GAUMET FLORIDO
Si de verdad quiere pasar miedo, si le inquietan las casonas vaciÌas, antiguas y bonitas, pero vaciÌas, o le va eso de mirar atraÌs porque no oye nada y sospecha de verse paseando tan solo y en mitad de un silencio sepulcral, entonces no lo dude, paÌsase un buen diÌa de estos, a eso de las ocho y media de la noche, no hace falta que sea maÌs tarde, por algunas de las calles, incluso las maÌs ceÌntricas, del barrio de San Juan, en Telde.
No hay un alma, ni siquiera en fin de semana. Es peor, o casi, que un cementerio a oscuras. No hay maÌs actividad social, asiÌ, perioÌdica, que la que se genera con los que van a misa de 19.30. Solo las farmacias, que aguantan hasta las nueve de la noche, y alguÌn bar amortiguan la depresioÌn. El casco histoÌrico de San Juan se muere poco a poco. Y el problema, entre otros, es que toda su vida se concentra en el horario laboral de los funcionarios. Vive, y los negocios que alliÌ hay tambieÌn, gracias a las oficinas municipales, los juzgados o el centro de salud.
Cuando echan el cierre, San Juan hiberna, se congela. No seÌ si es asiÌ como lo quieren sus vecinos, los que residen en eÌl, pero quizaÌs esto no le haga bien, quizaÌs solo contribuya a hacerlo de verdad viejo, o maÌs viejo, a que pierda atractivo, a que sus moradores vayan desapareciendo, sus casas, vaciÌas, se vayan desmoronando, y el centro urbano se mude de sitio.
Frente al sopor de San Juan, estaÌ el modelo de Vegueta y Triana, al menos el de sus calles maÌs ceÌntricas, convertidas en un destino gastronoÌmico y comercial para toda Gran Canaria, sobre todo de jueves a saÌbado. Casi no hay bar sin terraza en la calle. Y, salvo eventos masivos, se nota que hay vida. Abren hoteles, tiendas curiosas... Hay movimiento. Tiene atractivo, para los locales y para los turistas. En este caso, por el contrario, los vecinos se quejan. Les molestan los ruidos, las aglomeraciones, el incivismo de algunos, la basura que les dejan...
Y tambieÌn tienen su parte de razoÌn. Un casco no puede ser una discoteca. Es cierto. Pero tampoco es patrimonio solo de los que lo habitan. Cuando escucho las quejas de los residentes de Vegueta y Triana, no puedo evitar acordarme de San Juan, y me pregunto si lo que quieren es eso. Seguro que no.
La clave entonces estaÌ en la regulacioÌn. Los ayuntamientos han de propiciar que los centros histoÌricos sigan siendo el alma de las ciudades y de los pueblos, pero sin que eso suponga condenar al exilio a sus moradores. El reto, estaÌ claro, no es faÌcil. Si se mueren, se caen a cachos, y con ellos, la historia que encierran. Hay que hacerlos permeables a los nuevos tiempos sin que pierdan su esencia. Y hace falta otra cosa: que los que los habitan tomen conciencia de que todo privilegio requiere peajes. Han de ceder un poco. Por el bien de la propia comunidad en la que viven.
Gaumet Florido es periodista y redactor del diario Canarias7 en Telde.





























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