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Jueves, 15 de Enero de 2026

Actualizada Jueves, 15 de Enero de 2026 a las 22:16:20 horas

José Manuel Espiño/TA. José Manuel Espiño/TA.

El ecologista Espiño analiza en TA la evolución del medio ambiente en Telde

Los artículos se publicarán los domingos con un periodicidad quincenal

direojed Domingo, 13 de Diciembre de 2020 Tiempo de lectura:

TELDEACTUALIDAD

Telde.- Bajo el epígrafe Una mirada sosegado al Medio Ambiente en Telde (1980-2020), el ecologista, escritor, senderista y profesor jubilado José Manuel Espiño Meilán inicia este domingo en TELDEACTUALIDAD un serie de artículos de periodicidad quincenal sobre la evolución medioambiental del municipio.

 

El conocido autor ha dedicado tres décadas a la enseñanza en dos centros del municipio de Telde: El CEIP Esteban Navarro Sánchez y el IES de El Calero y otros diez años a la coordinación, formación y gestión dentro del Programa de Educación Ambiental de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias.

 

Ahora, a través de una serie de artículos de periodicidad quincenal, Telde Actualidad acercará sus reflexiones sobre la evolución del medioambiente en Telde, los logros y fracasos en materia de ordenación del territorio, la evolución de sus espacios naturales, arqueológicos, valores etnográficos, el tratamiento de residuos y el problema de los vertederos incontrolados.

 

En ellos, Espiño abordará también las fortalezas y debilidades en el cuidado de la biodiversidad en el municipio, los éxitos y fracasos en tareas de educación ambiental y se referirá asimismo a las personas que, de un modo u otro, han dedicado una buena parte de su esfuerzo y su tiempo a la defensa del patrimonio y el medioambiente en este municipio tan rico y a la vez tan descuidado.

 

En definitiva, una visión de luces y sombras que, desde su óptica personal, valorará con el rigor que impone la realidad cotidiana.

 

1980 -2020 Cuarenta años de Colectivo

El orgullo de pertenecer a Turcón

Si bien es cierto que las cuatro décadas oficiales del Colectivo se cumplen en los primeros días de septiembre del año dos mil veintidós,-fecha en que se registra como Asociación cultural- hay que reconocer que fue en septiembre de mil novecientos ochenta cuando un reducido grupo de alumnos de un colegio de la periferia teldense, deciden cambiar su entorno e implicarse en el conocimiento, defensa y protección del medio ambiente.

 

El centro, en muy poco tiempo, se convirtió en un hervidero de inquietudes culturales y medioambientales. Los profesores don Antonio Fabelo Bonilla y don Luis Pérez Aguado ejercían de motores incansables, ejemplos vivos de renovación pedagógica. Y tras sus pasos iban todos los demás. Un extraordinario plantel de docentes que hicieron soñar a un centro de infantil y primaria, el Esteban Navarro Sánchez, y explotar las fortalezas de sus componentes -alumnado, personal docente, madres, padres y personal de mantenimiento, hasta convertirse en un centro público de referencia en la enseñanza insular en las décadas ochenta y noventa del pasado siglo, que suena algo así como mucho tiempo, pero que en verdad fue el otro día.

 

Situado en El Calero, camino de la costa, un popular barrio teldense cuyo nombre toponímico hace justicia a la importancia que el caliche y su trasformación en cal tuvo en un pasado reciente, en dicho centro surgió la semilla de un grupo ambientalista de manos de un profesor de Naturales. Ganas no faltaban. A punto estaban de dejar el R.A.M. y estrenar un nuevo centro situado junto al barranco de El Calero en una antigua zona de cultivos que les permitiría disponer de amplios espacios para llevar a cabo unos deseados jardines canarios. El barranco en cuestión, recoge las aguas de varios barranquillos que discurren por las Medianías teldenses, al pie de un par de volcanes del conjunto vulcanológico de Lomo Magullo y, tras unir sus cauces en el barranco de las Bachilleras pasa a denominarse barranco de El Calero hasta su desembocadura en la playa de la Hoya del Pozo, justo al lado de la popular y conocida playa del Hombre, paraíso de surfistas y amantes de las playas recoletas y las aguas bravas. Pero no eran aguas pluviales las que discurrían por su cauce sino un vertido continuo de aguas residuales, pues al no existir red de alcantarillado, aguas fecales y residuos de diversa índole discurrían a cielo abierto aportando al entorno fealdad, contaminación, mosquitos y malos olores.

 

La motivación, en un centro con un plantel de docentes tan implicados, estaba garantizada. Y así alumnos voluntarios consolidaron el Grupo, diseñando un carnet de color verde que les confirmaba como miembros activos en el conocimiento y la defensa del medio natural y que mostraban con orgullo al resto de los alumnos. El carnet lo imprimían sobre cartulina en la impresora donde se realizaba el periódico escolar y lo plastificaban ellos mismos. Arriba, a la derecha, mostraba el logotipo de la paloma de la laurisilva, extinta en Gran Canaria.

 

Su silueta, en blanco y negro, era obra de una alumna, componente del Grupo, que había estudiado con mimo y paciencia la silueta alada de la paloma turqué o turcón. Aquellas alumnas y aquellos alumnos sentían orgullo de su labor pues, a través de múltiples salidas al entorno los fines de semana, de trabajos de reconocimiento y estudio de la geología, flora, fauna y valores etnográficos, de entrevistas con representantes públicos municipales e insulares a quienes reclamaban acciones concretas, de colaboraciones en periódicos y revistas locales y provinciales, de visitas y programas en radio, de entrevistas en televisión, de participación en repoblaciones municipales e insulares, de pequeñas manifestaciones denunciando la falta de papeleras o la acumulación de basura en espacios naturales de Telde,… eran capaces de mejorar no sólo su entorno más inmediato, los espacios libres del centro educativo y del barrio, sino otros espacios de ámbito municipal.

 

Con el nuevo centro, se inicia un proyecto de creación de Jardines Escolares Canarios de tal dimensión que en muy pocos años todos los pisos de vegetación de la isla estaban representados en el Jardín escolar. Era éste su Jardín Canario. Vegetación costera con magarzas, lechugas y perejil de mar, siemprevivas, tabaibales y cardonales, bosque termófilo, laurisilva, pinar… El jardín llegó a contar con más de un centenar de especies diferentes entre arbóreas, arbustivas y herbáceas, endémicas, autóctonas e introducidas. Los alumnos disfrutaban aprendiendo en los paseos que realizaban por senderos diseñados y construidos por ellos mismos durante los recreos y sus clases de Ciencias de la Naturaleza. El proyecto de Jardines Escolares Canarios creó escuela.

 

Decenas de centros educativos pasaron a visitarlo. Y tras sus visitas, muchos de ellos iniciaron en sus espacios libres, pequeños o grandes jardines canarios. Rafael Alberti, Montiano Placeres, San Juan, Príncipe de Asturias, Hernández Benítez, Plácidfo Fleitas, Lomo Magullo, Cazadores… centros de Infantil y Primaria, escuelas unitarias...Todos reconocían el potencial educativo existente en un jardín con especies autóctonas, en una charca, en una rocalla. Constancia de tal efervescencia quedó reflejada en un libro de visitas que conserva el Colectivo Ecologista Turcón en su sede de Reyes Católicos, San Gregorio – Telde, titulado: “Bienvenidos al Jardín escolar”. Siguiendo los pasos de los centros educativos del municipio, solicitaron visitas guiadas otros centros de diversos municipios de la isla. Gáldar, San Bartolomé de Tirajana, Ingenio, Valsequillo… Los alumnos ejercían de anfitriones y guías.

 

El eco del Proyecto fue tal que en el 2º Congreso internacional de educación en Jardines Botánicos, celebrado en Gran Canaria, sus participantes fueron invitados a visitar los jardines del centro. Directoras y directores de Jardines Botánicos de todo el mundo recorrieron los senderos y disfrutaron con las explicaciones que en inglés le suministraban niñas y niños. Allí se encontraban representantes del Real Jardín Botánico de Madrid, del Jardín Botánico de Palermo, del Botanic Gardens Conservation International de Kew en United Kingdom, del Jardín Botánico de Tenerife, del Jardín Botánico de Birminghan, del Jardín Botánico de Perugia, del Botanic Garden de Cambridge, del Hortus Botanicus Leiden de Holland, del Botanic Gardens de Utrecht en Holland, del Jardín Botánico de la Habana…

 

Todos ellos admiraron el trabajo de niños y jóvenes en aras a la defensa y promoción de la flora canaria y plasmaron en el libro de visitas frases encomiables dedicadas a los artífices de aquel maravilloso proyecto. Su labor significaba un camino de futuro y esperanza para la biodiversidad canaria. Para aquellos jóvenes alumnos, niñas y niños de doce, trece, catorce años de edad, aquella experiencia se convirtió en un recuerdo inolvidable y un aprendizaje único.

 

Así, con momentos como éste, con periódicas repoblaciones con plantas canarias aportadas por el Jardin Botánico Viera y Clavijo, con las vivencias y satisfacciones generadas tras la confección, edición y distribución de las revistas escolares de contenido mediambiental Lotus Kunkelii y Alerta Juvenil, fue consolidándose el grupo naturalista.

 

Con los años el grupo pasó del ámbito local a la acción municipal. Aún se reunía en el centro educativo pero en su haber humano a los alumnos en curso se unían ex-alumnos que deseaban continuar en el Grupo y algunos jóvenes del barrio y del municipio de Telde.

 

Barrancos, playas y medio urbano se encontraban llenos de basura. Había que denunciar tanto abandono. Las salidas al campo se convirtieron en un hábito y las denuncias se extendieron al litoral, a las aguas fecales que a las playas llegaban, a la extracciones de áridos, a la destrucción de yacimientos aborígenes, a las escombreras ilegales, a la contaminación del océano con alquitranes y productos procedentes de la limpieza de barcos, a la contaminación de la atmósfera por la central térmica de Jinámar al carecer de los filtros necesarios…

 

Muchas luchas, mucha concienciación y resultados dispares.

 

Sin embargo, aún sin ser conscientes de ello, el mejor resultado era el que se estaba forjando en el interior de cada alumna y alumno, de cada profesora y profesor implicados en el grupo naturalista. Los años pasaron, los alumnos y alumnas dejaban el centro para incorporarse al instituto, luego a ciclos formativos, la universidad o la vida laboral y los profes cambiaron de centro llevando sus inquietudes y así, los valores trabajados, las enseñanzas generadas y los comportamientos adquiridos permanecieron dentro de cada persona, interiorizados de tal modo que se habían convertido en un modo de vida, un estilo de realización cotidiana, en una riqueza personal de valor incalculable.

 

Cierro los ojos y me observo sin necesidad de acercarme a un espejo. ¡Cuatro décadas! Me sorprende que la pasión que me embargaba con veinticuatro años al llevar a mis alumnos al barranco de El Calero, a Cuatro Puertas o al cono volcánico de Rosiana, siga estando ahí, presente y fresca, como antaño. Sonrío. Siempre he pensado que no existe profesión alguna como la docencia para sentirse vivo y rejuvenecer eternamente. Ahora lo sé, son las alumnas y alumnos fuente de eterna juventud. Y ahora, con sesenta y cuatro años, sigo en la enseñanza sobre mis botas de montaña, añadiendo a mi compromiso personal la fortaleza que representa para mí, el uso de la escritura y la voz.

 

El nuevo milenio llega y se encuentra con un colectivo maduro, ecologista, luchador, investigador, reivindicativo. ¡Qué orgullo siente uno de verlo crecer así!

 

Al inicio de este cambio admirable, hace unos veinte años, me encontraba yo en labores de gestión ambiental por los centros de profesores y centros educativos de Canarias. Había dejado temporalmente la enseñanza en el aula para llevar mis inquietudes y proyectos ambientales a todas las islas, a todos los centros, a todos los profesores. Profundicé en mi formación con un master en educación ambiental. Si sobresaliente fue lo aprendido en el mismo, excepcional la entrega y disponibilidad de los compañeros de todas y cada una de las islas. Nunca en Canarias se llevó a cabo tantas ediciones de material curricular de educación ambiental, unas propias y otras de los compañeros de aula que realizaban valiosa e impagable innovación educativa. Jamás pensé obtener una respuesta tan colaborativa, tan comprometida con la educación, el medioambiente, los espacios naturales y la biodiversidad canaria. Me traía recuerdos de una etapa reciente, la que durante un par de años había gestado en mi centro y divulgado y encontrado entusiasta respuesta en los restantes centros del municipio teldense.

 

Mi labor como formador en otras islas, como coordinador de proyectos y programas, me exigió desde un principio un paso al lado, pues poco podía hacer en el Colectivo mas allá de asesoramientos puntuales en materia de educación ambiental, una sección existente desde que era Grupo Naturalista y que se mantenía muy activa.

 

Pero Turcón, colectivo ecologista, era una realidad palpable, ilusionante, sólida, que caminaba sola y se engrandecía paulatinamente. Había mucha ilusión en el grupo de jóvenes que abanderaba sus acciones y programas, líderes capaces de convocar a más de un centenar de personas en sus rutas de fin de semana para conocer, conservar y defender los valores patrimoniales de la isla. ¡En aquellos momentos el colectivo Turcón fletaba dos guaguas para hacer una ruta a espacios naturales de la isla y quedaban personas en reserva pues no tenían plaza! Fue una época memorable y muy productiva, pero no es este el artículo para tratarlo con la paciencia y dedicación que se merece. Jornadas ecológicas que duraban semanas, secciones de repoblación, de cicloturismo, de senderismo, de energía, de educación ambiental, de tratamiento de residuos… se reunían para trabajar y elaborar estrategias de acción.

 

Desde la distancia que te impone una dedicación absoluta a la labor como gestor de educación ambiental en la Comunidad Autónoma, admiraba su labor y sentía orgullo de pertenecer a un Colectivo cuya semilla, un día lejano planté y, con más fortuna que conocimiento, mimé y alenté con multitud de cuidados para que se desarrollara fuerte, frondosa y diera frutos, a prueba de pequeños vaivenes y fuertes huracanes, pues desde variopintos organismos, asociaciones, personajes y medios diversos, ante su honestidad, rectitud, tenacidad en la lucha y defensa del patrimonio de todos, natural y cultural, abogarían por su desaparición.

 

Cuarenta años después, a punto de terminar el año 2020, yo tengo sesenta y cuatro años y el Colectivo sigue ahí, o mejor aún, seguimos ahí. Avala a cada uno de sus componentes su mucha madurez y su mayor experiencia. Nos levantamos cada día esperanzados en que las nuevas generaciones acerquen sus inquietudes y deseos a nuestro local, a nuestros pasos, a nuestros talleres, ansiamos que sientan y vivan la naturaleza como nosotros la vivimos y defiendan su entorno, su tierra y la vida que en ella se encuentra. No pedimos el relevo, pues no nos vamos. Es nuestra entrega y pasión un modo de vida. Transitamos así hasta el momento de cerrar el círculo, regresando de nuevo a los elementos esenciales –orgánicos e inorgánicos– capaces de renovar la vida y, algún día, en el futuro, sentir la satisfacción de volver a formar parte de un colectivo semejante.

 

Es tan enriquecedor el cúmulo de recuerdos, son tan intensos los momentos compartidos que uno se asombra de que día tras día, este fin de semana o el que viene, celebrando el fin de este año en el local del colectivo o iniciando con bríos renovados el dos mil veintiuno, sienta el orgullo de haber compartido con tan estimados compañeros la vida en una sentada, en un encuentro, en una ruta guiada, en bailes macarónesicos o encuentros gastronómicos con gente de Cabo Verde o de Madeira o Las Azores, en la belleza de una cascada o en una repoblación en barrios, en cumbres, en playas o barrancos, en una canción, en muchas sonrisas, en una acampada o en una noche de estrellas o de Luna llena…

 

¡Son tantas las vivencias que recuerdo haber tenido con el Colectivo!

 

¿Qué fue Turcón para ti, profesor de Naturales? –preguntará alguien, algún día.

¿Turcón? Qué fue no, qué es. Parte de mi vida. Un camino verde y azul. Una educación sentida y participativa La raíz de la que surgieron múltiples amigos. Una mochila llena de experiencias y de vida. Una senda en marcha, una esperanza, un aprendizaje continuo, una alegría.

 

Y tal vez me despida de esa persona soñando, tal vez sea un antiguo alumno, un padre, hermano, abuelo, alguien conocido y recuperando ese pasado cercano, unos versos saldrán de cualquier modo, uniendo sensaciones, deseos, desengaños.

Si acaso volviera al aula, si docente fuera todavía,

recuperaría la mirada de los niños

y de su luz aprendería

a llenar de ilusiones sus mochilas,

que no de libros y libretas llenar permitiría

pues viento, lluvia y sol nos dan la vida

regenerando la tierra cada día

y de los seres que enriquecen en cada rincón la travesía

haría yo lecciones magistrales,

siendo alumno como ellos de la vida.

 

Escucharía más, eso sin duda,

volvería los ojos a la tierra

y les diría a mis alumnos que eligieran

un nombre claro para defender la vida.

 

Y entre las aves que alguna vez habitaron esta isla,

entre el milano, el guirre, el guincho

y las extintas palomas que volaban en la laurisilva,

dejaría a un lado las depredadoras

aunque formen parte de la misma cadena alimenticia,

¿rabiche o turcón? – preguntaría.

¡Turcón, profe!, -nos gusta el nombre.

 

Pues que sea Turcón la especie que nos guía.

 

José Manuel Espiño Meilán, ideólogo y miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón, es actualmente presidente honorífico del Colectivo Turcón-- Ecologistas en Acción, socio y activista del mismo.

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