Bajo el epígrafe Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2020), el ecologista y profesor José Manuel Espiño Meilán ofrece el vigésimo tercero de una serie de artículos de periodicidad quincenal sobre la evolución medioambiental del municipio.
Los barrancos olvidados de Telde: El barranquillo de la Mareta
Tras los tres últimos artículos de carácter otoñal y emocional, trataremos ahora dos barranquillos que más que visionarlos, tendremos que intuir. La razón es simple, ambos están prácticamente desaparecidos, el de trayecto más reducido, tributario del que trataremos luego, se encuentra sepultado en gran parte por movimientos de tierra que remodelaron esta franja del territorio costero y el más largo ha visto como su cauce se convertía en una rambla de asfalto donde, en épocas de lluvias torrenciales que afortunadamente son muy esporádicas, la calzada recupera su función natural de barranco y sus veloces aguas, ansiosas por lograr su encuentro con la playa, bajan raudas, arrastrando piedras y lodo, siendo capaces de llevar en volandas, con enorme riesgo para quien así se aventura a surfearlas, a algún arriesgado buguero que, animado por la escorrentía y la fuerza del agua, son incapaces de vencer la tentación de tirarse con su bugui a la altura de la Escuela de Idiomas y el Parque de Bomberos para, aprovechando la fuerte pendiente, descender con las aguas de arroyada hasta abandonar la corriente y salir, si ningún percance se lo impide, a la altura de la rotonda de los emigrantes. Una vez llegan a la playa se abren camino entre la arena dejando al descubierto el sustrato rocoso que subyace bajo la arena y al emisario submarino que, oculto y disimulado bajo el oscuro jable, tiene la misión de alejar las aguas residuales depuradas de la zona de baño.
Pero vayamos poco a poco. Es el barranquillo de la Mareta el primer pequeño barranco olvidado en que necesitamos de una previa labor de investigación. Comenzamos con la cartografía actual y así constatamos que lo que queda de dicho barranquillo surge de pronto, al pie de la sorriba de tierras que permitió el asentamiento del complejo alimentario de Alcampo y el parque comercial donde se ubica.
Está claro que su nacimiento original no es aquí, pues la cartografía consultada deja entrever un barranco nacido un poco por encima de la autovía GC-1 y que discurría entre zonas de cultivos, justo en donde se encuentra la vía de acceso al polígono de Las Remudas y en pequeñas vaguadas donde se asienta actualmente el centro comercial. Los allanamientos del terreno y las sorribas necesarias provocaron una enorme montaña de tierra. Es al pie de ésta y de las sorribas laterales realizadas para urbanizar este sector de La Mareta, donde las calles se nominan con flores y plantas, cuando surge un cauce que nada tiene de original pues parte de él se encuentra sepultado por las tierras removidas en su parte alta. Si descendemos a lo que queda de cauce, nada encontraremos más allá de la acumulación de tierra y basuras. De su pasado como barranquillo sobreviven dos elementos botánicos: un hermoso ejemplar de tarajal y una tabaiba dulce bien desarrollada. Nada más. El resto de la vegetación de antaño, la vegetación primigenia que hace mucho tiempo vestía de color todo el litoral teldense, se encuentra sepultado.
Por mucho que busquemos ningún otro vestigio vegetal de carácter arbóreo, arbustivo o herbáceo encontraremos, más allá de las tapizantes barrillas y algunos cagalerones que cada año surgen tras la más mínima tarozada y que, con su presencia, nos ratifican que nos encontramos con suelos alterados, muy degradados.
Seguimos por el cauce, caminamos apenas un centenar de metros y alcanzamos el túnel que nos va a facilitar el paso bajo el Vial Costero. Hay oscuridad a mitad de su recorrido y es recomendable, si no queremos tropezar con algún residuo voluminoso, la linterna del móvil o un frontal con potencia lumínica. El puente es amplio y con altura suficiente para pasar sin problema, holgadamente. En su interior me encuentro un colchón, un somier y algunos restos más de basura. Es fácil concluir que alguien pernoctó en este lugar, y aunque haya sucedido hace algún tiempo, es preocupante el abandono del espacio y que nadie, de institución alguna, haya reparado en ello. Y si lo han hecho, la desidia sería mayor. ¿Quién se encarga de controlar estos espacios que forman parte del entramado urbano? ¿Quién tiene la gestión del territorio para que puntos oscuros como éste, no escapen a su control y limpieza? Es evidente que necesita una limpieza este lugar -como en tantos espacios teldenses añadiría yo tras el registro que mis piernas están llevando a cabo por toda la geografía municipal-, y urge llevarla a cabo.
Pasado el túnel observamos con claridad como este barranquillo está condenado a desaparecer para pasar a formar parte de un entramado urbano donde los viales serán los encargados de facilitar una salida a las esporádicas aguas de arrollada. De momento se observan sorribas de tierras a ambos lados del exiguo cauce que van sepultándolo progresivamente y, sobre ellas, bien cimentados, muros de hormigón a mi derecha, protegiendo parcelas con viviendas unifamiliares.
Es curioso, pero ningún bolardo identifica los límites del cauce público en todo el barranquillo, no es de extrañar pues que las obras de estos cerramientos encorseten este barranquillo hasta, prácticamente, hacerlo desaparecer.
Por su exiguo cauce continúa la ausencia de vegetación y un nuevo túnel, más modesto, permite el paso de un acceso asfaltado. En éste, los desechos abandonados son más abundantes: colchones, somieres, pales de madera, basuras varias… Aquí, alguien planteó su limpieza de un modo radical, a través de un fuego purificador capaz de convertir los residuos en lo que observamos: un amasijo de restos a medio quemar que nadie ha controlado y que, si nos preocupa el medio natural y el entorno de nuestros núcleos habitados, alguien debería retirar.
Sigo en busca de la desembocadura. Nada de vegetación, nada de pájaros. Nada de vida.
Parte del acantilado de nuestra izquierda formaba parte de este barranquillo de la Mareta. Conserva por tramos su perfil original y nos permite conocer la anchura del mismo en el pasado. Ahora, desde el pie del acantilado al cauce actual, sorribas de tierra han permitido el trazado y consolidación de una pista y el cauce se ha reducido aún más, apenas a un par de metros.
Es curioso que justo aquí, realizando una de las muchas visitas para la redacción de este artículo, en esta última junto a mi buen amigo el ilustrador Jaime Checa Gimeno, a quien agradezco profundamente su labor altruista para dotar de imágenes vivas todos los espacios tratados, una vecina de La Garita de toda la vida, nos habló de la presencia de vestigios aborígenes, restos de viviendas muy cerca de aquí, al pie del acantilado de este pequeño barranquillo. Nos lleva y nos enseña una. Es la que les ofrezco en la fotografía que acompaña este artículo. Es cierto que en su interior hay bloques y restos de escombros, al igual que semejan una serie de piedras colocadas en forma circular por movimientos de tierras, pero así se encontraban las piedras expuestas a la vista del ahora yacimiento de los Melones, cuando no eran más que piedras sueltas que no despertaban interés alguno a los especialistas. No eran más que cuatro piedras, pero ahora tenemos todo un yacimiento. Curiosamente esta que nos hablaba era la misma vecina que en su día, alertó a otro residente de la zona, comprometido con la conservación del patrimonio arqueológico, José Luis González Ruano, sobre la presencia de posibles restos de viviendas aborígenes justo al lado mismo de la playa.
Dicho yacimiento, confirmado tras excavaciones posteriores de su valor y que ha aportado novedosas luces en el tratamiento y uso de elementos faunísticos terrestres y marinos, está inventariado y reconocido como Lomo de los Melones, en la actualidad protegido. No me extraña la presencia de restos y vestigios por toda la zona, pues como detallan en su trabajo de excavación e investigación arqueológica realizada en el año 2004 los arqueólogos Abel Galindo Rodríguez y Verónica Alberto Barroso –quien desee abundar en la investigación, esta referencia bibliográfica puede serle de interés: Rodríguez Santana, C.G., Alberto Barroso, V., Rodríguez Rodríguez, A. y Galindo Rodríguez, A. (2008): “Escamas y cuernos: a propósito de asociaciones insólitas en el yacimiento del Lomo de Los Melones (Telde, Gran Canaria)”, no es aventurado concluir que el yacimiento costero de La Garita era amplio y se extendía a ambos lados del barranco existente en aquel entonces, que reconocen estos autores con la nominación de barranco de La Garita. Tenemos que nombrar, por cercanía a este poblado, el existente en la zona de la Estrella y siguiendo por proximidad el yacimiento y graneros de Malpaso, La Restinga, Llano de los Brujas… confirmando así una costa muy poblada y de la que aún tenemos la asignatura pendiente de poner en valor, más allá de su uso residencial y del histórico abandono al que hemos sometido los restantes territorios aún no urbanizados.
La preocupación que planteo no es gratuita, pues a nadie se le oculta que este barranquillo está condenado a desaparecer como desapareció el más amplio que dio origen a la playa. Lo ratifica el hecho de que es difícil encontrar una señal de cauce público a lo largo del mismo y si algún mojón he observado, está supeditado, no a la dimensión natural del cauce sino a la realidad impuesta por el fenómeno urbanístico del sector.
Un par de matas de tomates surgen a mi paso. Son pequeñas tomateras que ponen una nota de color en este patético cauce. Posiblemente surgieron a partir de semillas que fueron arrojadas como desperdicios de una vivienda próxima. Junto a ellas, un calentón se atreve a crecer y florecer ofertando sus flores a los eventuales insectos que pasan por la zona. Tapizan este triste barranquillo abundantes excrementos de perros, pues sus dueños, al parecer, no consideran el barranco un espacio a respetar, un espacio de todos, un cauce público con los mismos derechos que un jardín urbano, a saber: mantenerse limpio, libre de basuras. Insensibles y poco civilizados, allí donde defecan sus perros, allí permanecen sus excrementos.
No comparto la visión de algunos seres humanos de convertir los cauces de barrancos y los espacios naturales en servicios higiénicos de sus mascotas, pero la realidad así lo manifiesta. Este mismo comportamiento lo he observado en las arenas de las cercanas playas de San Borondón y Los Palos, ambas en el sector de La Garita, no por menos frecuentadas, con menor derecho a ser respetadas, y se echa de menos una vigilancia municipal con mayor celo, e inflexible a la hora de sancionar a personajes tan incívicos.
De repente el barranquillo desaparece. Su curso se detiene ante una verja metálica que cierra un espacio deportivo, la cancha de fútbol de La Garita. Está claro que, cuando las esporádicas lluvias lleven su preciada carga a este cauce, las aguas que bajen por el barranquillo no tendrán dificultad en discurrir bajo la verja, por el lateral izquierdo de la cancha, y salir raudas bajo la otra verja, la que facilita la entrada al recinto, para incorporarse a la corriente que, descendiendo por la autovía del Cabildo, discurrirá en potente arroyada hasta alcanzar la playa de la Garita. Es precisamente en este lugar donde el barranquillo de la Mareta se unía en el pasado al de mayor entidad, el que se encuentra sepultado bajo el asfalto.
Ante el inesperado cierre de la cancha, tengo que rodear la instalación deportiva para ver como continúa el barranquillo. Bordeo para ello el CEIP la Garita, un centro de Infantil y Primaria edificado en el mismo borde del barranquillo de la Mareta. Entro en la cancha y confirmo la desaparición del barranquillo. El asfalto y el hormigón cubren su antiguo cauce y la confianza está puesta en la salida natural de las aguas de arrollada, camino de la acera, luego de la rotonda y calle abajo, su desagüe en las arenas de la playa de la Garita.
Lo cierto es que este barranquillo presente en las cartografías de hace unas décadas, en la actualidad está prácticamente desaparecido.
Pero hay un barranco que corrió peor suerte ante la ocupación desmedida de toda la costa. En su recorrido no observaremos cauce alguno, no identificaremos a primera vista barranquillos, barranqueras o vaguadas que lo alimenten, a excepción del ya tratado barranquillo de la Mareta, pero el agua que en grandes arrolladas, desde el corazón de Telde, desciende por la avenida del Cabildo hasta la playa discurre por donde hace tiempo, tal vez mucho, se encontraba un barranco de laderas muy suaves que recogía las aguas del que ahora es parque comercial de la Mareta, de Las Capellanías, de Lomo de los Melones, Marpequeña y por encima de la autovía GC-1, del sector sureño de las Remudas y El Hornillo, agrupándose en lo que hoy es la avenida del Cabildo Insular y desaguando en la playa de la Garita.
Es difícil ver esto hoy en día, pues estamos hablando de un territorio muy transformado y altamente urbanizado, pero la amplitud de la playa y la presencia de una costa acantilada por la izquierda que se prolonga hasta la Punta de la Madera o La Mareta y los acantilados y riscos que se continúan por la derecha desde la urbanización de Los Melones hasta el Corral de las Yeguas sugieren una gran vaguada intermedia, una barranquera que muy bien podría traer sus aguas desde el inicio de la Avenida del Cabildo o, aguas abajo desde la rotonda que se observa en la misma avenida, a la altura del teatro Juan Ramón Jiménez. Serían pequeñas las vaguadas que alimentarían este cauce sacrificado, en primer lugar, por una impresionante vega agrícola desde la misma época de la conquista y posteriormente por el entramado urbano proyectado sobre dicho territorio. El caso es que la formación de una playa con la entidad que presenta La Garita anima a pensar en la existencia de una red hidrológica a su medida.
La Gran Vega de Telde tenía sus vaguadas por donde discurría el excedente hídrico de los cultivos y las aguas de las lluvias ocasionales, semejante a lo que sucede en los llanos de El Goro con el barranquillo del Goro, los llanos de Ojos de Garza con el barranquillo del mismo nombre, los llanos de Salinetas y Melenara con los barrancos de Sacateclas y El Negro...
La Gran Vega de Telde ha dejado de ser la mayor reserva de suelo agrícola del municipio para convertirse en una gigantesca bolsa de suelo abierta a la especulación. Paulatinamente, el proceso urbanizador jamás se ha detenido, continúa a expensas de las tierras más fértiles, exactamente lo contrario de lo que hacían las generaciones anteriores que respetaban los suelos fértiles y fabricaban sus viviendas en las zonas improductivas.
Las redes viarias preceden a las urbanizaciones y, paso a paso la vega se ha convertido en una mancha continua de urbanizaciones y viviendas.
Por pura lógica, en todas las cabeceras de playa siempre hubo un barranco. En los barrancos olvidados que estamos recorriendo, así lo confirman la playa y el barranco de Ojos de Garza, el barranco de Sacateclas y la playa de Salinetas, el barranco del Negro y la playa de Melenara, el barranco de Hoya del Pozo y la playa del mismo nombre, … y los grandes barrancos también: Real de Telde y su playa, Jinámar y su playa, Aguatona y la suya.
Así que, el que nos ocupa ahora y que quiero bautizar en el recuerdo como barranco de La Garita, debe ser un recordatorio a un barranco convertido en rambla, un aviso a navegantes de que la prudencia debe primar a la hora de planificar espacios urbanísticos sobre antiguos caminos del agua. Nunca se sabe, pero cientos de ejemplos por todo el mundo nos alertan de que ante grandes temporales y/o lluvias intensas, las aguas siempre recuperan sus antiguos cauces. Será entonces cuando los lamentos se sucedan y las reclamaciones y exigencias como zona catastrófica sean las tristes armas a esgrimir ante una insensatez por todos permitida.
La rotonda que cierra esta red viaria luce una extraordinaria escultura dedicada al migrante o emigrante, cuya autoría es la artista cubana Thelvia Marin Mederos. Escultora, pintora, poetisa, periodista, escritora, intelectual, el diseño de esta rotonda, es un homenaje al agua presente en sus estanques y fuentes. Lo es también, aunque es posible que en su planteamiento se desconociera, a una especie botánica propia de la flora costera teldense pero que actualmente se encuentra en peligro de desaparición en nuestro municipio pues solo queda, muy cerca de aquí, una colonia relictual de la misma. Nos referimos a la Euphorbia aphilla, la tabaiba parida o tolda, muy abundante en las vertientes norte y oeste de la isla, pero prácticamente inexistente en la cara este donde las poblaciones que existían, han ido desapareciendo con la urbanización de los espacios que ocupaban sus poblaciones: Jinámar y sus laderas fue uno de esos últimos espacios donde la tolda prosperaba sin dificultad alguna. Ahora es la desembocadura del barranco Hoya del Pozo el último bastión de la especie, donde sobrevive malamente una veintena de ejemplares. Aquí, en la playa donde algún día desembocaba el barranco y hoy lo hacen las aguas de arrollada, una buena presencia de tarajales plantados en las arenas, junto al Paseo Marítimo, nos recuerdan que la acción del hombre puede también enriquecer un paisaje de hormigón y asfalto, mitigar la ausencia de vida, atraer la fauna invertebrada y alada a este manchón verde bien desarrollado. Sin embargo, no se ve interés en seguir la forestación de esta cabecera de playa cuando hay espacio suficiente para realizar una buena repoblación en este sector del Paseo.
La rotonda es también un homenaje al océano con sus callaos, y al ser humano insular, hombres que emigran, mujeres que esperan, niños huérfanos sin serlo.
Ante la belleza de la escultura y del espacio diseñado me olvido un momento del barranco, del barranquillo y de las eventuales aguas de arrollada y me dejo llevar por una playa que guarda un pedacito de mi corazón. Es ese espacio personal, íntimo, vital que comparto con un amigo del alma que inició hace un tiempo otro camino, puede que el de las estrellas, puede que el del eterno caminante por otras sendas, otros sueños, otras emociones.
Pocas recomendaciones de mejora observaré aquí, pues poco es el espacio de ambos barranquillos pendiente de urbanizar.
Sí les diría a los propietarios de perros que los demás seres humanos y en especial aquellos senderistas o caminantes que tenemos la extraña costumbre de transitar por estos espacios abandonados, degradados y olvidados, gozamos de los mismos derechos que las demás personas y aborrecemos los encuentros con las deyecciones de sus mascotas sobre el barranco. Hay unas bolsitas muy prácticas para recoger sus excrementos y contenedores de basura y papeleras distribuidos por toda la zona urbana.
Exigiría del ayuntamiento la limpieza de los dos túneles, por salubridad e higiene, pero también por seguridad ante posibles avenidas de agua.
Y ahora que está tan en la boca de todos las repoblaciones masivas, propondría la restauración de las laderas artificiales de los barrancos que tratamos por ser procedentes de sorribas. Es una medida que vengo demandando desde que comencé a recorrer y divulgar los barrancos olvidados de Telde. Encargaría un estudio técnico que permitiera saber qué tipo de plantas son las más apropiadas, partiendo siempre de la restauración con flora endémica propia del lugar y que, para ello, analicen y observen los testigos supervivientes de ese pasado botánico. En este caso, los tarajales y las tabaibas dulces serían dos de las especies vertebradoras de una restauración botánica eficaz y coherente con la vegetación potencial de la zona.
José Manuel Espiño Meilán es miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón, de que es actualmente presidente honorífico, socio y activista. Divulgador y defensor de la vida a través de la docencia, ecología, senderismo, escritura, compromiso y paciencia.



























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