GAUMET FLORIDO
Tengo por costumbre reflexionar con mis hijos sobre valores que me gustariÌa que defendiesen en su vida. Y da la casualidad que ayer aprovecheÌ un trayecto en coche para hablarle al maÌs pequeño, de casi 10 años, de un derecho fundamental que no todas las sociedades ni las instituciones ni las personas reconocen: que todos los seres humanos somos iguales, maÌs allaÌ del color de su piel, su procedencia, su geÌnero o su orientacioÌn sexual, y que, ademaÌs, tienen derecho a que se les reconozca como tal.
AprovecheÌ, claro estaÌ, adaptaÌndome a su nivel de madurez, para explicarle lo mal que durante cuatro siglos se portoÌ parte de la humanidad que entendioÌ que los negros eran seres inferiores y a los que, por tanto, podiÌa esclavizar y poner a su servicio.
Por fortuna, ese verbo, esclavizar, no estaba todaviÌa en su vocabulario, y tuve que detenerme a desmenuzaÌrselo. ¿Pero si los negros ganan casi todas las carreras?, me soltoÌ, incapaz de comprender que hubiera un tiempo, no hace mucho, en que en EE UU los negros no podiÌan ir al mismo baño que los blancos, o que debiÌan cederles su asiento si coincidiÌan en la guagua. Le saqueÌ a colacioÌn aquel liÌder estadounidense que lideroÌ un movimiento para luchar contra la segregacioÌn racial, Martin Luther King. Le conteÌ aquella multitudinaria manifestacioÌn en la que pronuncioÌ su famosa frase: I have a dream. Y tambieÌn le dije que en parte su sueño se cumplioÌ cuando se suprimieron aquellas estuÌpidas leyes y el paiÌs inicioÌ una nueva era que culminoÌ con la eleccioÌn del que fue el primer presidente negro de la historia de EE UU, Barack Obama, quien, por cierto, ya le resulta conocido. Lo ha visto en la tele.
Pero todo ese hipoteÌtico mundo feliz se me vino abajo ayer mismo, cuando en el telediario que teniÌa puesto su abuela vio coÌmo cuatro o cinco policiÌas norteamericanos actuaban violentamente contra una ciudadana negra que trataba de evitar que le quitaran a su bebeÌ. Entonces me miroÌ, como preguntaÌndome si no habiÌamos quedado en que las cosas habiÌan cambiado. Y siÌ, han cambiado, pero no tanto como para que la igualdad sea real. MaÌs difiÌcil que cambiar las leyes es cambiar las mentalidades. Queda camino, pero hay esperanza. A su generacioÌn, eso espero, le toca acabar el trabajo.
Gaumet Florido es periodista y redactor del diario Canarias7 en Telde.






























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