JESÚS RUIZ
Como preludio a un largo verano inmersos en la deriva del tiempo, de un largo período ya en nuestras vidas, aún por determinar según las estadísticas el control o avance de nuevos contagios de esta pandemia que insiste y sobre la seguridad de mantenernos con las mascarillas, de conseguir cotas de vacuna que alcancen cada vez más a la población al completo, con la reglas y cautelas de protección y actuación que las autoridades sanitarias nos aconsejan para seguir el día a día hacia una ansiada normalidad.
Y nuestra fiesta fundacional capitalina y local dedicada al San Juan Bautista que durante años han celebrado nuestros antepasados y, desde cada rincón del secular Telde, celebramos, este año 2021 con las restricciones del Covid 19, hemos podido presenciar un programa de actos festivos reducidos pero satisfactorios dentro de las capacidades organizativas de la Concejalía de Festejos.
En el magnífico y emotivo pregón de las fiestas impartido este año por la profesora de música en la Escuela Municipal de Música, Danza y Teatro de Telde, Mari Carmen Zerpa Falcón, expuso a modo de su memoria de Telde, el recuerdo desde su familiar presencia el haber asistido a los acontecimientos festivos, en su infancia, adolescencia y juventud, así como el legado docente dedicado a sus hijos, en el entorno de una ciudad que guardaba una historia digna de contarse y descubrir los caminos que, en su caso, a través de su vocación y profesión impartió un arte, una manifestación de la expresión humana como es la música, una de las expresiones artísticas más valoradas y extendidas en nuestra ciudad.
Y no muy alejadas de las palabras de la ilustre pregonera de este año por las fiestas de San Juan, hace un tiempo, al poco de regresar de mi larga ausencia y definitivamente reanudar mis pasos sobre el Telde eterno, por estas fechas, escribí una reflexión que me acercó en cierto modo a las relatadas por Mari Carmen Zerpa en cuanto a los grandes acontecimientos festivos de nuestra infancia y juventud, por San Gregorio y por San Juan.
Hoy por San Juan bendito quiero escribir los versos más alegres de mi vida, sin olvidar y contradecir los del gran poeta, los suspiros, oraciones, rogativas y promesas que nuestras gentes, los ausentes y presentes, los siempre recordados, expresaran ante la imagen de San Juan Bautista. Quiero hilar estas palabras con el recuerdo de los días de aquellos veranos adolescentes sobre las arenas de nuestras playas, con el curso recién terminado y alguna asignatura colgada para Septiembre, y siempre la línea de salida para estas vivencias, los exámenes finales de curso y las fiestas de San Juan de Telde, nuestras miradas puestas en el horizonte marino que desde la gran mancha verde que se extendía hasta la costa, allí nos esperaban nuestras aguas, limpias, serenas, llenas de juventud, griterío y canciones que desde las emisoras locales, los primeros vinilos de 45 rpm en color, los quince años de aquel amor dinámico, las reuniones o guateques, lo pasamos en grande, el sur, el norte y los otros puntos cardinales aún quedaban lejos, pero volvamos a nuestro particular, viejo y nuevo San Juan.
Por estas noches del solsticio de verano, aprovechando los días más largos y las noches de oscuridad más cortos, en estas fiestas del ya iniciado estío del 2012, de bicentenarios, centenarios y siglos de batallas, que nos toca recorrer en cada hoja del almanaque, ahora desde el programa de festejos, en los saludas de las Autoridades Municipales y del Párroco de San Juan, D. José María Cabrera, y leído el Pregón, para traer, de los que ya marcharon, el recuerdo, que apegados a la tierra, su huella de encallecidas manos dejaron, y en el fuego, la noche de San Juan, arrojemos a la mítica y misteriosa pira los malos augurios, pesares, dolencias del alma, del cuerpo, inmundicias y demás pecados, los veniales, capitales y originales, que ardan en el fragor de la hoguera y crepiten hasta que desaparezcan por el siempre misterioso poder de las llamas.
Como el Ave Fénix levantarnos de nuestras cenizas y, cargadas las pilas, retomar el camino, de momento, y como cada año apoyarnos en las ganas de vivir, respirar profundo y elevar nuestra mirada al cielo, que estos días luce brillante, limpio, azul y bonito, que ya es bastante, y en San Juan, ante las torres de la Basílica, la alameda bajo la sombra de los laureles enmarcando el núcleo histórico y urbano del corazón de la zona fundacional de la ciudad, celebremos el San Juan nuestro de cada año, por el mes de junio, saludando a las ciudades, pueblos y barrios que igualmente festejan al Santo Bautista, en el sincero abrazo, felicitación y mejores deseos a los Juanitos, Juanitas, y a los que nos precedieron, dejándonos el recuerdo de haber disfrutado de su mano estas fiestas.
Una hoguera por San Juan, el Barranco Real y el puente de Telde
Ante ti, encrucijada de caminos, sobre el leonístico puente de los siete ojos que hasta tu umbral me lleva, Telde me recibes entre palmeras y eucaliptos, con la bienvenida del abrazo de tus gentes. Gestado de ancestral leyenda, de vieja historia y defendida cuna, fundación primera, me abres tus puertas, fijo mi mirada en el entorno, páginas de un libro por tus avatares escrito. Cendro, Tara, San Juan, San Francisco, Llanos de Jaraquemada, callejones de Berbería, San Gregorio y límites de la gran urbe que a los vientos sureños y desde la cumbre al mar se extiende.
La hoguera ya está preparada, lenta cae la tarde sobre el horizonte. En las medianías y en la costa se divisan nubes de fogatas lejanas. El olor a quema de rastrojos, madera, ramas y viejos despojos inunda el aire. La hoguera ya está encendida, el crepitar de los materiales amontonados llega con estertores del calor que provocan.
Largas e infernales llamaradas colorean las sombras y en la penumbra las formas se magnifican. Algo mágico en el ambiente se respira, los cuerpos expectantes ante tal espectáculo, inmóviles, asomados al barranco, parece que ejecutan rituales danzas y sus cantos ahogados por el fragor del dantesco incendio, evocan cultos de vernáculos ritos y costumbres que nuestros antepasados sobre el Almogarén olvidado, para nosotros, su recuerdo dejaron. Tiempo de solsticio, de renovación y cambio, tiempo de cosecha, estío y en sus manos nuestros primeros pobladores invocaron el beñesmen. Venid a mí y depositad el mal augurio, el pesar de las dolencias y las malas energías, el mal de ojo escondido, la ira, la envidia, el insulto, la mala conciencia, y la humillación en el corazón atenazado. Quemad en mis profundidades la pesadumbre, las dudas y temores, rencores, egoísmos y malos sueños, arrojad en mi lecho vuestras miserias y pecados, la carga que sobre las espaldas lleváis sin remisión.
Descansad y bailad en torno a mí, contemplad como la lumbre reduce a cenizas lo que eterno parecía, como el ave fénix que en nuestras cumbres convertido en agradecido árbol resurge y reverdea de su encostrado y abrasado cuerpo. Entrad en la nueva casa, mi cósmica estancia entre vosotros permanece. Esta noche de vital letargo soy el fuego de un futuro.
Jesús Ruiz Mesa es colaborador culturalde TELDEACTUALIDAD.






























































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