Bajo el epígrafe Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2020), el ecologista y profesor José Manuel Espiño Meilán ofrece el vigésimo segundo de una serie de artículos de periodicidad quincenal sobre la evolución medioambiental del municipio.
Los barrancos olvidados de Telde: Barranquillo del Negro
Recoge el doctor Don Pedro Hernández Benítez, en su libro: ”Telde, sus valores: Arqueológicos, Históricos, Artísticos y Religiosos”, de lectura y referencia obligada, que este barranco recibió tal nombre porque según una tradición, habitó en él, un negro curandero, de los traídos para los trabajos de los ingenios de azúcar.
En la actualidad, nos encontramos con un barranco donde su barranquera inicial y pequeñas vaguadas se encuentran en el campo de volcanes de Lomo Magullo, en concreto en el sector territorial de Las Medianías teldenses, con mayor exactitud en la ladera este del cono volcánico de Rosiana -les invito a ascender a la cúspide de este volcán de 534 metros de altitud donde disfrutarán de una excepcional panorámica de varios conos volcánicos e identificarán fácilmente la incipiente red de barranqueras-.
En su nacimiento, cuatrocientos diez metros sobre el nivel del mar, en la zona conocida como Morro Calacio, entre suelos agrícolas actualmente abandonados de las zonas conocidas como La Guinea y los Llanos de la Casa de Castro, recibe el nombre de barranco de Los Bucios, cambiando tal denominación por la que le acompaña hasta la costa, primero como barranquillo del Negro a su paso por el Lomo de los Mudos, hasta su confluencia a la altura de las Cuarterías de Don Juliano con una pequeña barranquera que surge entre estas lomas y, desde esta confluencia, a la altura de las casas de Jerez, hasta su desembocadura en la playa de Melenara, se le conocerá como barranco del Negro.
Para situarnos bien, la montaña de Rosiana genera varios barranquillos que desaguan en diferentes cuencas de recepción, sólo el barranco del Negro no será tributario de otros barrancos y mantendrá cauce propio hasta su desembocadura en una de las playas más populares del municipio. Así pues, en la montaña, al sur de nuestro incipiente barranco, los barranquillos del Conejo y de Lomo Pollo nacen y tributan sus aguas al barranco de Silva. En la cara norte, el barranquillo del Troncón que aguas abajo conoceremos como barranquillo de Juan Antón, y el barranquillo de Lomo Salas, tributan sus ocasionales excedentes hídricos al barranco de la Rocha.
Pero volvamos a nuestro barranquillo. El barranquillo de los Bucios surge como una incipiente barranquera que busca aliviar las aguas de un sector de la montaña de Rosiana dedicada en el pasado a cultivos de secano. Sobre esta barranquera, muros de piedra aterrazaron en su día el paisaje definiendo así el inicio del cauce del barranquillo al pie de los mismos. Si algo hay de extraordinario en esta cabecera es el paisaje que se contempla y la amplia panorámica de conos volcánicos que llegan a observarse en un arco de circunferencia superior a los 180 º.
Merece la pena aquí, en estas líneas, hacer una detallada referencia a tan provechosa visión. Nuestra vista buscará la costa para identificar el roque y la montaña de Gando y junto a ella la montaña del Ámbar, Dirigimos luego la mirada tierra adentro, en busca del cono fisural de Cuatro Puertas. Le sigue la montaña de El Gallego y la montaña Águeda, luego la montaña del Melosal, los conos volcánicos de las Trigueritas, la Caldereta, la montañeta Fría y el Pico de la Hoya del Moral, la montañeta de Cubas, el cono volcánico de Rosiana, la montaña Las Palmas, los volcanes de Jinámar, el pico de Bandama, la montaña de Tafira y la Atalaya del Faro, la montaña Pelada y la montaña del Vigía, estos tres últimos volcanes de la Isleta. Todas estas denominaciones toponímicas son actuales, extraídas de la última cartografía de GRAFCAN, pues en cartografías anteriores la actual montaña Águeda fue denominada montaña del Águila y en otros mapas montaña Aguilar. Sirva pues esta observación para extremar la prudencia ante fanatismos toponímicos pues el lenguaje evoluciona al igual que las personas que viven y hacen suyos lugares y paisajes y con ello el modo de nominarlos y adecuarlos a su nueva realidad. Podría esto dar lugar a un debate sosegado, pero lo dejaremos en una mera reflexión.
Si observamos la enorme llanura aluvial a nuestros pies, Telde se expande en todas las direcciones, pero si esta observación la hemos hecho periódicamente en el transcurso de los últimos cuarenta años, es éste mi caso, es notable el avance urbano hacia las medianías y no se debe precisamente a un crecimiento controlado, normalizado, regulado a través de un plan urbanístico. Se trata de viviendas unifamiliares, aisladas dentro de sus fincas, pero cuando son muchas, desde una atalaya así, se observa el impacto que tales construcciones tiene sobre un territorio, suelo programado como suelo rústico y nunca como suelo urbanizable. Por eso es urgente proteger esta zona alta, una de las pocas que no ha sido presa de las parcelaciones arbitrarias que terminan en viviendas ilegales, viviendas sin autorización alguna pues no pueden obtenerla, pero confían en que, de cuando en cuando -es cuestión de años-, una amnistía edificativa convierta dichas residencias en viviendas sujetas a impuestos y legalizables. Puede parecernos extraño que se obre así, pero como veremos más adelante en este mismo barranco, este hecho lo observaremos en amplias zonas de Jerez, Las Medianías o Las Huesas, decenas de viviendas fuera de ordenamiento. ¿Existe en ello un problema? Se preguntarán ustedes. Claro que lo hay. El hecho de mirar hacia otro lado y no prestarle atención y control a este fenómeno urbanístico, ante la impunidad manifiesta y a sabiendas de que antes o después serán legalizadas, nuevas e ilegales edificaciones seguirán sucediéndose por todo el suelo agrícola y, por extensión, por toda la isla.
A mi derecha observo un enorme estanque que identifico como el estanque municipal de Morro Calacio. Sé que esta vertiente de umbría que da lugar al nacimiento del barranquillo de los Bucios, forma parte de la zona de repoblación que se está llevando a cabo en este suelo municipal, suelo de todos.
Alegra el ánimo y el corazón iniciar el barranco del Negro con una imagen tan limpia como esperanzadora. Lo cierto es que hasta el puente que facilita su paso bajo la carretera que permite el acceso del núcleo urbano de Las Medianías al barranco de Silva y los conos volcánicos de Santidad -más conocido como La Piconera- y Rosiana, el tramo que vamos a iniciar en descenso es un paisaje abierto y limpio que transmite paz y serenidad. Una oportunidad a la esperanza cuando veremos más adelante que no es este barranco un ejemplo de buena gestión y uso hasta la misma desembocadura.
Observando las suaves y bellas lomas de los conos volcánicos de Lomo Magullo entendemos la reciente petición de la Corporación municipal de incorporar a este territorio la figura de espacio natural protegido. Sorprende a estas alturas que un espacio con tantos valores geológicos, biológicos, culturales, etnográficos no haya sido protegido desde un comienzo por la Ley.
El barranco, de escaso cauce en su nacimiento, discurre sobre un sustrato pétreo, pues las aguas de arrollada se encargan de arrastrar la tierra fértil hacia zonas más bajas donde se asientan. Sólo en grietas e intersticios de las rocas, la altabaca y la melosa echan sus raíces y prosperan entre gramíneas nativas. A ambos lados del cauce, en las tierras de cultivo abandonadas, las tabaibas amargas, salvias, cornicales, esparragueras y veroles manifiestan una imagen empobrecida de lo que algún día fue una óptima y continua cobertura vegetal. La presencia constante de tuneras indias nos habla del extraordinario poder colonizador de esta especie, una vez el ser humano ha propiciado tal invasión con la masiva plantación de la espinosa planta por todo el territorio.
Limpieza, aire puro, silencio. Sólo, de cuando en cuando, una pareja de bisbitas camineros, un cernícalo, algún lagarto y un asustadizo conejo que, zigzagueando, delata su presencia con su enhiesto rabo blanco, animan el paisaje dotándolo de movimiento.
Una senda de tierra, una vereda estrecha bien definida, discurre paralela a este barranquillo de los Bucios. Una acertada manera de sortear pequeñas torrenteras, algunas tuneras y dificultosas piedras, discurre junto a bancales muy deteriorados, pero bastante limpios. Huele a naturaleza en esta zona y los excrementos de conejo y en menor cantidad de cabra delatan la habitual presencia de dos mamíferos introducidos que forman parte del aprovechamiento cinegético y ganadero de estos suelos, terrenos de fácil colonización por el lagomorfo y donde el ganado caprino encuentra, tras esporádicas lluvias, ocasionales pastizales.
El barranquillo va tomando cuerpo y la vegetación presente en el cauce y sus exiguas laderas es la propia de un barranco poco degradado. Aún no hay presencia del rabo de gato que luego será una constante hasta su desembocadura y tampoco hay acacias, ni ricinos, ni gandules, ni cardos. Sí aparecen ejemplares aislados de tuneras indias pero la presencia vegetal es, en mayor proporción, de plantas autóctonas: tabaiba salvaje, cornicales, salvias, melosas, esparragueras, vinagreras, altabacas, hinojos, inciensos…
Pasada la carretera que desde Las Medianías asciende hasta los conos volcánicos de Rosiana y Santidad -me llevé la sorpresa de verla asfaltada pues en mis últimas visitas, es cierto que hace de ello muchos, muchos años, al yacimiento de Morro Calacio, entonces se conocía como morro Calasio y así se registra aún en decenas de páginas de Google, era una pista polvorienta de tierra, pues los continuos camiones que bajaban de la Piconera de Santidad tenían pulverizado su firme y generaban un riesgo continuo de accidente tanto por su tránsito por el núcleo urbano de Las Medianías como por el paso por la mismísima puerta de dos centros educativos-, las vinagreras ocupan todo el cauce. Nos encontramos a la altura del Centro Ecológico Cultural de los Olivos, un parque temático que, situado a la derecha del barranquillo, exhibe una espectacular plantación de olivos convirtiendo su recinto en un reconfortante pulmón verde.
Este desarrollo inusual de la Rumex lunaria en el barranco, es posible sea fruto de las humedades observadas en el cauce, con seguridad procedentes de los cultivos asociados al Centro Ecológico. Lo cierto es que las vinagreras dificultan el paso durante un centenar de metros, pero aportan frescor al barranco. Más abajo un hinojal ocupa el cauce. Sus efluvios aromáticos ascienden por el barranco y me dejo cautivar por ellos mientras atravieso el hinojal entre ejemplares que me superan en altura. Entre ellos se desarrollan varios ejemplares de altabacas (Dittrichia viscosa) -de origen mediterráneo, considerada una planta nativa-, y de cuando en cuando alguna caña común. El cauce, estrecho, presenta un suelo limpio, lleno de piedras vivas de regulares dimensiones que dificultan el paso. Sobre él discurre una vieja tubería de hierro que acusa pequeñas pérdidas de agua, generando en esos puntos llamativos manchones herbáceos de un intenso verdor.
Alcanzamos así otra carretera. A su paso por la urbanización de La Guinea, el barranquillo tiene que salvar la pista asfaltada que conduce a este núcleo poblacional. Lo hace gracias a dos tubos de hormigón de un metro de diámetro cada uno, suficiente circunferencia para permitir holgado paso a las escasas aguas que pueden discurrir por su cauce, en el caso de infrecuentes y fuertes lluvias en la zona, pues no debemos olvidar que el suelo en todo este espacio es muy permeable debido a las sucesivas capas de picón que lo configuran.
Una vez dejamos atrás esta carretera, que desde Las Medianías lleva a La Guinea y fincas de la zona, pasa a denominarse barranquillo del Negro y seguirá con este nombre hasta franquear la carretera GC-100 y encontrarse medio kilómetro más abajo, con una barranquera de menor importancia que surge por su derecha, procedente de las Cuarterías de don Juliano.
Un par de palmeras canarias crecen junto a la carretera, a un lado del puente. Al otro, frente a ellas, varios ejemplares de yuca (Yucca elephantipes) de notable altura. Tenemos que cruzar la asfaltada vía para acceder de nuevo al cauce. Piedras y cantos rodados de buen tamaño siguen dificultándonos el paseo, pero el barranquillo, en líneas generales, es fácil de transitar.
Las sorribas de tierra, los cierres de fincas, la utilización de pitas (Agave americana) para afianzar bancales y marcar lindes han transformado el cauce en un aliviadero de lluvias con presencia de pitas y tuneras asilvestradas y una pobreza de especies propias, no sólo en número sino en la presencia de pocos ejemplares. Entre éstas observamos algunas melosas (Ononis angustissima), cornicales, aulagas, vinagreras, hinojos, verodes, esparagueras.
Son las flores de las esparragueras las que, muy cerca ya de la GC-100, perfuman el cauce con un suave aroma a jazmín. Merece la pena sentarse cerca de ellas y cerrar los ojos. El embriagador perfume permite viajar en el tiempo y disfrutar de otro entorno más natural, aquel en que este paisaje de conos volcánicos y laderas de picón se encontraba cubierto por un extraordinario cardonal-tabaibal. En resumen, soñar con un paisaje limpio. ¡Cómo sería nuestra isla si fuésemos capaces de respetarla y cuidarla! Abro los ojos y observo las varas de la esparraguera de color blanquecino grisáceo, al igual que sus espinas que se alternan con los ramilletes de flores blancas. No es extraño que la mente encuentre reminiscencias orientales y relacione su imagen con la propia de un jardín zen con una estética muy original, en plena canícula veraniega.
La observación del rabo de gato ocupando la mayor parte del cauce me devuelve de nuevo a la realidad del espacio. La incidencia del ser humano en su interacción con el medio es innegable. Surgen las zonas habitadas y con ellas el territorio y la flora propia del lugar sufren una completa transformación. Llego al puente que permite el paso del barranco bajo la GC-100.
Antes de seguir describiendo este cauce principal hasta su desembocadura en la playa de Melenara, prestaré atención al pequeño barranquillo que nace a esta altura a mi izquierda y se une con él, un kilómetro más abajo. Se trata de una barranquera de poca importancia, carente de nombre pues escasa es su entidad, que nace al pie de dicha carretera. Surge en dicho lugar porque la vaguada existente sobre la vía, yace sepultada por el allanamiento de su cuenca. La razón: preparar el terreno para su cultivo. Así, este espacio transformado se encuentra cubierto en la actualidad por un mar de plástico, convertida la zona en suelo agrícola en explotación.
Las esporádicas aguas de lluvia procedentes de ambos lados de la calzada -no olvidemos que la calzada salva una vaguada-, son canalizadas mediante un aliviadero de hormigón situado bajo ella para su salida por el barranquillo. Justo en este desagüe natural prosperan un par de ejemplares de tarajales. El cauce, por su margen izquierda, discurre al pie del muro perimetral de la Compañía Canariense de Tabacos. Por la derecha discurre una suave senda, apenas transitada, entre tierras de cultivo en abandono. Poco hay que destacar a nivel botánico, acaso algunas gramíneas, pequeños grupos de tuneras indias y un manchón de césped, césped vicioso, pecando en exceso de verdor y tamaño que, unido a la presencia de un grupo cañas y juncos (Juncus acutus), delatan la presencia de agua o humedad en el subsuelo, posiblemente generada en el exceso de agua de riego de las áreas ajardinadas de la Compañía de Tabacos.
Es aquí, junto a este manchón húmedo, donde luce esplendoroso un árbol de elevado porte. Me detengo, pues merece la pena disfrutar de su presencia. Lo observo con calma mientras me recreo con la algarabía orquestada por los trinos de pájaros diversos. Ramoneado, hasta la altura donde pueden alcanzar sus bocas, las cabras desnudan de hojas las ramas bajas del árbol y devoran su corteza con la misma fruición. Más arriba, la frondosidad del mismo es lujuriante. Entre su follaje observo un número importante de avecillas, identificando canarios de monte, herrerillos y chirreras. Se trata de un ejemplar de turbito (Schinus terebinthifolios) de lustrosas hojas, rápido crecimiento y alta resistencia a la sequía. Un poco más abajo observo otro ejemplar de un tamaño similar y a su lado un pimentero de California (Schinus molle) de espectacular tamaño. Ambas son especies arbóreas introducidas no invasoras. Si tenemos en cuenta que alrededor de ellos la vida alada cobra otra dimensión y fortaleza y es más que palpable la presencia de fauna invertebrada en la zona -dan fe de esta abundancia las decenas de vencejos unicolor que realizan vuelos continuos rasantes-, por razones puramente biológicas es importante conservar estos ejemplares.
Con respecto al tamaño del primero, encontrado en el cauce del barranco, el turbito puede sobrepasar los cinco metros de altura, alcanzando su copa un diámetro superior a los veinte metros, no sería un error considerarlo un árbol singular. Del valor excepcional de su masa foliar saben nuestros pájaros. También las hormigas que, bien en estos árboles, bien en la hojarasca y materia orgánica que bajo ellos cubre el suelo, bien en los ficus que bordean la carretera o bien en el suelo de la pista deportiva y las gradas que están bajo su sombra, trazan líneas infinitas de exploración en busca de comida o de regreso a sus hormigueros, siendo tal la cantidad existente que es imposible detenerse y descansar sobre piedra alguna sin que unas cuantas, curiosas y molestas, inicien por tus pies, brazos y piernas nuevos itinerarios para explorar. Observo un par de abubillas dirigiéndose a una zona de cultivos próxima, un alcaudón sobre la inestable rama de un calentón… Es innegable que estos árboles aportan una inyección de vida al ecosistema.
Una carretera local cruza el cauce para llevarnos al poblado de Jerez. A ambos lados del barranquillo, en los espacios libres que bordean al mismo, alguien plantó árboles ornamentales. Una decena de acacias espinosas prosperan en estos espacios y en el cauce.
Quiero pensar que los que llevaron a cabo la plantación desconocían el problema con esta especie que no es otro que su fácil dispersión. Bajo las acacias observo un manto de semillas. Ya conozco la razón, el por qué hasta la mismísima desembocadura voy a encontrarme con un buen número de árboles de diverso tamaño de esta especie invasora prosperando en el cauce del barranco.
Encontraremos también, a lo largo del barranquillo, varios ganados de cabras que recorren una y otra vez este espacio tan degradado. ¿Podrían ser éstos, los vectores de propagación de las acacias? Bien de forma natural, bien a través de la ingesta de las vainas y semillas de ésta y otras acacias por parte de las cabras, la realidad es que en ningún otro barranco teldense he observado una presencia tan elevada de mimosas.
Cruzo la carretera para seguir barranco abajo. El cauce va encorsetándose, primero por las sorribas de tierras que dejan el cauce en una mínima expresión y luego porque discurre entre altos muros de fincas y propiedades particulares. El excedente de aguas de riego de estas fincas hace que las herbáceas en el cauce alcancen bastante altura y mayor densidad. Hay cagalerones, salados, muchos ricinos. Varias acacias espinosas dificultan el paso. De pronto el cauce desaparece como cauce natural para transformarse en camino asfaltado y así sigue, facilitando el paso a unas fincas, hasta alcanzar otra carretera que lo cruza. Desconozco que el camino asfaltado que observo a mi izquierda forma parte del cauce del barranco principal: el barranquillo del Negro. Es aquí, en esta zona de asfalto y hormigón donde de un modo artificioso se unen los dos barranquillos.
Es el momento pues, de regresar al cauce principal, el que habíamos dejado a la altura de la GC-100, aún sin cruzar el puente. El barranquillo del Negro, una vez discurre bajo esta carretera, la antigua vía que conectaba y conecta Telde con los municipios sureños, presenta una pobreza absoluta de flora autóctona y son las especies exóticas invasoras (EEI) las que han colonizado laderas y cauce. Para seguir nuestro periplo pasamos bajo el puente que presenta dos caras bien diferentes, la más antigua orientada al oeste y al nacimiento del barranquillo donde observamos una bóveda de cañón con su arco de medio punto realizada por maestros pedreros con piedra obtenida en canteras locales. Alegra el ánimo encontrarlas en perfecto estado de conservación. A su izquierda, aportando agradecidas pinceladas verdes al paisaje, se conserva un hermoso ejemplar de tarajal y un viejo verodal. Pasado el puente, la obra de ampliación en anchura de la carretera es más reciente y nada se invirtió en minimizar su impacto ambiental sobre el entorno. Orientada al naciente, es el hormigón quien resuelve con eficiencia y eficacia la ampliación del mismo, pero -excúsenme los arquitectos actuales-, pierde en armonía y estética. A nuestra derecha observamos un espléndido ejemplar de cornical sobresaliendo sobre las tuneras indias que con sus palas y púas lo encorsetan poniendo en riesgo su espacio vital.
Se abre ahora. ante nuestros ojos, un cauce amplio y suave cuyo discurrir viene delatado por una especie vegetal de color pajizo. Se trata del rabo de gato que, como planta invasora, se ha adueñado del cauce. Su presencia, sin embargo, no será continua a lo largo del mismo. Discurre este tramo entre terrenos de cultivos abandonados. Se observa, de cuando en cuando, manchones de tuneras indias cercanos al cauce. Ya próxima la urbanización de Jerez, estas tuneras se convierten en eficaces murallas vegetales que delimitan el exiguo cauce del barranco, sirviendo de defensa inexpugnable a los muros que protegen propiedades, cultivos y casas.
La proliferación de pistas de tierra o de asfalto que cruzan esta barranquera una y otra vez es notable. Lo facilita el escaso desnivel de sus laderas que son en esta zona, suaves pendientes alomadas. Sorprende en este recorrido como en un espacio urbano, la urbanización de Jerez, que tiene bien definidos sus lindes perimetrales distinguiéndose así de la extensa zona rústica que le rodea, con el tiempo y, posiblemente la falta de celo en el control evolutivo de este territorio, se ha ido consolidando toda una estructura urbana dispersa, carente de planeamiento urbanístico, tras la parcelación de las extensas fincas colindantes. Parece lógico el resultado si nuestros parámetros de análisis se centran en las necesidades de vivienda, en la carestía del suelo o en las dificultades -sobre todo de índole económico- existentes para habitar zonas urbanas consolidadas, pero el resultado de esta anarquía es demoledor. La falta de vigilancia y control ha dado paso a un sistema urbano disperso, con servicios improvisados, pozos negros, viviendas que escapan a la legalidad vigente y alas a un pensamiento popular que fomenta una tendencia: la construcción clandestina tras elevados muros o pantallas visuales de plástico, llevada a cabo al margen de lo consensuado y planificado en el Plan General de Ordenación Urbana del municipio y de las vigentes normas urbanísticas de la isla y la Comunidad.
Con esta reflexión estoy cuando, de pronto, el cauce se transforma en pista, pues el hormigón ha ocupado y allanado su cauce, facilitando así el acceso a las propiedades colindantes. Es aquí donde se produce la confluencia de los dos cauces. Caminamos pues sobre esta pista que discurre entre propiedades cerradas con altos muros y tras cruzar la carretera, seguimos por el cauce del barranco.
Sorprende la facilidad de cómo un cauce se convierte en espacio común del vecindario. Gallinas, gallos y pollitos deambulan por este tramo, junto a un pequeño ganado de cabras que utiliza parte de este cauce como redil.
Si a nivel de herbáceas los cardos son los más habituales -olvidándonos durante un momento del sempiterno rabo de gato-, sobre todo Argemone mexicana y menos abundante Argemone ochroleuca y el abrepuño (Centaurea melitensis) que también encontramos y que está considerada planta nativa de Canarias, a nivel arbustivo y arbóreo son las acacias las que ocupan este territorio. De la serie de barrancos olvidados de Telde es este el cauce donde más especies se encuentran -tres en concreto-, asilvestradas y en mayor número. El suelo, muy nitrogenado gracias a los excrementos continuos del ganado, no sé si favorece la expansión de estas especies. Planteo este interrogante a quien pueda interesarle.
Más allá de la presencia de ricinos que pueden formar pequeños grupos con algunos ejemplares muy desarrollados, y los tabacos moros o calentones, preocupa la presencia de una acacia espinosa, con púas aceradas. Se trata de la Acacia farnesiana. Esta especie puede contar a lo largo del cauce del barranco con más de medio centenar de ejemplares, dispersos. Junto a ella, otra mimosa se desarrolla y prospera sin problemas, la Acacia dealbata, con una floración más vistosa, más estructura foliar, exenta de espinas y con unas largas vainas capaces de alfombrar el barranco con las semillas que albergan. Menos ejemplares, pero ahí están, asociados a zonas lindantes con el barranco donde se han habilitado espacios para parking de vehículos, la arbórea Acacia salicina.
Un poco antes de llegar a la presa de Gómez o presa de Los Gómez pues así le llaman los habitantes de esta zona, situada en el cauce del barranco entre el Caracol Bajo y el Lomo Los Frailes, me encuentro con dos ganados de cabras, uno ramoneando no sé qué plantas pues ante mi vista se extiende un puro erial, dentro del terreno militar que se ubica entre el barranquillo de las Manolitas y este barranco del Negro -¡Cuarenta fanegas de terreno! -manifiesta el cabrero-, y otro en el mismo cauce. Para controlar este último, una valla cierra el cauce del barranco. Literalmente. Cierto es que el paso no está prohibido, pues mediante un enganche metálico sujeto a la pared de la zona militar se puede franquear el paso, con el ruego de cerrarlo después, pero deberemos transitar entre cabras, gallinas, gallos y perros. La pregunta es muy sencilla: ¿es legal la ocupación del cauce público de este modo? Ahí queda el interrogante para los responsables que deban responderlo. Yo sigo caminando. A lo largo de este tramo de barranco, por nuestra izquierda, algún que otro muro delimita fincas de aguacateros, el oro verde actual del campo canario.
Una nueva carretera local, la que une el barrio de Las Huesas y Lomo Los Frailes con el barrio de El Caracol, atraviesa el barranco. A nuestra izquierda, bordeando la misma, asciende el cierre perimetral del recinto militar tras delimitar el barranco del Negro varios centenares de metros. Cruzo la carretera y retomo el cauce. Observo nuevos ejemplares de las acacias antes señaladas y el suelo se vuelve más pesado por la cantidad de arena de montaña arrastrada y almacenada aquí por el barranco. Entendemos el porqué de esta acumulación de áridos al llegar a la cola de la presa pues su altura convirtió al muro en una especie de albarrada, construida con el fin de evitar que los arrastres aluviales del barranco terminaran en su interior, colapsando el vaso y ejerciendo en la actualidad de depósito de áridos.
Varios letreros: “Prohibido bañarse en la presa” se convierten, hoy en día, en irónicos carteles pues no recuerdo que este embalse tuviera agua en los últimos cuarenta años. Si algo hay de peligroso en ella no está en el agua sino en su altura pues todo el perímetro de la presa se encuentra sin vallar. Sólo está vallado el muro frontal para evitar el paso sobre el mismo. El resto está abierto y a merced del sentido común de los que transitan el barranco. Aprovecho para darles un consejo a los senderistas que utilizan estos artículos quincenales para acercarse a los barrancos olvidados de Telde: No corran el riesgo caminando por el borde, se encuentra en mal estado, hay tierras sueltas y gravilla y el riesgo de sufrir una caída a su interior es mayor del que deja entrever. Un poco más arriba, separada del borde de la presa, hay una pista transitable que recomiendo tomar.
Con una vía de acceso a la presa en la cola de la misma, nos encontramos ante un enorme depósito de agua en desuso que asiste, lamentablemente, a un progresivo deterioro. Sorprende que un embalse de esta entidad se encuentre en un pequeño barranco del municipio teldense. Sin embargo, a poco que indaguemos en un pasado que no es tan lejano, su presencia la justificaron en su día, las extensas tierras agrícolas existentes en su entorno y que antaño fueron cultivadas hasta la costa.
Bordeando la presa -reitero la recomendación de no hacerlo sobre el muro perimetral por la peligrosidad que supone, pues hablamos de una altura media de 5 a 10 metros de caída-, la vegetación a nuestra derecha conserva vestigios de la flora autóctona de antaño: espinos de mar, verodes, tabaibas dulces, tabaibas amargas, balos…. mientras a nuestra izquierda se extiende una finca con olivos, cítricos y otros frutales, así como algunas cactáceas ornamentales y algún manchón de tuneras.
Pasada la presa observamos un enorme depósito de materiales a la izquierda, subproductos pétreos y terrosos generados durante la construcción de la misma y las limpiezas y mantenimientos posteriores. Destaca, frondosa, una higuera al pie de su muro de contención. Siguiendo el cauce, más acacias espinosas. El resto es un erial. Antes de iniciar el descenso, desde el muro de la presa observo como los bancales, que a ambos lados del barranco retenían la tierra donde cultivar, se encuentran destrozados, vencidos por el abandono y el tiempo, en avanzado estado de perder definitivamente su función. Lo lamento profundamente pues sé que por estas roturas se escapa la tierra, el suelo agrícola desaparece camino del barranco y, una vez en el cauce, con cada nueva arrollada, una buena parte termina en el océano. Las lluvias ocasionales son cortas pero intensas y el suelo, sin bancales y vegetación que lo retenga, se erosiona y pierde. Es muy triste ver como un suelo formado tras un lento proceso de miles de años, desaparece en el mar fruto del abandono del ser humano y de la desidia institucional.
A un centenar de metros de la presa, barranco abajo, me encuentro con un vertido extraño. Un centenar de neumáticos de todos los tamaños, dispersos a lo largo de unas decenas de metros. ¿Cómo nadie los ve? ¿Cómo es posible que nadie los retire? Está claro que forma parte de la desidia general que sufren todos estos barrancos.
A mi paso, una bandada de palomas bravías posada en el cauce levanta el vuelo para volverse a posar un poco más arriba. ¿En verdad encuentran algo para alimentarse? Pienso que, imperceptibles paras mí, semillas e insectos tapizan un cauce, a mi parecer carente de vida.
Un par de árboles secos cuyo color blanquecino y ramas quebradas delatan una muerte acaecida hace muchos años, me recuerdan que el abandono de estas tierras no es reciente. Esqueletos arbóreos, aterrazamientos perdidos, presas abandonadas, presencia generalizada de plantas invasoras nos hablan de un cambio de ciclo y tendencia en los usos de los seres humanos hacia estos espacios de vida, tendencia nada favorable para la autosuficiencia alimenticia insular ni para la regeneración de la masa arbustiva de tabaibal-cardonal, propia de estos territorios. Cuando la tierra y el agua no son bienes a valorar y conservar, mal pinta el futuro, mayor es la dependencia exterior y se vuelve una quimera la independencia de los pueblos.
Como un flash acude a mi mente una célebre máxima escrita sobre un muro, que escondía un pequeño bosque autóctono de robles, castaños y otras especies arbóreas asociadas, en los alrededores de la ciudad de Lugo. Su autor, el extraordinario narrador, ensayista, dramaturgo, dibujante, caricaturista, humorista, médico, diputado en las Cortes durante la República y uno de los padres del nacionalismo gallego, don Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao: “Vale más una tierra con árboles en los montes que un estado con oro en sus bancos”. Escrita hace un siglo, cobra máxima vigencia en este momento de depredación máxima del territorio y pérdida de bosques y diversidad.
Volviendo al barranco, corrobora la pérdida de identidad botánica un pequeño manchón de tuneras en la ladera de solana, única especie capaz de prosperar en los terrenos que paso, tremendamente antropizados.
Pasada la presa, a nuestra derecha, sobre la loma se va vislumbrando la urbanización de Lomo Los Frailes. Frente a ella comienza el barrio de la Viña, mal llamado por algunos: “barrio sin ley”. Al parecer, esta nominación surgió a causa de la construcción anárquica que, durante algunos años, se llevó en el barrio en la zona próxima al barranco pero que, como bien precisaban sus autores en un artículo escrito hace seis años en este mismo medio, los habitantes del barrio rechazaron, aclarando a su vez que, si algún nombre fue correcto antes de denominarse barrio de La Viña, es el de Barranco del Negro. Sea como fuere, yo transito al pie de viviendas que se elevan desde el borde mismo del cauce del barranco. No todas ellas tienen sus fachadas encaladas y pintadas mostrando una imagen triste de marginación y abandono, pero es que una campaña de adecentamiento de los barrios sigue siendo una asignatura pendiente en muchos de ellos.
A ambos lados del cauce las tierras de cultivo que algún día fueron, están ahora no sólo abandonadas sino sufriendo un avanzado estado de erosión. La imagen es la de un triste secarral con pequeños depósitos de escombros desperdigados y abundantes basuras domésticas. Perviven malamente algunas aulagas aisladas. Hasta los calentones languidecen y así, entre residuos varios y el abandono del espacio, alcanzamos el puente que permite al barranco discurrir bajo la GC-1 surgiendo de nuevo entre más secarrales. Una higuera frondosa antes de pasar el puente de la autovía oferta sus frutos a cualquier senderista que encuentre en esta ruta alguna motivación para realizarla, más allá de la mía que no es otra que recorrer caminos del pasado, rescatar entrañables recuerdos con el alumnado y denunciar de paso el abandono y la desidia tanto ciudadana como institucional.
De cuando en cuando ejemplares aislados de la acacia espinosa me recuerdan que esta planta invasora avanza inexorablemente en su ocupación, de un modo silencioso pero continuo, por todo barranco. En su objetivo de ocuparlo, su progresión es incuestionable. Un rastro polvoriento en la ladera izquierda desvía mi vista en busca de la acción que lo ha provocado. Un numeroso ganado de cabras y ovejas, más de un centenar, deambula entre lánguidas tuneras y secas herbáceas. El pastor necesita complementar la alimentación de su ganado y descarga de sus hombros un mar vegetal que, hasta hace un instante, sólo me dejaba entrever sus pies. Aliviado del peso, por el suelo se desparrama una buena brazada de hojas verdes de plataneras y cañas.
Las casas observadas a mi izquierda forman parte del núcleo urbano de Casas Nuevas. Su avance hacia el barranco, con obras y ampliaciones de dudosa legalidad, ponen en peligro la pervivencia de un acueducto histórico, una obra en piedra de un pasado agrícola que ve perder sus mejores referentes arquitectónicos. También aquí se echa de menos los bolardos de hormigón que delimitan el cauce público y que desaparecen con preocupante frecuencia, sin que nadie vigile y denuncie su desaparición. Un sonido inusual me sorprende, Son aves, no hay duda, pero desconozco de qué especie se trata. Los cantos surgen de un grupo de calentones, ricinos y acacias. A mi paso se asustan y dispersan. Al parecer se trata de una bandada de picos de coral, ave invasora que poco a poco está colonizando la isla. No pude confirmarlo con prismáticos, no soy ornitólogo, apenas un simple aficionado, pero el color rojo de sus picos, el grosor de los mismos en su base y su plumaje grisáceo parduzco me transmitieron esa impresión. Confirmé, eso sí, la presencia de herrerillos en los cultivos de plátanos presentes en la zona.
Una pista de tierra, que delimita la actual zona de cultivo y es muy transitada por ciclistas de montaña y deportistas, cruza el cauce. Desde aquí, barranco abajo, se va encajonando entre muros agrícolas que protegen cultivos de plataneras. No cambia el registro botánico, sí lo hace su densidad. La afluencia en varias zonas de aguas superficiales procedentes de los excedentes de riego de las plataneras, favorece que las gramíneas se desarrollen bien y ocupen el cauce de lado a lado. En algunas zonas observo un nuevo y estrecho cauce horadado sobre el viejo y más ancho cauce. La razón no es otra que la acción de las ocasionales arrolladas de agua excavando un desagüe más estrecho, pues al ser menos intensas las lluvias, no necesitan de una mayor amplitud. Tal observación permite ver una sección de las tierras de aluvión que tapizan estos fondos de barranco, analizar su composición y diagnosticar el grado de contaminación ante la presencia de residuos sólidos y líquidos depositados o vertidos en las últimas décadas.
Pequeños bosquetes de ricinos, numerosos calentones y, despuntando sobre la altura de gramíneas diversas y rabos de gato, un hinojal. Los hinojos, con alturas cercanas a los dos metros de vara, son tan abundantes que impregna con sus características esencias aromáticas este tramo del barranco. Nos encontramos ya próximos a la costa. La fauna alada invertebrada es numerosa, destacando los sírfidos -moscas cuyos colores vivos imitan a las avispas y otros himenópteros para protegerse de sus depredadores-, y varias especies de libélulas, destacando entre ellas la libélula emperador -Anax imperator- y los vistosos caballitos del diablo -Crocothemis erythraea-, con sus característicos y brillantes colores rojos en los machos. Si observamos la vegetación arbustiva compuesta por saladillos, ricinos, calentones, altabacas e hinojos apreciaremos una presencia masiva de telas de araña. Da la impresión de una nube blanquecina velando el cauce del barranco. La razón no es otra que la presencia de cientos de arañas que saben de la riqueza alada invertebrada de esta zona y han extendido sus pegajosas trampas a la espera de las suculentas presas. No es de extrañar pues el vuelo rasante y continuo de una decena de vencejos unicolor que, aprovechando el espacio delimitado por los muros de los cultivos, pasan una y otra vez para darse un festín con tanto insecto volador.
Observamos sólo un ejemplar de palmera canaria en este tramo del cauce. Su buen estado me animará a sugerir, más adelante, una idea posible para reforestar el cauce en esta zona sin afectar al discurrir del agua por el mismo.
Bandadas de horneros, canarios de monte, un pinto y algunas chirreras montan algarabías en las ramas de los ricinos y calentones. A mi paso levantan el vuelo con rapidez, perdiéndose tras los muros de las plataneras.
La presencia continua de humedad en el subsuelo y en superficie genera mucha materia orgánica. Tengo la impresión de caminar sobre un suelo acolchado. Esta materia orgánica, cuando es arbustiva, entorpece el discurrir de las posibles aguas de arrollada por el barranco. Es esa la razón de las periódicas limpiezas que no son tantas como es de desear. El material retirado lo dejan acumulado en uno de los bordes del cauce, junto al muro, observándose montículos con maderas, ramas y troncos de las plantas, sujetos por palos verticales que le dan forma de un prisma acostado -la foto ilustra tal proceso de limpieza y compostaje-.
Al no retirarse estos materiales, están sometidos a un proceso continuo de degradación y compostaje por la misma naturaleza. No es mala idea dejar la materia orgánica de este modo, fija y estable y, retirar solamente los residuos no compostables. Compruebo que estos sí se retiran pues no observo restos metálicos, colchones, plásticos, así como otros restos de difícil degradación en esta zona, algo que en visitas anteriores sí encontraba a lo largo del cauce. Es ésta una forma adecuada de mantener los cauces limpios y la materia orgánica recuperada para, con el paso del tiempo, su incorporación gradual en forma de nutrientes al suelo. Lo que no es correcto es que estos amontonamientos de materia orgánica se hagan, de modo exclusivo, sólo en las cercanías de núcleos urbanos pues, barranco arriba, éste y otros barrancos, presentan restos arbustivos dispersos por el cauce y nadie los recoge ni organiza para darle un tratamiento adecuado. Desde las Medianías pudimos constatar mucha materia orgánica arbustiva y en ningún momento nadie se ha preocupado, programado y ejecutado un tratamiento similar, es decir: recogida, almacenaje y compostaje. Este hecho sólo lo hemos observado en el último tramo del barranco, muy cerca de su desembocadura, próxima la playa y las zonas urbanas de litoral.
Con la cercanía del mar, la vegetación arbustiva pierde intensidad, el sol calienta sin impedimentos el terroso suelo del encorsetado barranco y los rastros de lagartos canariones son evidentes. No es de extrañar pues la presencia en vuelo de un cernícalo.
Aparece de nuevo con fuerza el rabo de gasto y constatamos la presencia de otra acacia espinosa, la más cercana a la costa. Menos de un centenar de metros separan el espléndido ejemplar de esta especie invasora de la arena de la playa de Melenara.
paso bajo la carretera que une el cruce de Melenera con la playa de Salinetas y la urbanización industrial, lo realiza a través de tres tubos de hormigón que hacen la función de canales de desagüe. Conviene vigilar el interior de los mismos con cierta periodicidad pues con cada nueva arrollada, éstos se van colmatando con las tierras de aluvión que arrastra el barranco y con restos orgánicos.
La desembocadura está delimitada por dos muros perimetrales, uno perteneciente a una urbanización y el otro es el contrafuerte de un terreno que ejerció en el pasado de eventual campo de fútbol, luego fue recinto para conciertos, explanada para fiestas populares y actualmente parking público de la playa. La oportunidad que brinda este espacio de dignificar esta zona del litoral, carente de plazas, porques y zonas verdes, es incuestionable. Al parecer albergará algún día -esa es la propuesta aprobada por la corporación municipal- el Parque urbano de Melenara. Tiempo al tiempo. Respecto a este proyecto, la máxima: “ver para creer” la hago mía.
Llano y limpio el cauce, sin permitir siquiera el ser humano que prospere una capa suave de hierba -esa fue la obsesión de las brigadas de limpieza durante este invierno afortunado en periódicas lluvias-, destaca en este último tramo un espléndido ejemplar de palmera canaria. Protegida de los vientos por los muros perimetrales y con agua en el subsuelo, sería una buena idea la repoblación con una línea de palmeras canarias, que no afectarían al discurrir de las aguas y del barranco, pero embellecería y arbolaría la zona, tan necesitada de espacios verdes. Al final, tras pasar bajo el puente peatonal del paseo costero, nuestro barranco desemboca en las arenas de Melenara, a la izquierda de la playa.
En las medidas a recomendar no quiero ser pesado y repetirme, pero la restauración paisajística, la limpieza a fondo de todo el barranco, las repoblaciones, la erradicación de vertidos, la eliminación de vallas y la picaresca privatización del cauce así como la exigencia de cumplir la legislación vigente en materia urbanística y la restauración de todos los bolardos que definían los límites reales del cauce público son labores obligadas que, no sólo pondrían en valor las fortalezas de este barranco sino que contribuirían a mitigar los efectos perversos del cambio climático. Pero, estimados lectores, de tiempos potenciales estamos hartos. Exijo a nuestros dirigentes que cambien los potenciales: pondrían, contribuirían por los tiempos futuros: pondrán, contribuirán. Se cansa uno de que ideas y propuestas que son de la más aplastante lógica y coherencia para mejorar el medio ambiente y mitigar el cambio climático, se queden en eso: propuestas de un escritor iluso. Basta ya de tanto hablar y poco hacer.
Para terminar, sirva un ejemplo de esta falta de rigor institucional, de falta de ganas, de querer cambiar las cosas. El estado de los bancales en este barranco es un ejemplo claro de cómo se encuentran en los restantes barrancos dispersos por la isla. Uno de los activos incuestionables de nuestra realidad insular es el suelo. Extraordinario es el valor del mismo. Pues bien, ese capital material lo dilapidamos año tras año. El símil muy bien podría ser éste: Arrojar dinero por el desagüe de un wáter y tirar de la cadena es semejante a que cada año miles de toneladas de tierra fértil vayan por el desagüe de los barrancos al océano. Es así, esa es la cuestión. Mientras no tomemos conciencia del valor del suelo fértil, de las tierras cultivables, la isla galopará de un modo inexorable hacia la erosión y su desertización.
José Manuel Espiño Meilán es miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón, de que es actualmente presidente honorífico, socio y activista. Divulgador y defensor de la vida a través de la docencia, ecología, senderismo, escritura, compromiso y paciencia.



























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.21