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Sábado, 14 de Marzo de 2026

Actualizada Sábado, 14 de Marzo de 2026 a las 17:34:02 horas

Ilustración del dibujante Jaime Checa Gimeno, amanecida desde El Goro (Foto Gumersindo Hernández) y autor del artículo. Ilustración del dibujante Jaime Checa Gimeno, amanecida desde El Goro (Foto Gumersindo Hernández) y autor del artículo.

Los barrancos olvidados de Telde: Barranco Hondo

Decimooctavo artículo de la serie 'Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2020)' del ecologista, escritor, senderista y profesor jubilado José Manuel Espiño Meilán

direojed Domingo, 08 de Agosto de 2021 Tiempo de lectura:

Bajo el epígrafe Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2020), el ecologista, escritor, senderista y profesor José Manuel Espiño Meilán ofrece el décimo octavo de una serie de artículos de periodicidad quincenal sobre la evolución medioambiental del municipio.

 

Los barrancos olvidados de Telde: Barranco Hondo

En la zona industrial o parque empresarial de El Goro, pues es así como gustan llamarle ahora, hay una calle recta y en cuesta que recibe el nombre de calle Bosque. La citada calle, perpendicular a la línea de costa, dispone en su recorrido de seis rotondas que se justifican por las calles transversales que dan servicio a las diferentes industrias que configuran el polígono industrial.

 

Es curioso el nombre porque no hay un árbol en todo su recorrido. Ni en las rotondas, ni en las aceras, ni en parterre alguno. Nada. El anacronismo es singular, pero forma parte de esa banalización propia de algunos seres humanos en restarle importancia al significado de los términos, muchas veces ninguneando su verdadero sentido y condenando al término a convertirse en una simple sucesión de grafemas, sin valor alguno.

 

La calle Bosque no fue un camino ni una senda antes de su existencia como vía de comunicación. Era algo bien distinto y propio del discurrir de la naturaleza en ese preciso lugar, pues se trataba del nacimiento de un barranco de cierta entidad que, sepultado en esta zona, aún podemos recorrer y reconocer, una vez superada la autovía GC-1 y el nudo de enlace que dicha autovía tiene con la urbanización industrial de la que estamos hablando. Esto sucede justo al fondo de esta calle.

 

En este llano ahora, ocupado por decenas de industrias, se abrían paso un par de barranqueras que recogían las aguas ocasionales de los Llanos de El Goro, amplio espacio donde aún se observan vestigios de su pasado agrícola. Antes, por supuesto, de que una buena parte de este territorio se convirtiera en suelo industrial. Se trataba de pequeñas cárcavas de los Llanos, en concreto todas las vaguadas que no desaguaban en la Cañada del Goro y la cañada de la Sargenta, pues estas barranqueras son tributarias del barranco de Silva.

 

El abandono y el paso del tiempo han llevado estos terrenos a sufrir un proceso de degradación tal, que la mayor parte de los mismos presentan la imagen propia de suelos encalichados, altamente erosionados. Un color blanquecino, acompañado del afloramiento de un número incontable de piedras de caliche, se añade a la ausencia de suelo fértil. Es esta y no otra la realidad de estos llanos. Un desolado secarral donde en tiempos pasados prosperaron un pequeño número de aulagas. Ahora, secas ya, sus grises esqueletos deambulan desprendidos de sus raíces, a merced de los vientos dominantes.

 

Desolación es la palabra. Quedan vestigios de barrillas, esas plantas rastreras capaces de prosperar en los terrenos más degradados pues solo necesitan de la caricia de una lluvia para germinar, pero en plena canícula veraniega, sus esqueletos -si así pudieran llamarse los restos botánicos presentes en superficie-, forman parte de la monotonía del paisaje.

 

Deambulo por este espacio, en busca de vida. Sé que es un hábitat idóneo para los últimos alcaravanes, bisbitas y pájaros moro, pero no observo ejemplar alguno. Encuentro, eso sí, dos rastros visibles de un animal, los excrementos de un lagomorfo, el conejo, y las bocas de sus madrigueras. De cuando en cuando se observa su trabajo en pequeñas galerías que los esconden del rigor del sol, de potenciales depredadores y de nuestras miradas. A estos animales les gusta las amanecidas y los atardeceres, son los momentos más adecuados para sorprenderlos. Sigo buscando rastros de vida. Nada encuentro, a excepción de que, en lontananza, un suspiro verde destaca en una planta seca. Curioso, pues me sorprende su existencia, me acerco a ella. Es la rama superviviente de un balo. A pesar de la sequedad del resto de la planta arbustiva, la rama mantiene su verdor, aireando su tozudez de lado a lado, zarandeada por un viento inmisericorde que barre el pedregal. Justo al lado, los restos biológicos de media docena de espinos de mar devuelven a mi memoria la palabra desolación.

 

Elevo la vista, pues cerca de mí, en el llano, varias decenas de gaviotas levantan el vuelo. ¿Qué hacen en este llano infinito? ¿Qué buscan en tierra? ¿Acaso las semillas de la barrilla? ¿Insectos? O, simplemente, descanso lejos del rigor del viento. No se alejan mucho de la zona, el grupo se mantiene en vuelo sin apenas variar su posición. Es fácil contabilizarlas en el aire -medio centenar cuento- y a unos doscientos metros loma arriba vuelven a posarse en tierra.

 

Desciendo del llano, al que la calle Bosque enfila con deseo futuro de penetrarlo nuevamente -de hecho, la calle continúa asfaltada hasta tropezar de súbito, con la elevación del llano sin desmontar-, y seguir dotando de superficie al nuevo suelo industrial. Calle abajo me dirijo a la última rotonda. Paso bajo un puente, salvando así la GC-1 y alcanzar un mirador elevado sobre el barranco y el océano. Sé que bajo mis pies se esconde un enorme vertido de escombros -decenas de años descargando su carga de restos de construcción y obras, cientos de camiones-. Una capa superficial de tierra disimula eficazmente la escombrera y permite el ajardinamiento que se ha llevado a cabo sobre él. Una serie de árboles ornamentales: jacarandas, especieros y acacias inclinan sus copas en dirección sur, delatando de tal modo la dirección del viento dominante.

 

Estas especies junto a algunos ejemplares aislados de palmera de abanico -estas sí que son capaces de batallar contra el viento sin doblar su tallo-, han reverdecido un paisaje que hace treinta y cinco años, cuando iniciaba exactamente aquí mi sendero ecológico por los arenales de Tufia, con alumnas y alumnos del entonces colegio público Esteban Navarro Sánchez, hoy CEIP, el mirador no era otra cosa que un amontonamiento de escombros sin planta alguna pues, activas aún las agresiones sobre el barranco con nuevos vertidos, éste iba perdiendo espacio según avanzaban los aportes sucesivos de los camiones. Hoy, enmascarada la escombrera, debemos acceder al barranco para darnos cuenta de la potencia del vertido, del enorme volumen de materiales de relleno acumulados sobre el cauce del barranco. Quiero disfrutar las vistas, el paseo sosegado pues también aquí el mirador revela la evolución del paisaje y la belleza de elementos singulares que hace treinta y cinco años no estaban aquí. Es el caso de la escultura de Máximo Riol Cimas, que se encuentra a nuestra espalda, en la última rotonda de la calle Bosque. Soberbia y hermosa se muestra una obra que acaba de cumplir veinte años, pues fue en 2001 cuando se ubicó en este lugar. Goro es el nombre de la misma y el logotipo del parque empresarial. Su estratégica situación frente al naciente ha permitido a muchos fotógrafos, buscar la foto singular, el sol dentro del goro. La foto que inicia este artículo es de mi buen amigo Gumersindo Hernández Betancor quien, enamorado de la costa teldense, ha fotografiado cientos de amaneceres en todas las playas, rincones, rasas, yacimientos, esculturas próximas al mar y nos ha regalado sus imágenes cada mañana.

 

Alegra a uno el corazón constatar la presencia de buenos ejemplares de palmera canaria, endémicos heraldos del mirador, que circundan el nudo viario. Es una salvedad digna de destacar, entre tanta especie introducida.

 

Vuelvo la vista, cara al océano, y observo como el barranco Hondo disponía de dos barranqueras en origen que le daban la entidad que aún tiene. La de la izquierda, prácticamente cegada por las sorribas de tierra, presenta una curiosidad botánica y es la colonización progresiva de una especie arbórea que, partiendo de un ejemplar plantado al lado del nudo viario, justo en la rotonda, ha visto germinar y prosperar sus semillas hasta contar a lo largo del cauce con una decena de ejemplares de varios metros de altura y perfectamente aclimatados. Se trata de palmeras de abanico -Washingtonia robusta-. Releo la publicación del año 1987 “Sendero ecológico por los arenales de Tufia” y ni había tantos ejemplares, ni habían alcanzado la madurez y la capacidad para desarrollar racimos enteros de frutos y semillas. Sólo la planta madre, la del arcén, era un árbol con capacidad de generar frutos favoreciendo su dispersión. Actualmente la mayoría de ellas producen frutos y semillas.

 

Frondosos ejemplares de vinagreras colonizan este sustrato nuevo de tierras aportadas al cauce y entre ellas, delatando con su presencia la sinuosa línea que define el cauce sepultado, esporádicos manchones de una sempiterna gramínea, el rabo de gato, visten de amarillo un terreno tan degradado.

 

Desde este improvisado mirador, no es tan hondo el barranco Hondo, ni tan largo su recorrido. Dista mucho su profundidad y longitud con la de tantos barrancos Hondos como hay en la isla. Éste, el nuestro, a vista de pájaro no son más de doscientos metros los que puede haber hasta su desembocadura. Es probable que algunos más, pero el ánimo ante un espacio tan antropizado no me permite valorar su dimensión en su justa medida. Nunca olvidemos que en un artículo siempre habrá mucha subjetividad de la persona que lo redacta.

 

El suelo industrial puja fuerte y convierte en oro cualquier superficie anexionada. De ahí las agresiones a las laderas del barranco. Para los especuladores, estos taludes carecen de valor. Esta es la explicación y no otra del sepultamiento de los espinos de mar que languidecen en la ladera derecha del barranco, a la espera del camión de escombros o tierras que los sepultará para siempre.

 

Quiero hacer una lectura adelantada al paisaje observado desde el mirador y así, identifico un pasado botánico más rico y variado en la zona del barranco que se encuentra muy degradado por los sucesivos aportes de tierras. La ladera izquierda presenta una amplia población de tunera india que se extiende hasta el cauce, pero antes de su invasión existía un tabaibal. Tabaibas salvajes y un buen número de especies asociadas. En la ladera derecha perviven en precarias condiciones un puñado de espinos de mar, verodes y tabaibas. Y en el cauce, la colonización del mismo por el rabo de gato sigue su curso, imparable. Rabo de gato y palmera de abanico, nada más lejos de una representación autóctona canaria de un fondo de barranco.

 

Más abajo, un puente de piedra salva el cauce. Se trata de los últimos vestigios del llamado Camino del Conde pero que fue con anterioridad camino real, con documentos que nos lo sitúan en el siglo XVI cuando los dos primeros caminos reales unían la capital con los dos núcleos habitacionales más importantes: Gáldar por el norte, Telde por el sur. Luego surgiría toda una red de caminos complementarios.

 

Sobre el puente me encuentro ahora, sobre un arco completo, sólido y fuerte, construído por parederos y maestros de la piedra. No hay duda de que era una obra hecha para durar. Si se encuentra en un grado avanzado de deterioro es por la acción directa del ser humano, por esa concepción mezquina, muy práctica para la especie pero demoledora para los valores patrimoniales, de que los vestigios del pasado no tienen mayor valor si no son útiles, si no se les puede sacar un rendimiento inmediato, perdiéndose de tal modo la posibilidad de su conservación y de ser utilizados en un futuro próximo, pues otras formas de movilidad están reclamando su espacio y tiempo -¡ni siquiera nos damos cuenta de cómo el cambio climático va a cambiar nuestros modos de vida!-. Con el sepultamiento del histórico camino, no sólo se pierde un trozo importante de nuestra historia, sino que se condena al olvido una senda litoral de extraordinaria belleza y enorme utilidad como senda alternativa al vehículo de motor.

 

En estas últimas decenas de metros, pasado el puente, la vegetación se vuelve más exuberante, pero no por ello más interesante y variada. Se percibe la influencia de la maresía y de los aportes húmedos del océano en el subsuelo. Sigue siendo la tunera india la gran colonizadora de este barranco, hasta tal punto que la ladera izquierda del barranco está cubierta íntegramente por esta especie. A excepción de aislados ejemplares de balo, que se cuentan con los dedos de una mano a lo largo de toda la ladera, destacando en altura y verdor del manto de opuntias que les rodean, no se observa otra especie botánica. Sonrío desde esta atalaya, rememorando recuerdos de tiempos pasados. Precisamente aquí descansaba con las alumnas y los alumnos. Era una estación donde registrar en sus cuadernos de campo las observaciones realizadas y luego un lugar perfecto para un saludable refrigerio. Salían de sus mochilas plátanos y manzanas, pequeños bocadillos, batidos, frutos secos, yogures… y también algún que otro paquete de papas y golosinas varias, pero al terminar, cada uno guardaba los restos de su tentempié en una bolsa que traían para ello y, bien cerrada, la depositaban en sus mochilas. Ya nos encargaríamos de tirarla en el contenedor cuando llegáramos a Ojos de Garza, parada final del recorrido por el Sendero de los arenales.

 

Era aquí, junto al puente, donde, con la ayuda de una púa de tunera, desayunaba media docena de tunos y pelaba algunos más para los alumnos que deseaban probarlos. Algunos ya los conocían y otros experimentaban la autonomía de servirse ellos mismos y degustar unos frutos, los del tuno indio, que gozan de excelentes propiedades: bajos en calorías, ricos en magnesio, potasio y calcio, amplio espectro del complejo vitamínico B, vitamina C,E y K, razones de peso que justifican su consideración como superfruta.

 

La densidad y altura de los rabos de gato en el tramo final de la desembocadura hacen que caminar por el cauce se vuelva muy dificultoso. Esconden hasta tal punto el suelo que no es recomendable caminar sobre ellos pues pueden existir desechos peligrosos (vidrios, metales…), grandes cantos rodados, con los que tropezaremos sin duda, o tuneras indias semiocultas bajo las gramíneas. Recomiendo seguir por la ladera izquierda el viejo camino del conde, caminar sobre retazos del muro de piedra seca que aún queda en pie, observar sus aliviaderos para la escorrentía de las aguas, seguir la senda perdida hasta alcanzar la costa y descender luego por cualquiera de los pequeños senderos de pescadores. Al llegar al cauce del barranco, encontraremos tres soberbios tarajales, grandes y abandonados supervivientes de un pasado botánico que es historia ya. No estaría de más una buena limpieza alrededor de ellos. Un potente cordón de callaos, con un frente no inferior al metro y medio de altura, separa las tierras del barranco del arrastre de la marea. Si sorprende su altura para un barranco tan pequeño, su anchura no es inferior a una decena de metros. Se traduce esto en una buena acumulación de callaos, llegando las eventuales aguas que descienden por el barranco filtradas a través de esta esponja natural. Tras el cordón de callaos, una corona vegetal cubre los aportes terrosos del barranco. Se trata de salados o matomoro, por su colorido rojizo en algunas de sus hojas carnosas diría que se trata de Sueda vera.

 

Un nuevo cauce ha sido excavado en el interior del más antiguo. Las aguas de arrollada han abierto los sedimentos y descubierto perfiles que delatan antiguos vertidos de residuos industriales. Hace unas décadas alguien utilizó el barranco como vertedero de residuos líquidos. Permanecen ahí, estratificados, entre capas de suelo fértil, restos de residuos plásticos y vetas de cal y otros residuos. Todo se detiene abruptamente ante la fuerza dominante del cordón de callaos. Ahí, el barranco se ciega y sus aguas se filtran. Recogimiento y silencio. Les animo a sentarse en uno de estos grandes callaos y observan ambas paredes del acantilado. A izquierda y a derecha observarán los efectos demoledores de la acción de las aguas marinas unidas a los efectos gravitatorios. Grandes bloques desprendidos del cantil son la imagen mas clarividente de la perpetua erosión marina y regresión de la costa.

 

Para abandonar el cauce, les recomiendo tomar una senda, muy definida por los pescadores, que se encuentra en la ladera derecha. Sin error alguno nos llevará a una escalera de piedra que siempre llamó la atención de mis alumnos, tanto por su curiosa factura y conservación, como por su hipotética incongruencia. ¿Por qué esta escalera de piedra aquí, tan próxima al camino del Conde? ¿Cuándo se construyó esta escalera? Para algunos de ellos, recordando los escalones existentes en la montaña de Cuatro Puertas, la escalera podía esconder una factura aborigen. Soñar siempre es sano y la presencia de vestigios arqueológicos a lo largo de este litoral, ayudaba a ello. Nunca hubo una respuesta categórica por parte mía. Siempre consideré un error creerse poseedor de la verdad absoluta. Aquello que es cierto hoy, es posible que no lo sea mañana. ¡Hay tantos ejemplos que demuestran que ninguna certeza es eterna! Más importante es que el alumnado plantee hipótesis a lo largo de su aprendizaje, una tras otra, muchas, genere dudas, utilice el conocimiento para el razonamiento y la búsqueda de las estrategias más adecuadas para, tras un período de estudio y reflexión, llegar a algunas conclusiones. Curiosidad e interés por aprender es todo lo que necesita. Ayuda mucho la pasión por descubrir.

 

Lo cierto es que la escalera de piedra, sigue allí, llamando la atención a quien la observa, provocando interrogantes y, sobre sus escalones de piedra, los lagartos canarios siguen dejando, como hace cuarenta años, sus excrementos tintados de frutos de tuno indio.

 

En ningún artículo dejaré de apuntar mejoras y alternativas que deberían tenerse en cuenta por parte de los responsables de la vigilancia y mantenimiento de los barrancos, así como dejar constancia de las agresiones que se llevan a cabo. Es posible que se trate sólo de brindis al sol, también es posible que sólo en mi cabeza exista la utopía de que algún día estos espacios gocen de una consideración y reconocimiento diferente. Tal vez sea así, pero no por ello dejaré de reivindicar su valor, su carácter excepcional, su necesidad imperiosa en un mundo abocado a una pérdida irreversible de su biodiversidad. Siempre seré una voz que clame reflexión y mesura y seguiré golpeando las conciencias de quienes pueden hacer algo, decidir algo, realizar algo y no lo hacen.

 

1.- Ante el daño realizado por las empresas que permitieron el vertido continuo durante décadas de escombros en la cabecera del barranco, se debería exigir labores de restauración, tanto referente a la consolidación de las tierras sorribadas, evitando su erosión mediante muros, albarradas u otros elementos adecuados que garanticen frenar la pérdida constante de suelo, como llevar a cabo labores posteriores de reforestación que permitan consolidar el suelo, recuperar el ecosistema y mitigar los efectos perversos de estas laderas inestables.

 

2.- Realizar un estudio histórico del trazado del Camino del Conde con el objeto de promover luego una posible restauración, con el fin de recuperar una senda ciclo peatonal por el litoral teldense al tiempo que preservar los últimos paños de muros de mampostería y puentes. Si el Camino recorría toda la costa desde el litoral de las Palmas de Gran Canaria hasta los Llanos de Juan Grande ¿Qué queda de ese camino? Ahí queda el envite a la investigación.

 

3.- Son cada vez más frecuentes nuevas sendas que se están abriendo en las laderas de este barranco, por motos y bicicletas de montaña. Es fácil contar tres que han provocado ya una galopante erosión y la consiguiente pérdida de suelo fértil, pero hay indicios de otras tantas. Este hecho se da por razones varias, tales como el abandono de la tierra como suelo de cultivo, la desidia de la propiedad por hacerse responsable del suelo, su cuidado, gestión y mantenimiento, la proliferación de nuevas vías de coches utilizadas por pescadores que buscan dejar el coche justo sobre el acantilado, a su vista, donde sea y porque, al parecer, no existe una ruta clara. Esta razón última es una falacia. No es verdad. La mayor parte de los ciclistas y motoristas utilizan habitualmente el trazado improvisado del antiguo Camino del Conde, pero a algunos de ellos no les es suficiente. Está muy trillado y carece de interés. Es muy fácil de hacer y ya no les atrae. Jamás piensan que el tránsito por estos espacios conlleva consecuencias nefastas para el ecosistema, cuando abandonan el trazado habitual, orquestado por miles de compañeros y abren nuevas sendas capaces de aportar un mayor riesgo en su trazado, más pendiente, más piedras y rocas que dificulten el paso, de tal modo al tiempo que se garantizan un subidón de emociones y de adrenalina, condenan al lugar a una galopante erosión, pérdida de suelo y de biodiversidad.

 

Es urgente en todo el litoral municipal, y por extensión en todo el litoral grancanario, que se definan pistas de paso obligatorio para estos deportistas y se controlen las restantes, bien eliminándolas directamente, bien prohibiendo su paso, pues en zonas concretas como el barranquillo de las Arenas y los Rajones del Salado -hemos hablado de ambos espacios en el artículo anterior-, los endemismos están en peligro y sus reducidas poblaciones se encuentran amenazadas.

 

4.- Es urgente una campaña de limpieza en ambas laderas y cauce del barranco. El residuo más habitual es el plástico y su presencia está agravada en aquellas zonas con presencia de plantas espinosas: espinos de mar y tuneras indias. Hay zonas donde hay más plásticos que plantas y esto es preocupante. Esta afirmación debería provocar, al menos, una reflexión.

 

José Manuel Espiño Meilán es miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón, de que es actualmente presidente honorífico, socio y activista. Divulgador y defensor de la vida a través de la docencia, ecología, senderismo, escritura, compromiso y paciencia.

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