SANTIAGO GIL
El aplauso es como un estallido diario de la vida que habíamos vivido hasta hace unas semanas, como un eco que llega para recordarnos que algún día, aunque ahora nos parezca lejano, volveremos a ponernos en pie en los teatros después de un concierto para aplaudir y agradecer las emociones que nos regaló quien vimos cantar, bailar o interpretar un texto como si lo escucháramos por vez primera: todo lo que es bello se escucha o se ve siempre por vez primera aunque lo hayamos escuchado o mirado muchas veces.
Esta vez aplaudimos a todos los que se están jugando la vida a diario para que nosotros podamos retornar al escenario cotidiano cuanto antes. Me gusta ver las caras de quienes aplauden, la fraternidad que de repente se ha instalado en nuestra calle con vecinos que hasta ayer mismo solo nos cruzábamos unas palabras de compromiso. Mientras muchos políticos hablan un lenguaje lejano, como si no les importara la muerte de miles de personas ni el miedo de quienes tememos perder nuestra vida o la de nuestros seres queridos, nosotros nos vamos humanizando cada vez más; por eso ellos, cuando vayamos saliendo de todo esto gracias justamente a los que ellos mismos castigaron con sus presupuestos partidistas, se irán quedando cada vez más lejos de ese mundo nuevo que está gestándose en las calles.
Volveremos a ponernos en pie en los teatros después de un concierto para aplaudir y agradecer las emociones
Parece que son más porque gritan, pero ahora sí los vemos -a todos esos vociferantes que estilan insultos de patio de colegio- como a unos pobres incapaces, lenguaraces inmaduros que llegaron a esos escaños porque nosotros nos despistamos pensando que nunca nos íbamos a ver como estamos estos días. Si pudiéramos volver a atrás, no dejaríamos que fueran ellos los que tuvieran que ponerse de acuerdo.
Hay excepciones, muchas excepciones, por suerte, que están trabajando honestamente y en silencio; pero casi todos esos que aparecen en las pantallas sin ser capaces de ponerse de acuerdo, ni siquiera para salvar nuestras vidas, no merecen representarnos.
Yo busco lo positivo de todo esto, y por eso suscribo lo que escribía El Roto hace unos días: desaparecieron las banderas y aparecieron las personas. En su viñeta, en lugar de banderas, aparecen los balcones con personas aplaudiendo. Es una lástima que los que siguen empeñados en confundirnos con símbolos y palabras vacías y maldicientes no se hayan dado cuenta.
Santiago Gil es periodista y escritor.


























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