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Domingo, 11 de Enero de 2026

Actualizada Domingo, 11 de Enero de 2026 a las 19:17:33 horas

Lápida sepulcral de mármol blanco restaurada y repuesta en el interior del pequeño templo del siglo XVII/FJS Fotografía. Lápida sepulcral de mármol blanco restaurada y repuesta en el interior del pequeño templo del siglo XVII/FJS Fotografía.

La ermita de San Antonio recupera su antigua lápida sepulcral del siglo XIX

De mármol blanco, cubre la fosa donde yacen los restos de José del Castillo Olivares y Falcón, último y duodécimo poseedor del Mayorazgo del conquistador Cristóbal García del Castillo

direojed Viernes, 03 de Marzo de 2023 Tiempo de lectura:

La reposición de una antigua y restaurada lápida mortuoria que cubre el sepulcro donde reposan los restos de José del Castillo Olivares y Falcón en la ermita de estilo mudéjar de San Antonio congregó esta tarde a decenas de vecinos y autoridades.

 

La lápida que data de 1880 cubre la fosa donde yace el duodécimo y último poseedor del antiguo mayorazgo del conquistador Cristóbal García del Castillo ha sido reparada por la Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Telde a instancias del colectivo vecinal Taborda.

 

El párroco de la zona y titular de la Basílica de San Juan, José María Cabrera, ofició la lectura de la Palabra y la comunión, en el pequeño templo de finales del siglo XVII, de titular municipal, que fue restaurado en 2015, en un un acto que contó con la asistencia del vicealcalde y edil de Patrimonio Histórico, Héctor Suárez, y varios miembros de la Corporación municipal, así como del senador grancanario Sergio Ramos.

 

 

Historia de la ermita de San Antonio (*)

La ermita forma parte de un conjunto de tapias, almenas, portalones y escudo. Su construcción fue promovida por la familia Castillo-Olivares, descendientes de los conquistadores Hernán y Cristóbal García del Castillo, en un solar situado a escasos metros de su hacienda particular Tres Suertes.

 

Desde su edificación y hasta la década de los 80 del siglo XIX, la ermita de San Antonio estuvo vinculada al antiguo Mayorazgo fundado por Cristóbal García del Castillo. Al fallecer el día 4 de enero de 1880 José María del Castillo-Olivares, último y duodécimo poseedor de la citada institución familiar, la obra religiosa y la finca pasaron a propiedad de una compañía comercial inglesa. Algo más tarde, en 1889, los bienes de la firma londinense en el lugar del Tabaibal fueron adquiridos por Antonio de la Nuez Romero, a quien el Obispado de Canarias le concedió el patronato de la ermita a condición de que la cuidara, aseara y dotara de los ornamentos necesarios.

 

Según el investigador Pedro Hernández Benítez, las referencias manuscritas más antiguas del inmueble datan del primer tercio del siglo XVIII. En el Libro Primero de procesiones del Archivo Parroquial de San Juan se dice que “en el año de 1734 el beneficiado de aquella parroquia iba en procesión a la ermita de San Antonio”. También el aludido sacerdote teldense cita en su obra magna ”Telde: sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos” que Alonso Olivares Lezcano instituyó en el templo de San Antonio tres capellanías que fueron reducidas a una en 1851, siendo patrono del mismo José del Castillo-Olivares Falcón, cuyos restos reposan en el sepulcro de losa de mármol blanco que se encuentra en el pavimento, al lado del altar.

 

El valor aproximado de la ermita a principios del siglo XX era de 200 pesetas, según se recoge en el Libro de Inventarios del archivo religioso de San Juan de Telde.

 

Descripción arquitectónica y artística

Desde el punto de vista arquitectónico, la ermita de San Antonio es una fábrica en la que se repiten los cánones estilísticos empleados en otras edificaciones de estas características, también ligadas al Mayorazgo, como es el caso de las ermitas de Juan Grande (San Bartolomé de Tirajana) y de San José de Las Longueras (Telde).

 

De planta rectangular, luce una sola nave de reducidas dimensiones, con cubierta exterior a dos aguas de tejas curvas, a la que se une por su lado sur una pequeña habitación cuadrada, de techo plano, que sirve como sacristía. En la fachada principal del templo, orientada al Oeste, se abre la portada de tea, de dos hojas decoradas con tachones de hierro, que está encuadrada por un arco de medio punto de cantería gris que descansa sobre dos soportes laterales del mismo material.

 

El frontis está rematado en su extremo superior derecho por una pequeña espadaña, también de cantería gris que exhibe un hueco en forma de arco de medio punto donde se asienta la campana.

 

Podemos aún hoy apreciar el suelo de piedras original, por una puerta lateral del muro que conduce al complejo arquitectónico al que pertenece la Ermita en un origen. Actualmente no se ha rehabilitado, estando en un estado grave de conservación.

 

En el interior de la ermita, pobremente iluminada por una diminuta venta a modo de saetera abierta en la pared sur, el austero artesonado de tea que reviste la techumbre y la piedra azul del suelo contribuyen a crear un ambiente especial que anima al recogimiento y a la oración. Posee un púlpito de tea con escalera de balaustres, probablemente de principios del siglo XIX, y pila de agua bendita de cantería. En el testero del presbiterio se encuentra el altar, realizado en maderas policromadas, que alberga un lienzo con la figura del santo franciscano bajo cuya advocación se halla la ermita.

 

Atendiendo a lo limitado de la superficie de la edificación, es de suponer que la riqueza de bienes muebles no es importante. Sin embargo, posee ciertos objetos de un valor artístico e histórico estimable. Es el caso de una pequeña escultura de madera policromada del apóstol San Pedro, catalogada como de la segunda mitad del siglo XVIII, al igual que las imágenes de la Virgen y de San José; una talla de San Juan Bautista, de tamaño diminuto y factura primitiva; una cruz franciscana de madera cubierta con piezas de nácar, y, finalmente, el citado cuadro de San Antonio del altar y una pintura que reproduce una sagrada conversación, seguramente de los últimos decenios del siglo XVIII.

 

A modo de epílogo, integrante de un entorno donde las almenas de las tapias sobresalen como singular elemento decorativo y en el que se da un vínculo equilibrado del mampuesto encalado y la piedra labrada con la madera y las tejas, la ermita de San Antonio de Padua es un modesto pero representativo exponente de la arquitectura religiosa mudéjar, lo que obliga a todos a perpetuar su recatada estampa.

 

(*) Texto extraido de una publicación de Carmelo José Ojeda Rodríguez, licenciado y catedrático en Geografía e Histórica, director de los diarios digitales TELDEACTUALIDAD y Revista Tara y máster en Comunicación y Periodismo Digital.

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