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Jueves, 19 de Marzo de 2026

Actualizada Jueves, 19 de Marzo de 2026 a las 14:26:07 horas

Texto de uno de los libros de González-Ruano y José Manuel Espiño, autor del artículo/TA. Texto de uno de los libros de González-Ruano y José Manuel Espiño, autor del artículo/TA.

La vergüenza de un homenaje pendiente

TA ofrece una reflexión del profesor y ecologista José Manuel Espiño Meilán

direojed Domingo, 23 de Enero de 2022 Tiempo de lectura:

Sus amigos no necesitan recordatorio ni dedicatoria alguna. Todos saben de quien hablamos.

Tú te vas como se van

los sueños y las palabras.

Como se van los recuerdos

y se van las esperanzas;

dejando un silencio mudo

que es el sudario del alma.

 

Un año más, el segundo aniversario en que caminamos contigo sin tu presencia. El caso es que en cualquier círculo donde me muevo, tú estás presente. El más reciente fue el Symposium sobre el “Camino de Santiago entre volcanes” celebrado los días 16 y 17 del pasado diciembre en Gáldar, donde el Director General de Ordenación y Promoción Turística, el Ilmo. Sr. D. Ciprián Rivas Fernández, me comunicaba en uno de los recesos del Encuentro, encontrarse agotada la segunda edición de tu libro: “El camino de Santiago en Gran Canaria. Un viaje a la isla interior”.

 

Lo cierto es que la publicación a todo color y con la cartografía necesaria para hacer el Camino, bien por Saucillo y Hoya de Pineda -el camino oficial y más popular-, bien por Montaña Alta y Santa María de Guía -la ruta elegida por ti-, se ha convertido en guía de referencia.

 

Los lectores tendrán curiosidad por los versos que encabezan este artículo. Se trata de uno de mis referentes poéticos. En su antología, bajo el título: Poesía, I. “Sonetos, Rimas, Del otoño y Los mirlos” José Bergamín, considerado uno de los poetas más importantes del pasado siglo, nos deleita con versos como éstos. Una entrañable estrofa para compartir emociones, para relatar desde el sentimiento el vacío interior que permanece ante la ausencia del compañero, compañera, amigo, amiga.

 

Es éste, tu segundo aniversario, un buen momento para rescatar vivencias y recuperar emociones con tantos amigos. Con Pedro Viera y Carlos Placeres, con Elías Ruano y Santiago Afonso, con Luis, con Rita, Isabel, Gilberto, Honorio, Isidoro, Antonio, Anselmo, con miembros de Ascan, del Mega, de la Vinca, de Sima de Jinámar, de Turcón y, sobre todo, conmigo.

 

Recuerdo que nuestra primera salida a la península fue a la Reserva Natural Integral de Muniellos, Reserva de la Biosfera desde el año 2000, una joya de bosque primigenio que alberga el mayor robledal español y uno de los mejor conservados de Europa. Hayedos, abedules, acebos, tejos…, tuvimos que prepararlo con antelación pues se exigía un permiso especial para visitarlo, válido para un día. Supimos luego que no estaba permitido bañarse en los lagos que hay en la Reserva, pero tú y yo nos bañamos en la Laguna Grande, ante la presencia de nuestros compañeros y entre el alterado coleteo de pequeños anfibios, los tritones alpinos. En ese mismo viaje nos atrevimos con las heladas aguas del Cares, un rápido río de montaña que dio lugar a la espectacular garganta del mismo nombre. Aguas frías que cortaban el aliento, pero … éramos soberbiamente jóvenes.

 

Luego vinieron las rutas del Camino de Santiago. Puntualmente, cada año, durante más de una década, las fechas del colorido Carnaval canario nos encontraban en otros escenarios donde la nieve, los árboles desnudos, la belleza inquebrantable del románico y las gentes del Camino llenaban de colorido y emoción nuestros corazones.

 

Así recorrimos el Camino Francés, el Inglés, el Portugués y la prolongación a Fisterra para ver morir el astro rey.

 

Enamorados del Fin del mundo, del Finis Terrae romano, nos acercamos a Muxía siguiendo las rodaduras de los carros y las bostas de las vacas que los arrastraban. A través de un periplo inolvidable de rías y playas bellísimas, extasiados por una naturaleza indómita capaz de escribir con sangre el arrojo de los seres humanos que se atreven con sus aguas y corrientes, hicimos nuestros el Mar de Fora, la ría de Lires, el cementerio de los ingleses, el Faro Fisterra, el Faro Touriñán, el Faro de Muxía... De la iglesia de Fisterra, su santo Cristo y leyendas templarias a la iglesia da Virxe da Barca en Muxía. Dos párrocos, muchas leyendas, Órdenes de caballería, aterradoras tormentas, caprichosas formas graníticas esculpidas por la lluvia y el viento, el océano y el tiempo. Pedra dos Cadrís, Pedra de Abalar, cruceiros y ermitas nacidos de la roca viva, serpes pétreas bajo la cruz de Cristo, costumbres paganas, ritos católicos, historias, muchas historias...

 

El último andar en tu compañía fue por tierras vascas. Comenzábamos allí una serie de periplos que nos llevarían a conocer el corazón natural, gastronómico, cultural y humano de cada Comunidad Autónoma, de un estado, el nuestro, tan rico como variado.

Subimos al monte Gorbea, recorrimos el litoral de las pizarras que surgen de la arena creando uno de los paisajes más extraordinarios que pueda uno imaginarse -no en vano es un mítico escenario del cine nacional e internacional-, subimos a san Juan de Gaztelugatxe e inauguramos con nuestra visita el recién abierto museo de Chillida, cerca de Hernani -allí dejaste en su caserío tu manifiesto rechazo al Proyecto de Tindaya, la montaña sagrada de nuestra tierra majorera a la que dedicaste una publicación tremendamente emocional: “El cuaderno de Tindaya”-. Recorrimos las antiquísimas salinas de Añana y disfrutamos con la obra escultórica de Frank Gehry en las bodegas del Marqués de Riscal -Elciego, Álava-, al tiempo que disfrutábamos de sus extraordinarios caldos y productos de la tierra. Pateamos Victoria, Bilbao y San Sebastián. Fue aquí, en Donostia -la ciudad soñada de la Belle Époque, “Le petit Paris” de la tesis doctoral de Berta Echeberría Arquero, la residencia de verano de la reina regenta María Cristina a finales del XIX, la ciudad que alardea del mayor número de estrellas Michelin -dieciséis- per cápita del mundo, sólo superada por Tokio, y encontramos un templo del buen yantar, donde celebramos tu cuarto cumpleaños tras el oscuro túnel del infarto. Fue una celebración muy especial. Regalos propios de un niño de cuatro años, risas, abrazos. Luego callejeamos una ciudad inolvidable, entrañable, amable, acogedora. Y callejeamos, callejeamos…

 

Preparado tenía yo el segundo viaje, esta vez por Extremadura, cuando el comandante COVID nos mandó parar. Pero eso fue luego, Un poco antes de desatarse la desesperante pandemia, un puñetero trombo, de esos que nos recuerdan que somos seres orgánicos y en consecuencia, mortales, detuvo tu marcha terrenal ahí mismo, junto al bufadero, donde tus versos recorren el aire esperando la piedra que los reciba para inmortalizar un sueño, tu sueño.

 

Teníamos fecha para el último ajuste al programa, la revisión que tú le dabas a cada periplo y que permitía enriquecer aún más, unos viajes inolvidables. Conocías Extremadura y su historia. Sabías de sus conquistadores y navegantes y de sus gentes. Yo sabía de espacios naturales, de ríos, montañas y parques nacionales. Sabías de pueblos con encanto, de pueblos vaciados, de pueblos de película extremeños, de peculiaridades gastronómicas y yo sabía de su extraordinaria riqueza biológica, de sus geoparques y de rutas que cortan el aliento mientras sobrevuelan nuestros pasos halcones, águilas, cigüeñas negras y buitres leonados.

 

Sobre la mesa donde estas líneas tecleo, descansa el libro que me regalaste sobre los nemeth galaicos. De los registrados en su interior, compartimos tres cuyo origen se difumina en tiempos milenarios: San Andrés de Teixido, A Virxe da Barca en Muxía y el camino de las Estrellas, todos ellos cristianizados pero envueltos aún en el hechizo de la historia ancestral que Galicia esconde, reminiscencias vivas de culturas anteriores a los tiempos del Imperio.

 

Una, muy curiosa y atrayente: la leyenda de San Andrés de Teixido que nos recuerda que jamás desaparecemos, que perpetuamos nuestro tránsito en formas animadas diferentes.

 

“A San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo” -sentencia la popular leyenda, que en castellano viene a ser algo así: “A San Andrés de Teixido, va de muerto quien no fue de vivo”. Viene a cuento esta creencia pues es en forma de animal como regresamos a la ermita de San Andrés cuando no lo hemos hecho en vida. Pienso entonces qué de verdad encierran las palabras y vivencias de amigos y familiares que creyeron verte, poco después de tu ida, unos sobre el bufadero de La Garita en forma de gaviota atlántica, otros regresando al océano en forma de tortuga marina, las mismas que tú te detenías a observar cada día en tus paseos matutinos en los estanques habilitados por el centro tecnológico Pesquero de Taliarte, en un proceso de recuperación necesario para devolverles luego su libertad oceánica.

 

Yo, bastante agnóstico en todo lo referente a las creencias, quiero pensar que existen otras formas más congruentes de comunicarse con los que transitan por el Camino Eterno, otros modos de seguir presentes en cada uno de nosotros. Son sus recuerdos, sus vivencias, sus memorias, sus creaciones artísticas o literarias y, cómo no, son cada uno de esos pequeños detalles, dádivas escogidas con exquisita paciencia pensando en la persona a cumplimentar y que, pasados los años, resurgen de nuevo, frescos en la memoria, con nuevos registros sobre la dimensión humana del amigo.

 

La sensibilidad en el ser humano se cultiva -¡Bien saben de ello los que se encargan de adormecerla en los medios de alienación de masas!-, necesita de estímulos variados y, entre muchos otros, la vida vegetal y animal proporciona estímulos en gran medida. Pero no es sólo la sensibilidad, es también la calidad de vida del ser humano la que precisa de referentes naturales esenciales y quien se los proporciona no es otra que la madre naturaleza.

 

Estoy revisando el artículo dedicado a tu primera y anual ausencia. Se publicó el 31 de enero del pasado año y en él justificaba a todos los lectores y senderistas la imposibilidad de llevar a cabo la segunda ruta por el litoral teldense, en homenaje a ti. No ha cambiado nada, solo el dígito del año en curso. El virus tiene una capacidad increíble de mutación y el ser humano una capacidad increíble de repetir los mismos errores. Resultado consecuente: seguimos con similares restricciones, con alarmante ocupación de los hospitales y sin resolver los verdaderos problemas que están llevando a la humanidad al borde del abismo climático y medioambiental. Por tales razones este año, al menos de momento, sigue la imposibilidad de celebrar la ruta popular por el litoral.

 

Tengo que darte la buena noticia de que, a pesar de los pesares, a pesar de las zancadillas puestas a lo largo de tantas décadas de lucha y activismo, el colectivo ecologista Turcón, sí, así es, aquel colectivo nacido junto al MEGA al amparo de niñas y niños, jóvenes y adultos ilusionados por un medio más limpio, más respetuoso con los seres que lo habitan, menos agresivo, celebra su cuarenta aniversario. ¡Cuatro décadas! ¡Qué recuerdos!

 

Los dos patitos señalaban mi edad en aquel entonces -¡Veintidós años!-, cuando en mi cabeza bullía una idea, tomaba forma un proyecto, se gestaba una ilusión y un objetivo: educar en valores, defender a ultranza la biodiversidad del municipio y por extensión de la isla, denunciar las agresiones al medio natural, a los valores arqueológicos, al patrimonio cultural, a la vida. Fue luego, tres años después, iniciada la labor con un grupo de alumnas y alumnos, cuando el proyecto tomó cuerpo con una denominación oficial: Grupo naturalista TURCÓN. Sin saberlo estaba asistiendo al germen del actual Colectivo Ecologista.

 

Te vas a reír, pero es curioso, necesité coger la cartera y extraer de ella mi carnet de identidad. Al ver la fecha de nacimiento, sonreí. ¡Cómo pasaban los años! La sesentena caminaba hacia otra década, pero cuerpo y mente se encontraban eufóricos y satisfechos por el camino recorrido.

 

Todo lo que te puedo prometer es que en cuanto podamos, rescataremos el espíritu del homenaje y haremos tu ruta. Utilizo el plural porque todo el Colectivo está tras el homenaje. El homenaje senderista pues el otro, el que te recordará a través de unos versos tuyos que alegrarán el cuerpo y el espíritu de los paseantes al leerlos, ubicados en ese paseo entrañable de la costa que siempre admiraste y engrandeciste en tus palabras y tus escritos, sigue pendiente de la lenta y cansina gestión municipal. ¡Qué paciencia hay que tener con los munícipes!

 

Sabrás que no hicimos el Camino de Santiago el pasado año. Pesaban razones conocidas y recelos justificados. Era Año Santo, es cierto, pero también lo es el presente. Una acertada decisión del papa Francisco que, como tal, es infalible en sus decisiones por gracia divina. Será este año veintidós el que nos lleve en mayo a recorrer Galicia. Elías, Santiago, Carlos y yo. Tú no necesitas invitación alguna pues te encuentras en el corazón de cada uno de nosotros. Más arriba recordaba el periplo por el País Vasco, la ascensión a la montaña sagrada de ese singular pueblo que defiende con orgullo una lengua y una cultura ancestral, el periplo por sus milenarias salinas, el reconocimiento a la fuerza de la obra del escultor que, desafortunadamente quiso horadar Tindaya, pero cuya muestra al aire libre habla de la enorme capacidad creativa del hombre, de la ruta de litoral por paisajes geológicos formados hace decenas de millones de años, de Guernica, de Donostia, de Bilbao, de San Juan de Gaztelugatxe, de bodegas y vinos, de callejear por ciudades cuya antigüedad se pierde en la historia.

 

Pues bien, tomando aquel modelo, he preparado uno similar para adentrarles en el descubrimiento de mi tierra natal, asombrarles, maravillarles. Bosques primigenios en el Caurel, impresionantes cañones en el Sil con pasarelas colgantes que se balancean sobre las copas de los árboles, castros en la costa atlántica, marismas, lagunas, rías en la costa del fin del mundo, islas que son parque nacional y ciudades milenarias donde la romanización sigue viva: Lugo, Coruña… Música celta, vinos, tapas, lluvia, pastizales, vacas… Este año dejaremos aparcada en la mochila la comunidad extremeña porque Galicia sigue de jubileo.

 

Termino el artículo aquí para seguir con la lectura del libro que me has regalado, mientras degusto una copa de vino tinto -por supuesto un Mencía de la Ribeira Sacra cuyas bodegas pretendo visitar con nuestros compañeros en el periplo primaveral. Acompaño tan exquisito elixir -para los amantes del vino, por supuesto-, con una cuña de queso curado de Tindaya -¡Cuántos premios han cosechado a lo largo de la historia los quesos majoreros y éste de Tindaya, se llevó el oro el pasado año!-, y un pan bizcochado de millo hecho en La Aldea. No albergo duda alguna de que la lectura y la gastronomía -placeres que compartíamos-, son regalos de los dioses. Me encuentro así, homenajeando en este segundo aniversario, a ti, José Luis González Ruano, a la vida y a las dos tierras que uno lleva dentro: un alma gallega en un corazón canario.

 

Un abrazo, amigo mío.

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