenían una respuesta enérgica institucional, facilitando con tanta inacción y pasividad, que aquellas personas, palada tras palada, vaciaran de arena las playas de Jinámar y Bocabarranco hasta dejarlas en puro risco.
Se denunció la insalubridad y el delito ecológico cometido por las autoridades responsables por su dejación, en la conducción y tratamiento de las aguas fecales que discurrían libremente por los barrancos de Hoya del Pozo, de Ojos de Garza y de Jinámar, antes de que existiera canalización subterránea y depuradora alguna. En algunos casos, la picaresca de algunos agricultores malintencionados, los llevaba a desviar parte de estas aguas nocivas hacia sus pequeños canteros donde cultivaban verduras que luego acabarían a la venta en los mercados municipales. Esto observaron los alumnos del Esteban Navarro -componentes del Grupo Naturalista- a lo largo del barranco de El Calero, desde la Barranquera hasta las proximidades de su desembocadura en Hoya del Pozo.
Se denunció enérgicamente la contaminación atmosférica provocada, tanto por la central térmica de Jinámar como por la CINSA -Compañía Insular de Nitrógenos-, ubicada en el polígono industrial de Salinetas, pues ambas expulsaban partículas altamente contaminantes, ensuciaban con sus compuestos azufrados la ropa tendida en las casas del entorno, provocaban enfermedades respiratorias a las personas expuestas a sus gases -el caso más notable, confirmado y denunciado por estudios médicos fue el de la población de la Loma de Jinámar-, y contaminaba el entorno y los fondos marinos con los restos de pirita y ceniza que se arrojaban directamente al mar, en el caso de la CINSA.
Se llevaron a cabo acciones in situ, denuncias, jornadas, charlas, programas de radio para visibilizar el entubamiento ilegal que de las aguas del barranco de los Cernícalos quería llevar a cabo la propiedad privada, condenando de tal modo a los saos existentes en el fondo de barranco a su desaparición, un bosque en galería que alberga la considerada mayor y mejor conservada sauceda del archipiélago -es triste y desolador que ahora, cuarenta años después, sigamos asistiendo a la misma lucha por la supervivencia de los saos y el bosque en galería tanto en el barranco de Cernícalos como en el barranco de La Mina y las autoridades, haciendo oídos sordos a las denuncias de los colectivos ecologistas y las asociaciones vecinales, permitan tal desastre ecológico y la desaparición de tan valiosos como irrecuperables ecosistemas con su silencio administrativo-.
Desde el centro educativo anteriormente mencionado, se solicitaron contenedores selectivos para residuos en los barrios, pues no existían otros que no fueran los genéricos y toda la basura, sin opción alguna al reciclaje, estaba condenada en aquella época a terminar en el vertedero ilegal municipal donde el único tratamiento que se le daba era vaciarlo sobre la ladera del barranco de Silva, compactar aquellos que se encontraban en la superficie de loma, sobre el llano, y proceder a su incineración a cielo abierto, una medida altamente contaminante.
Desde este mismo centro se denunció la inexistencia de papeleras en las plazas y vías públicas del municipio -tanto en el centro urbano como en los barrios-, y se llevó a cabo la petición de una dotación y distribución amplia de las mismas, capaz de cubrir las necesidades de los ciudadanos y visitantes.
Denunciamos una y otra vez el vertedero ilegal de Morro Calasio, que se situaba justo encima del yacimiento arqueológico del mismo nombre. Pedíamos la clausura y restauración del paisaje dañado y la recuperación y puesta en valor del yacimiento.
Fueron múltiples las denuncias, las actuaciones jurídicas y las acciones directas contra el expolio llevado a cabo en los conos volcánicos de Telde, tanto en el conjunto vulcanológico de Jinámar como en el conjunto vulcanológico de Lomo Magullo y la subida a Cazadores-. En todos ellos las denuncias buscaban la paralización en las extracciones de sus cenizas volcánicas y otros materiales escoriáceos pues, de no tomarse medida alguna, los llevaría a su total desaparición, hecho que ocurrió en conos concretos, como la montaña de Santidad en el conjunto vulcanológico de Lomo Magullo o en la montaña de El Gallego y la montaña Rajada en el conjunto vulcanológico de Jinámar.
Se efectuaron denuncias y se judicializó la causa contra las empresas y las autoridades que hacían dejación de sus funciones, referente a la contaminación con aguas negras industriales que contenían residuos de alta toxicidad en la desembocadura del barranco de Silva, donde estos vertidos terminaban, sin depuración previa alguna, en el mar.
Tengo la completa seguridad de que faltan muchos más frentes, más campañas iniciadas, bien por el colectivo Turcón en solitario, bien con el apoyo de otros colectivos, pero la memoria es débil y el tiempo pasado maquilla en cierto modo, la realidad del pasado.
En este increíble escenario, si lo observamos y analizamos desde parámetros vigentes, algunas personas nos pusimos el traje de faena, llámennos ecologistas, ambientalistas, naturalistas, defensores del patrimonio de todos, defensores de la vida…, -como ustedes quieran, pues la denominación no tiene mayor interés-, y salimos a la calle.
Nos manifestamos, limpiamos barrancos, aparecimos en los medios, participamos en campañas, celebramos jornadas, buscamos colaboraciones y colaboradores, convocamos reuniones, encuentros, salidas…, nos reunimos con políticos y agentes sociales y actuamos, actuamos, actuamos.
No éramos muchos, pero éramos ruidosos. No éramos personajes mediáticos, pero estábamos en la prensa, la radio y la televisión.
Imprimimos revistas y periódicos escolares y las repartimos mano a mano, niños, padres y profesores. Bajamos a los barrancos y los limpiamos. Fuimos a Cernícalos y trasladamos sus basuras hasta la casa de la Cultura de Telde, -hoy dedicada al entrañable escritor Juan Ramón Jiménez-, y las depositamos ante su puerta de entrada. Neumáticos, plásticos, basuras domésticas, botellas, restos de lavadoras. muebles y neveras, papeles, escombros… Todos estos elementos lucían, un sábado de Mercado, ante la vista de los ciudadanos de Telde, vigilados en todo momento por miembros de la policía municipal. Lloramos la tala de varias palmeras canarias centenarias en el barranco de san Roque y denunciamos tal masacre, hicimos repoblaciones posteriores de esta especie en éste y otros barrancos del municipio. Llevamos a cabo actividades de educación ambiental en muchos centros del municipio y propiciamos proyectos de biodiversidad en los centros a través de la creación de jardines escolares canarios. Bautizamos como Pipicaca el lago de aguas fecales que, procedentes de las urbanizaciones de Jinámar, se formaba y mantenía todo el año en la vertiente derecha del cauce del barranco y que desaguaba, por colmatación de su vaso, sus aguas contaminadas directamente sobre la playa de la Condesa, a través de un pequeño canal que dichas aguas habían abierto en la arena.
Y seguimos en coches particulares los primeros camiones de la recogida de papel en aquellos años ochenta en que el Cabildo Insular nos quería vender que todo iba a cambiar y descubrimos y denunciamos en la prensa local el paripé político de una campaña sin el control de su gestión posterior pues, superada la cantidad de recogida pactada con las empresas del sector de reciclaje, el resto no seguía la cadena de reciclaje, sino que los camiones se dirigían a los basureros insulares para su tratamiento habitual: compactar y acumular.
Eran tiempos complicados, había resistencia al cambio, durante muchas décadas se había actuado con absoluta impunidad, cogiendo arena, extrayendo picón, tirando basuras a los barrancos y la palabra ecologista se asociaba por la ciudadanía con denuncias, multas y paralizaciones, es decir, odiosas personas a quienes evitar.
Por eso aquellos primeros luchadores tienen tanto valor. Es imposible nombrarlos sin olvidarse de muchos de ellos, pero cuando cierro los ojos y me restrinjo al ámbito teldense, observo a Jose Luis González Ruano, Elsa, Antonio y sus compañeras y compañeros de MEGA en su Garita Azul, a Juan Elitio, a Pedro, a Salvador y otros cuyos nombres se me olvidan ya, en TELLE, aquel movimiento ecologista nacido en el corazón de su casco urbano, a Manolo Ramírez, a Pedro Galván y sus compañeros del colectivo Sima de Jinámar ubicados en tan antiguo como popular barrio, a Honorio Galindo, a Rita, Isabel, Ruth, Paco, Gilberto, Félix, Paco Calderín, Paco Montesdeoca, José García, Pepe Santana, Juani, Esther, Juan Francisco, Amalia, Blas, Nancy, Loly y tantos otros en el grupo ecologista Turcón. Tuve el honor de estar con todos ellos, de participar de sus ilusiones y aventuras, de sus luchas y carreras, de sus limpiezas y repoblaciones, de sus miedos y sus multas. Y, también hay que decirlo, de sus logros.
Porque si corre agua en estas fechas por el barranco de los Cernícalos y no está entubado en su totalidad fue por la lucha constante de treinta años y las denuncias de colectivos como TURCÓN. Lo mismo podemos decir del barranco de Guayadeque.
Y si las aguas fecales ya no discurren a cielo abierto por ningún barranco teldense y bajan canalizadas hasta las depuradoras de aguas residuales para completar su ciclo sin contaminar los cauces y las playas, es por las luchas iniciadas por el mismo colectivo.
Y si no hay cabras ni excrementos sino limpieza en la montaña de Cuatro Puertas; si está clausurado y restaurado en lo posible, pues el inmenso vertido sobre la ladera sigue ahí, el vertedero de Morro Calasio; si no hay extracciones ilegales de arena en las playas; si no hay construcciones y sus correspondientes aguas fecales sobre la playas de Melenara, Aguadulce y riscos de La Garita y Ojos de Garza -quedan algunas testimoniales, pero tan ilegales como las ya derribadas-; si no hay más mordidas de picón en busca de nuevos conos volcánicos para su extracción es porque, hasta la fecha, durante cuarenta años sin interrupción, las voces, las acciones, las denuncias y las luchas de ese colectivo incansable bautizado como Turcón siempre han estado y siguen estando ahí.
Hace años, muchos, que no soy yo la persona idónea para dar fe de la evolución del Colectivo en las dos últimas décadas. Mi voluntario compromiso con la Consejería de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias para desarrollar y coordinar programas educativos, labores de gestión y formación ambiental por el archipiélago no me permitieron disponer de más tiempo.
Fueron luego los tiempos dedicados a poner en práctica en las aulas del IES El Calero el caudal acumulado de experiencias y saberes.
Falta pues un desglose pormenorizado de las propuestas y luchas desarrolladas en estas dos últimas décadas, de enumerar y traer al papel, tantas y tantas campañas en las que la implicación del Colectivo ha sido determinante en la defensa del medio ambiente.
Pero son tantas y tan variadas que invito a mis lectores a las periódicas reuniones del Colectivo, a sumergirse en sus redes y páginas web o simplemente visitar sus archivos en la sede del mismo y hojear las decenas de legajos, procedimientos, campañas, proyectos que registran tan loable labor.
Pero… ¡queda tanto!
Cuando creíamos que las últimas saucedas de Gran Canaria tenían garantizado su futuro, observamos estupefactos como se entuban las aguas que discurrían libremente por los últimos barrancos con agua de la isla, privando a los saos del agua que les permitía vivir.
Cuando creíamos que propuestas demenciales e innecesarias como la tercera pista aeroportuaria o una nueva autovía circunvalando Telde habían sido relegadas al olvido por su insensatez, despilfarro y ser contrarias a un modelo de desarrollo respetuoso con el medioambiente y la transición tan demandada, ahí siguen, con fuerza, ciegos sus promotores a la realidad que estamos viviendo, insistiendo con vehemencia en su ejecución, aunque no sea el crecimiento infinito en el número de turistas y habitantes el plan más idóneo para una isla con un territorio finito, ni la dotación y el incremento infinito de nuevas vías y del parque de vehículos la panacea a un atasco permanente y al consiguiente agravamiento del clima.
Cuando creíamos que había llegado la hora del basta ya a las intervenciones en las costas canarias, un esperpento de proyecto de intervención sobre los charcos de litoral sorprendía a todos, pues además de ser aberrante era innecesario, se planteaba sin que ningún colectivo poblacional insular lo hubiera demandado y abría las puertas a seguir urbanizando y a un abuso antrópico de todo el territorio de litoral.
Cuando creíamos que había llegado el momento de apostar por fin por las energías renovables derivadas de nuestras fortalezas energéticas: viento, sol, mareomotriz, geotérmica… de un modo razonable, apostando por la autonomía familiar, favoreciendo al ciudadano mediante ayudas económicas -los tan socorridos fondos europeos que terminarán como ha sucedido siempre en las manos de unos pocos-, la desvinculación de los grandes grupos energéticos, poniendo en valor los espacios infrautilizados de azoteas, terrazas, techos industriales, colegios, centros de salud…, proyectos faraónicos y destructores de la vida y el paisaje se apropian de los bienes ambientales de todos los canarios y apuestan por rocambolescas hidroeléctricas sin tener agua, por hipotecar la tierra fértil tratándola con aguas que no deberían circular por ellas, por enormes campos eólicos o campos solares sin tener en cuenta los daños y efectos colaterales sobre el medio físico y biológico, entregando la gestión de las energías limpias a grupos privados energéticos que luego especularán con ellas, cobrándolas a precio de oro.
Por eso es tan necesario el posicionamiento del ciudadano a favor del medio, del territorio, del agua y de la vida.
Cuando le entuban el agua le entuban la vida llegada del cielo y que le pertenece. Cuando privatizan con centrales y aerogeneradores el sol y el viento le están hurtando los bienes de la naturaleza que son patrimonio de todos. Cuando ocupan los cauces de los barrancos por descomunales infraestructuras cuyo hipotético beneficio aún está por ver, le están robando su derecho de paso y uso, sus paisajes, su vida y su cultura.
Es por ello que estas cuatro décadas de vida del Colectivo del que llevo con orgullo su Presidencia Honorífica, no han sido más que el preámbulo de una lucha despiadada por parte de grupos muy poderosos, capaces de doblegar u orientar hacia sus intereses a altos dirigentes políticos y a personas relevantes en el mundo de la cultura y la comunicación -ejemplos hay para llenar un libro-, por el control de la tierra, el agua y la energía, una lucha sin cuartel que, para infortunio de todos los canarios y demás seres vivos del planeta, no ha hecho más que comenzar.
¡Feliz aniversario, compañeros!



























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